Ritz: Réquiem por la belleza perdida

Este mes hemos sido golpeados por dos desgraciados sucesos. A nivel internacional, la muerte de Roger Scruton, célebre filósofo que consagró su carrera al estudio de la estética. Y a nivel local, la destrucción del hotel Ritz de Madrid. Siendo el primero de ellos terriblemente desafortunado, muchos lo podemos entender como el destino natural del ser humano. El segundo, sin embargo, me crea profunda impotencia y tristeza, puesto que es resultado de la negligencia de los hombres y de la deriva moral en la que estamos inmersos desde hace mucho tiempo.

«La belleza es atacada desde dos flancos, —dijo Scruton— por el culto a la fealdad en el arte y por el culto a la utilidad en la vida cotidiana. Y estos dos cultos dan como resultado el mundo de la arquitectura moderna». «A principios del siglo XX, los arquitectos, así como los artistas, comenzaron a impacientarse con la belleza, y decidieron sustituirla por la utilidad». Se cometió entonces, según él, el mayor crimen contra la belleza: de nuevo, la arquitectura moderna.

Un crimen contra el Ritz

Un verdadero ejemplo de ese crimen es lo que se ha perpetrado en el Ritz. Después de un par de años de cierre por renovación, hace pocos días se dieron a conocer las primeras imágenes de su diseño interior. Los miedos de muchos se vieron, efectivamente, materializados. Dudo que fueran muy grandes las esperanzas, pero el resultado ha sido realmente aterrador, tanto por su propia fealdad como por ser un fiel espejo del signo de nuestros tiempos: la vulgaridad como pandemia.

En estos tiempos de desorientación, en los que parecemos no haber aún superado el arte del ‘objet trouvé’, el dadaísmo, los urinarios de Duchamp, la caca enlatada de Manzoni, etc., cualquier aparente vuelta a lo clásico debería parecernos suficiente. Pero no lo es. Tal es la desconexión con la tradición y la belleza, que lo resultante de estos intentos de acercamiento suele ser un burdo remedo de lo que ahora se considera como “clásico”. Es el caso de la reforma del Ritz de Madrid. Se ha hecho para un ‘target’ —palabra sagrada en la sociedad del marketing— muy concreto: una mayoría de turistas provenientes de culturas donde no se entienden los valores estéticos de Occidente y, por lo tanto, está permitido falsear lo clásico y lo antiguo. Pero incluso la nuestra ignora deliberadamente la profundidad de esta estética y desatiende el ejercicio de sus valores.

El resultado es una especie de hotel de Las Vegas, de cartón-piedra y trampantojos baratos. La apariencia de clasicismo esconde la fealdad de las proporciones, la falta de armonía; la mezcla de estilos que, lejos de ser considerada una forma de eclecticismo, es la mezcla por la mezcla, el azar resultando en absurdo y mediocridad. La decoración, que tan exquisitamente se balanceaba entre la opulencia y la sobriedad, ahora ha sido destruida: donde antes correspondía el dorado para destacar un ornamento, ahora habrá pintura blanca; donde otrora hubo una sobria cúpula blanca, ahora existirá una vulgarmente sobredorada. Donde antes se olían las maderas nobles, ahora reinará el contrachapado. En pocas palabras, se trafica con la falsedad; y toda falsedad es un fraude.

Es enormemente entristecedor ser testigos de la aparente incapacidad generalizada de los artistas, arquitectos y diseñadores de nuestra época para crear belleza. Esta, como no puede ser de otra manera, asienta sus bases sobre valores éticos y morales que nos son ya, desde hace tiempo, ajenos.

Lamentablemente, el arquitecto y el decorador moderno parecen no comprender la belleza tradicional. La arrogancia ocupa su lugar. Una y otra vez, en proyectos en edificios o monumentos históricos, los diseñadores insisten en enmendarle la plana a siglos de evolución orgánica de las formas y la proporción, en nombre de la creatividad. Y los resultados no hacen más que atestiguar que la creatividad no es suficiente para producir belleza: es necesario también el conocimiento. Esto último es de lo que parecen carecer los “artistas” que perpetran día a día sus pecados contra la vista; carencia que se combina con una clara intencionalidad en la profanación.

Y es exactamente una profanación lo que está sucediendo en el hotel Ritz, un templo donde los hombres, mortales como somos, podíamos acudir a redimir nuestra búsqueda natural de armonía y la satisfacción de nuestras necesidades espirituales y estéticas. Ser, como decía Scruton, testigos de «un llamado a lo divino; a un mundo más elevado». Arqueólogos, también, de un mundo que ya no existe: uno en el que lo bello era primordial.

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Roger Scruton, recientemente fallecido, en su casa de Wiltshire | Archivo

Para nuestra desventura, el desdén de los modernos hacia la belleza les crea la necesidad irrefrenable de transgredirla y prostituirla. Los tapices que encontraban su destino natural en las paredes del lobby han abierto paso a obras de dudosa calidad artística; los antiguos doseles de damasco y las tapicerías de brocateles de los cuartos del hotel ceden su sitio a la desnudez. No habrá ya bellos relojes dando la hora, ni grandes espejos dorados donde mirarse. Molduras arrancadas; bellos pomos y tiradores de intrincados diseños, reemplazados por piezas de metalúrgica industrial. Se otorga excesiva dignidad a lugares que no la requieren —sendas lámparas de araña de cristal en zonas húmedas del spa— y se priva deliberadamente de cualquier lujo a lugares donde se desarrollan actividades más nobles y sociales. Una cena en el Ritz deja de ser un ritual delicioso para convertirse en un trámite prosaico.

Estancias que en su momento fueron decoradas con muebles de época y correctas reproducciones de estilo —vendidos con gran éxito en la casa de subastas Ansorena—, estarán ahora ocupadas por mesas y sillas que podrían perfectamente estar en el hall de cualquier oficina de “coworking”, distribuidas sin mayor reflexión. Tenemos, pues, la destrucción de un espacio singular para dar lugar a la generación de uno desalmado, genérico y repetitivo. Este “aggiornamento”, que tanto en cuestiones religiosas como en la arquitectura significa manosear y transgredir lo bello y lo sagrado, es un soberbio intento de rehacer el mundo como si lo clásico, lo antiguo, lo tradicional, nunca hubiera existido o, de haberlo hecho, pudiera ser mejorado.

Indiferentes al resto del mundo, arquitectos, decoradores y promotores se felicitan entre sí. El hotel Ritz, hito del patrimonio cultural de Madrid, ha sido reducido a escombros. De sus despojos se nutren sus egos y sus portafolios, que prueban sus cualidades como adalides de la modernidad. De fondo, el sonido de la caja registradora; la banda sonora de esta nueva oda al mercado del usar y tirar.

Pero la corrupción de su gusto, aunque venga enmarcado por laureles y entusiasmadas impresiones en publicaciones, no convence al público. En realidad, existe un canon, un estándar de belleza que tiene su raíz en la naturaleza del ser humano. Aún cuando nos volvemos incapaces de producirla, por falta de costumbre y desuso, somos capaces de reconocerla. Es una cuestión espiritual y de instinto natural.

En realidad, existe un canon, un estándar de belleza que tiene su raíz en la naturaleza del ser humano.

En estos tiempos en los que se evita tan celosamente pronunciarse sobre el gusto ajeno, la existencia de éste y la diferencia entre el bueno y el malo, es de esperarse que se cometan estas atrocidades como las del Ritz. La belleza, aún con un componente subjetivo importante, puede y debe ser discernida a través de valores objetivos. El gusto, al ser tratado de forma tan relativa y etérea, rara vez se ve en el centro de un debate serio. Se reserva al ámbito privado, sin apenas protección institucional, a merced de la voluntad del inversor, experto o diseñador de turno. Siendo esto así, existe, sin embargo, una curiosa excepción: cuando se trata de denostar los valores estéticos tradicionales. En ese caso, de repente, se dibuja una clara línea entre el buen gusto —encarnado para ellos por una furiosa modernidad o una tradición reinterpretada—, y el mal gusto —lo tradicional, en especial lo más ornamentado, que pasa a ser llamado casposo, trasnochado, rancio—.

Resulta, pues, evidente, que los valores estéticos de hoy en día son dictados por personas que se han educado exclusivamente en el gusto de la modernidad y en el utilitarismo, como principio y fin, alfa y omega del arte y sus expresiones. Lo anterior a esta filosofía se desconoce. Es una ignorancia deliberada o negligente, pero, en todo caso, soberbia, que se refleja en la mediocridad de los resultados. No es por otro motivo que una obra de arte de la época contemporánea, sea una pintura, una escultura, un palacio o una pieza musical, no aguanta la más leve comparación con cualquiera que se haya hecho en los años de florecimiento de nuestra civilización; a la sazón, un período que acabó hace más de un siglo.

La inútil utilidad de lo bello

En esta época en la que vivimos «las personas están tentadas a pensar que todo lo que hay en el mundo son los apetitos», decía Scruton. No hay más valores que los del utilitarismo. Hoy en día, algo tiene valor sólo si tiene uso. «¿Y cuál es el uso de la belleza?», se preguntaba Scruton. Se respondía a sí mismo: las personas necesitan cosas inútiles incluso más que a  las cosas útiles. Es, pues, en esos espacios donde la banal utilidad pasa a un segundo plano y donde la contemplación platónica de la belleza se convierte en una finalidad en sí misma, en los que el hombre encuentra un remanso de paz espiritual. La modernidad, como venimos observando durante décadas, se encarga de acabar con ellos. Al fin y al cabo, «la belleza no es considerada más que como un efecto colateral» de esta sociedad de consumo.

«Si sólo tienes en cuenta la utilidad, lo que construyes pronto se volverá inútil»

La nueva decoración del Ritz está ahí, esperando desde el primer momento a ser sustituida. A diferencia de la que la precedió, no está hecha para perdurar. «Si sólo tienes en cuenta la utilidad, lo que construyes pronto se volverá inútil», dijo nuestro querido filósofo. Fue concebida en cabezas donde el utilitarismo, el modernismo y la soberbia no han dejado espacio para el conocimiento de la belleza. Y estas son, precisamente, las mentes que se adaptan a las necesidades de rentabilidad exprés que rigen la industria hotelera. Ya no se hacen Danielis, Excelsiors ni Penínsulas. Las sociedades inteligentes, sabiendo esto muy bien, tratan de preservar los suyos, ya sea por una curiosidad exótica o por un llamado espiritual. Tampoco se hacen ya Ritz de verdad, pero sí se siguen destruyendo. En París tuvieron suerte con el suyo. A nosotros, en Madrid, no nos queda otra cosa que entonar un lastimero réquiem por la belleza perdida.

RIPz.


Manuel Grande Boggio