El sable del Atamán

Hoy el mundo es pequeño, demasiado pequeño. No queda espacio en esta aldea global, entre la red de satélites y la conexión constante de teléfonos, portátiles, tabletas, e-mails, etc., para el sueño, la aventura, el viaje, el coraje y el valor.

En un mundo saturado de información, hay poco espacio para el descubrimiento, para la novedad y la sorpresa con mayúsculas —que sorpresas siempre hay, nadie dirá que no, pero pocas con mayúsculas—.

Hoy la aventura es un deporte, y lo más parecido —como pobres remedos, como sombras lejanas, como caricaturas de lejano parecido— a los Lewis y Clark, lo más parecido a la búsqueda de las fuentes del Nilo, a la conquista de los Polos, o a la ascensión del Everest, son los deportistas de élite tipo Al filo de lo imposible, con su carga tecnológica de GPS´s, alimentos a base de proteínas, helicópteros de rescate y porteadores profesionales. No hay posibilidad hoy de conquista, de construir nuevas ciudades ni nuevos países. Nadie se aventura a fundar colonias como el sueño de Morihei Ueshiba, de una comunidad ecológica que viviese de la tierra y desarrollase cuerpo y espíritu a la par. Pareciera casi que no tenemos ni la posibilidad de cambiar lo que tenemos, pareciera que el mundo está ya dado y hecho y cerrado, en manos de los que deciden cómo han de ser las cosas.

Pareciera que para quienes soñamos con vidas distintas, sólo nos queda la memoria, la mirada a otros tiempos y otros mundos. Más heroicos, más idealistas, más utópicos. Tiempos donde aún el hombre podía ser libre, porque el mundo era ancho, salvaje, peligroso, con huecos en los mapas, vacíos, pero poblados de posibilidades. Tiempos sin ese férreo control de los poderes y los Estados y las administraciones que fiscalizan cada paso, cada decisión, normativizando, legislando, controlando, dictaminando leyes sobre todo, con lo que se puede y lo que no, reduciendo la conciencia y casi el espíritu humano a ser productores y consumidores, cuidándose muy mucho de que nadie haga nada que sea perjudicial para el status quo con la excusa de que nadie haga nada perjudicial para sí.

Quizás, —y sé que me desdigo— como diría un viejo profesor de filosofía schopenhaueriano, la contradicción es condición humana, y justo ahí está el quid de la cuestión. Quizás no es que esté muerto el espíritu humano, sino que lo quieran matar, sutil, cuidadosa, subrepticiamente. Sin que nadie se dé cuenta, sin que nadie se alarme. Esa diabólica estrategia de adormecer las almas con el veneno de la comodidad y el entretenimiento, de achicar los espíritus despreciando lo grande, por pasado, por antiguo, como cosas que no caben en el mundo de hoy. Quizás… quizás no es cierto que el mundo se haya vuelto pequeño, sino que lo quieren convertir en una cárcel donde mejor controlar a los hombres. La aldea global como cárcel, de la que habló Foucault.

Mirar atrás, a esos tiempos, a otros tiempos, abre el sueño, y la imaginación, y el espíritu y la sed de nuevos tiempos. La historia y la memoria como la llave de lo nuevo, del futuro, de los sueños. La que nos abre a la idea de que si otros pudieron por qué no podremos nosotros; la que enseña y muestra y nos dice, que aunque se empeñen en hacer un mundo pequeño, de aldea, sigue en el espíritu del hombre la sed y el sueño de lo grande, del Imperio, de lo imposible, de lo nuevo, de campos abiertos, de comunidades limpias, de aventura, y riesgo y posibilidad. De que todo puede volver.

Por eso, cuando llegan de pronto —como la lluvia que sorprende en medio de un día soleado, como el reencuentro con alguien que ha mucho salió de nuestra vida—, historias y noticias de hombres que quisieron cambiar el curso de la historia, de sus vidas y sus pueblos, es como una bocanada de aire limpio y fresco y puro, como la inspiración profunda que llena los pulmones al salir del agua después de una inmersión, como el chispazo de imaginación que despierta el empuje y el ansia y la pasión por construir algo nuevo, por vivir vidas verdaderas, vidas alejadas de nuestra gris monotonía de comodidad, internet y televisión, vidas apasionadas, heroicas. Vidas libres.

Y por eso, ahora que Rusia está de moda, la memoria, la historia, y el tiempo, me llevan a otro tiempo, y con él al recuerdo de la lectura de la que fue primera novela de Claudio Magris (Trieste, 1939), —escritor, viajero, novelista, profesor universitario, pensador e intelectual, que se dice deudor, y de hecho bebe de esa tradición, que fue el último Imperio Austro-Húngaro—, una novelita de 1984 llamada Conjeturas sobre un sable (Anagrama, 1994), y que en una especie de memoria del crepúsculo, de lo que ya cae, de la noche que se pierde, pero augura un nuevo día, cuenta el canto del cisne de un pueblo —los Cosacos de Rusia, y uno que es de caballería, no puede sino sentir cerca a este pueblo libre, indómito de caballeros de la estepa—, que siempre quiso ser libre, que luchó por serlo, que no siempre lo logró, que fue derrotado, pero que quiso volver a serlo de un modo nuevo, que soñó con nuevos mundos… aunque de nuevo fracasó. Cayó. Como caen las estrellas fugaces, brillando fascinantes, anunciando promesas y deseos y sueños. Pero, a fin de cuentas, muriendo entre cantos y promesas que nunca llegaron a cumplirse.

Magris narra y entrevera la ficción y la historia, contando un desconocido episodio de la Segunda Guerra Mundial, en el que relata —a cuenta de la búsqueda de una tumba y un sable— la última carga de los cosacos, el proyecto que los cosacos huidos de la barbarie bolchevique y unidos al ejército alemán, tuvieron de fundar un ‘Estado cosaco’, libre e independiente, en pleno centro de Europa, en la región de Carnia, en las montañas de los Alpes, entre Austria, Italia y Eslovenia, y del que se vieron privados tanto por el fin de la guerra, como por la traición británica, que tras pactar su rendición y libertad, los entregaron a la muerte en manos de los soviéticos.

La primera película de James Bond protagonizada por Pierce Brosnan (Goldeneye, 1995) recuerda con un breve flash ese episodio, haciendo que el malo de la peli —un joven Sean Bean después hecho famoso por El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001) y por Juego de Tronos (HBO, 2011)—, fuese heredero de aquella traición británica.

El caso es que Magris da forma narrativa a esa historia tan poco conocida de la Segunda Guerra Mundial, otro de los fallidos sueños que degeneró en pesadilla de ese tiempo terrible de muerte; la historia de cómo los Cosacos del Don quisieron construir una patria cosaca en plenos Alpes bajo el mando del Ataman Piotr Krasnov (1869-1947).

Detalle del cuadro ‘Cosacos zapórogos escribiendo una carta al Sultán’ (1880-1891), de Ilya Repin

Es un personaje fascinante Piotr Krasnov, el último de los atamanes libres de los cosacos del Don, general cosaco del zar primero, que lucho en todos los conflictos en los que participó la Rusia zarista de fines del siglo XIX y principios del XX; después anticomunista en la guerra civil rusa contra los bolcheviques como Ruso Blanco, siendo elegido por su pueblo como Atamán de los Cosacos, una especie de caudillo militar y líder en la guerra; para al saber de la renuncia de Nicolás II en 1917, y el desmoronamiento del Imperio Zarista, luchar por construir una república libre cosaca, de la que fue elegido Primer presidente de 1918 a 1919. Dos años duró el sueño de libertad cosaco, que el comunismo bolchevique se encargó, como ha hecho siempre en su historia persiguiendo todo atisbo de libertad, de destruirla bajo su bota de muerte y terror.

La década de los 20 y los 30 le ve como cosaco exiliado primero en Alemania y después en Francia, dedicado a escribir —su más famosa obra es Desde el águila bicéfala hasta la bandera roja, del año 1922— llegando a estar nominado al premio Nobel de Literatura en 1926. También suponen estos años una cierta evolución federalista en su modo de pensar la presencia Cosaca en Rusia, ya no al modo de una república independiente separada de Rusia, sino a través de una Santa Rusia unida bajo un soberano justo, donde los cosacos vivieran en una justa autonomía con sus propias normas y autoridades.

En 1936 regresa a Alemania, de donde era natural su esposa, instalándose en Berlín, y allí le sorprende el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que le implica en el sueño de volver a una Rusia libre del comunismo, participando activamente en la fundación del Estado Cosaco en el exilio, y ofreciendo apoyo y ayuda necesaria para su funcionalidad efectiva en asuntos de la emigración cosaca en Europa.

En el año 1941, cuando Alemania invade la Unión Soviética, llega el último acto de la vida de Krasnov, enfrentándole de nuevo al que había sido su peor y más terrible enemigo: el viejo comunismo, solo que esta vez de la mano de las fuerzas alemanas. Nunca más claro fue el adagio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. El Atamán Krasnov, anciano de más de 70 años ya, escuchó de nuevo el canto de la libertad y la lucha, el sueño de las voces de sus ancestros que le hablaban de cómo la guerra no es más que el medio de construir la verdadera paz, ese grito interno, de caballos y estepa y cielos inmensos, y sables y libertad, que habla de amor y de muerte, de que sólo aquello por lo que merece la pena morir, es lo que merece la pena vivir.

Krasnov y el resto de líderes cosacos proponen a las autoridades alemanas la creación de unidades militares para combatir en el Frente Oriental contra las tropas soviéticas, pero los alemanes se muestran reticentes, temiendo armar a futuros insurgentes, sabiendo que a los cosacos les movía principalmente la idea de recuperar las tierras del Don y de Kuban, hogar ancestral de los cosacos, de las manos bolcheviques. Es el momento del éxito alemán, y dudan de si una vez alcanzado sus objetivos, que ven posibles y próximos, no tendrían un nuevo enemigo en los cosacos. Pero la situación cambiaría en 1943 tras la batalla de Stalingrado donde el Ejército Rojo retomaba el pulso de la guerra, y Alemania, viendo eclipsarse su primer éxito militar, se veía en la necesidad de acoger a cuantos más aliados mejor.

El destino de las fuerzas cosacas es, como no podía ser de otro modo, paralelo al de las fuerzas alemanas. El sueño de la libertad se alejaba de la mano del devenir de la guerra y la progresiva retirada de los alemanes del territorio ruso, empujados por el Ejército Rojo, aleja cada vez más el sueño de recuperar la patria cosaca del Don. Pero surge entonces el sueño de crear una nueva patria cosaca. El territorio propuesto por los alemanes, para asegurarse la colaboración de tan exitosas fuerzas militares, es la Carnia austriaca, entre Austria, Italia y la actual Eslovenia. Zona alpina alejada y muy distinta de la estepa rusa, pero una zona libre, agreste, salvaje, también de inmensos cielos abiertos, capaz de crear nuevos sueños. Solo los exiliados saben el precio de los sueños, solo quien ha visto fracasar su tiempo, su guerra una y otra vez, ve la necesidad de volver a reinventarse, de dar cuerpo a los mismos sueños, pero quizás con otra forma.

Sin embargo, el final de la guerra está cerca. Las fuerzas alemanas no son capaces de detener la maquinaria combinada soviética y norteamericana. El desgaste militar, humano e ideológico les alcanza como las mareas alcanzan el tiempo, como las olas revuelcan y arrastran en la orilla. Y los cosacos y sus sueños son parte del precio que la libertad ha de pagar cuando el mundo entero arde en el caos.

Viendo próximo el final de la guerra, con un ejército alemán menguado y exhausto, metido de lleno en una guerra total dentro de sus fronteras que ya no aspira a éxito ninguno sino a morir en medio de las llamas del sacrificio al ideal, Krasnov negocia la rendición ante los ingleses, con una sola condición: que su pueblo no fuese entregado a los soviéticos. Están las fuerzas cosacas en la localidad de Lienz, en Austria, y son entre soldados y fuerzas civiles, unas 35000 personas. Krasnov sabía que dejar caer ese pueblo en manos del Ejército Rojo supondría la muerte y el genocidio cosaco, por lo que nada más exige como contraprestación a la rendición.

Los ingleses, aceptaron la propuesta de Krasnov, pero el viejo Churchill, cumpliendo los pactos secretos de Yalta con Stalin, incumplió la promesa británica, traicionando y entregando a Krasnov y a los 35000 cosacos al genocidio comunista.

Detalle del cuadro ‘Cosacos zapórogos escribiendo una carta al Sultán’ (1880-1891), de Ilya Repin

Piotr Krasnov fue juzgado junto con otros Atamanes, como el famosísimo héroe cosaco antibolchevique Andrei Shkuro —comandante en la guerra civil rusa de las fuerzas zaristas de los rusos blancos y creador durante sus años de exilio de los espectáculos ecuestres de folclore cosaco—, por traición a la patria rusa y por colaboración con el enemigo. Juzgados por los comunistas, ellos que ni sabían qué era éso de la patria ni querían patrias, y por colaboración con el enemigo, ellos que siempre tuvieron a Krasnov y a los demás Rusos Blancos por enemigos, amén de que nunca fueron ciudadanos de la Unión Soviética (Krasnov tenía pasaporte alemán). La condena fue a muerte por ahorcamiento, cumpliéndose en la cárcel de Lefórtovo en enero de 1947.

El sueño de una patria cosaca, como soñó Krasnov y tantos de sus hermanos cosacos, primero en sus tierras del Don, después en los Alpes europeos, nos habla hoy del brillo de creer que aún se puede soñar, que siempre se puede, que los sueños pesan más que las realidades del mundo. Nos hablan a quienes seguimos viendo que este mundo tiene que cambiar, y mucho, de no cejar en soñar y en combatir por el grito de la libertad, sabiendo que la traición, el odio y la muerte van siempre como la sombra del mal en pos de quien sueña y vive y cree y lucha por el amor. Los cosacos del Don, como tantos otros pueblos barridos por la lógica de un mundo de mercado y oro, son testigo de que para quien anhela un mundo más grande, más hermoso, más limpio, más tradicional, más humano y a la medida humana, siempre hay caminos.

Con una shaska en mis manos, el sable cosaco, que habitualmente descansa en la pared de mi despacho, muy parecido al que el Ataman Krashnov tendría, muy similar al que cada Cosaco adulto portaba, vuelvo a pensar y creer que se puede, que el mundo debe y puede cambiar, que la aventura y el sueño y el ideal no siempre serán derrotados por la fuerza del poder y del oro, que el mundo ni es tan pequeño ni tan imposible de cambiar, que ni el espíritu humano ha sido derrotado del todo ni siempre está abocado al fracaso el sueño de cambiar el mundo. Con un sable cosaco en la mano, los sueños están más cerca, todo es más posible.


Vicente Niño Orti, OP, es fraile dominico. Teólogo, escritor y columnista.