Europa, Islam e inmigración: ¿una combinación posible?

La idea de Europa ha ocupado cientos de páginas y hecho derramar ríos de tinta y sangre. Su origen mitológico se remonta al albor de los tiempos, cuando, junto a las orillas eternas del Mare Nostrum, dioses y mortales yacían sobre el mismo lecho. Por entonces Zeus, enamorado de Europa, se transformó en un toro blanco para pasar desapercibido entre las reses de su padre, Agénor de Palestina. Europa se encontraba recogiendo flores cerca de la playa cuando lo vio, acarició sus costados y, viendo que era manso, se montó sobre él. Zeus corrió, nadó hasta Creta y Europa se convirtió en reina de la isla.

Ante lo sucedido, Agénor envíó a sus hijos a buscarla y, de este modo, Cílix viaja a Cilicia y Tarso a la isla a la que da nombre, mientras que Cadmos llega a Grecia y funda la ciudad de Tebas, Fineo funda Tinia y, Fénix, Fenicia. Posteriormente, según Heródoto, Cécrope se erige como el primer rey de la región Ática y fundador de Atenas. Y es aquí donde se planta la primera semilla de la civilización occidental.

Cómo el Islam creó Europa

El debate en torno a Europa, que hunde sus raíces en el mundo grecolatino, pasa también por el Imperio carolingio de Carlomagno y por la Universitas Christiana de Carlos V —tan detestada por el protestantismo— hasta llegar a la Unión Europea que hoy conocemos. Pero, en su conjunto,  tal y como dijo Ortega, «toda la historia europea ha sido una gran emigración hacia el norte».

Esta es la tesis que defiende el influyente periodista y analista norteamericano Robert D. Kaplan en un interesante artículo titulado How Islam Created Europeen el que afirma que Europa nació como oposición al Islam.

«Después de la desintegración del Imperio Romano, la migración hacia el norte vio a los pueblos germánicos (godos, vándalos, francos y lombardos) fraguar los rudimentos de la civilización occidental, con el legado clásico de Grecia y Roma que se redescubriría mucho más tarde. Llevará muchos más siglos que se desarrolle el sistema estatal europeo moderno. Poco a poco, sin embargo, el feudalismo, cuyo mutuo acuerdo funcionó en la dirección del individualismo y se alejó del absolutismo, dio paso a los primeros imperios modernos y, con el tiempo, al nacionalismo y la democracia. En el camino, las nuevas libertades permitieron que la Ilustración se afianzara. En resumen, “Occidente” surgió en el norte de Europa (aunque de una manera muy lenta y tortuosa) principalmente después de que el Islam dividió el mundo mediterráneo».

Kaplan, citando al analista Edward Said, sostiene que «el Islam había definido Europa culturalmente, mostrando a Europa en contra de lo que era». En su análisis reconoce que en la construcción de la identidad europea, desde Napoleón hasta la era postcolonial, la relación entre ésta y el mundo árabe-musulmán ha estado marcada por el sentimiento de superioridad de los primeros frente a los segundos. Sin duda habrá quien encuentre ésta afirmación discutible, pero puesto que su estudio excede lo que se pretende en estas líneas y debido a que no altera en absoluto la idea central de su exposición, no nos detendremos en ella.

También España, en cierta medida, se afianzó como nación haciendo oposición al Islam. En el 589, tras el III Concilio de Toledo, Recaredo I unificó territorial y espiritualmente el Reino Visigodo de Hispania, adoptando la religión cristiana. Esa idea de España, arrebatada después por el Califato Omeya, fue la que se pretendió recuperar con la Reconquista. Por eso es notablemente aceptada la tesis que sitúa el nacimiento de la España moderna en 1492, tras el Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, algo que, sin embargo, no nos puede llevar a negar la valiosa impronta del Islam en nuestra cultura—pues también éste vivió su particular Edad de Oro—, del mismo modo que la herencia bizantina conforma una parte irrenunciable de la esencia turca. Durante siete siglos España fue Ál-Ándalus: una extensión de África al otro lado del Mediterráneo, pero no Europa. 

[Ver más: Sobre la influencia del Islam en España recomiendo el artículo de Fernando Sánchez Dragó: Lo que debemos al Islam]

Durante años, Europa empezó donde el mundo musulmán terminaba

Una vez comprendida la relación antitética —al menos así lo ha sido históricamente— entre el Islam y la identidad europea, cabe preguntarse: ¿es hoy el Islam (o el Islam de hoy) compatible con Europa y, por extensión, con Occidente?

Kaplan afirma que «el Islam ahora está ayudando a deshacer lo que una vez ayudó a crear», pues «una geografía clásica se está reafirmando orgánicamente, ya que las fuerzas del terrorismo y la migración humana reúnen a la cuenca del Mediterráneo, incluido el norte de África y el Levante, con Europa». Luego se apresura a desmontar la tesis de quienes defienden que Europa ya ha absorbido antes a otros grupos: «esos pueblos  —dice— adoptaron el cristianismo y más tarde formaron políticas (…) que pudieron encajar, aunque con sangre, dentro del sistema estatal europeo en evolución».  Y sigue:

«Hoy, cientos de miles de musulmanes que no desean ser cristianos se están filtrando a estados europeos económicamente estancados, amenazando con socavar la frágil paz social. Aunque las élites de Europa han utilizado durante décadas la retórica idealista para negar las fuerzas de la religión y la etnia, esas fueron las mismas fuerzas que proporcionaron a los Estados europeos su propia cohesión interna».

Plácido Fernández-Viagas, doctor en Ciencias políticas, magistrado y ex-letrado de Asamblea Legislativa, lo describía así en El Mundo:

«En nuestra civilización, siempre ha existido la obligación de “dar de comer al hambriento” y la de “dar posada al peregrino”, es cierto. El problema surgiría si los hambrientos y peregrinos quisieran luego imponer sus propias costumbres, limitar los derechos de la mujer, o volver a la Edad Media llevándonos a estados de carácter teocéntrico. (…). Una entrada masiva de ciudadanos procedentes de países islámicos nos debería plantear el hecho de que nuestra civilización es débil y carece de capacidad demográfica. (…). Los musulmanes, por el contrario, son jóvenes, están llenos de vitalidad, odian en muchos casos a Occidente, y vienen de países que nunca han sido capaces de distinguir el reino de Dios del de los hombres. ¿Cuánto tiempo tardarían en oponernos sus valores?».

Pero Kaplan no propone solución alguna más allá de entregarse al devenir de la historia y termina el artículo condenando los nacionalismos identitarios, alabando la deriva inclusiva y liberal de Occidente y defendiendo que «la pureza cultural que Europa anhela frente a la afluencia de refugiados musulmanes es simplemente imposible en un mundo de interacciones humanas crecientes».

6a00d8341c603c53ef01b8d183c23d970c.jpg
Manifestación a favor de la Sharia en Reino Unido

Inmigración y prosperidad

Entonces, puesto que la historia no retrocede, ¿debemos renunciar definitavemente a nuestra identidad y desistir en nuestro empeño de preservar lo que tantos siglos ha costado construír? ¿Debemos permanecer impasibles mientras se corroen los cimientos que han hecho de Occidente el lugar más próspero y libre de la historia?

Para entender que no se trata de una exageración interesada, es preciso estudiar la relación entre inmigración y prosperidad. Así lo resumía en un discurso el premio Nobel de economía Milton Friedmann:

«Supón vas por ahí y preguntas a la gente: los Estados Unidos como ustedes saben, antes de 1914, tenían inmigración completamente libre (…). ¿Era eso algo bueno o algo malo? Difícilmente encontrarás un alma que diga que fue algo malo. Pero luego supón que digo a las mismas personas: ¿qué hago hoy?, ¿crees que deberíamos tener libre inmigración?, ¿cuál es la diferencia? (…) ¿Por qué es que la libre inmigración era algo bueno  antes de 1914 y una cosa ‘mala’ hoy?

Hay un sentido en el que la libre inmigración, en el mismo sentido que teníamos antes de 1914, no es posible hoy. Porque una cosa es tener libre inmigración a puestos de trabajo y otra cosa es tener libre inmigración a la asistencia social. Y no se puede tener ambas. Si tienes un Estado de bienestar en el que a cada residente se le promete un cierto nivel mínimo de ingresos o un nivel mínimo de subsistencia sin importar si trabaja o no, si produce o no, entonces realmente es imposible sostener la libre inmigración como en 1914, cuando todo el mundo se beneficiaba».

Friedmann expone, con mucho sentido común, que la libre inmigración y los Estados de bienestar no pueden ser compatibles.  El economista, sin embargo, propone acabar con éstos mismos para al fin permitir la libre circulación de mercancías, capitales y personas (como si de la misma cosa se tratasen), incurriendo en un error típico entre liberales más o menos dogmáticos: afrontar cualquier aspecto humano exclusivamente desde el prisma económico.

Pero el principal problema de la inmigración musulmana en Europa, como decía Kaplan, no es económico, sino cultural. Esto explica, por ejemplo, que, en Israel, inmigración y desarrollo económico hayan ido de la mano: la Ley de Retorno de 1950 estableció que aquellos judíos que decidiesen mudarse y afincarse en Israel, siempre y cuando «no supusiesen un peligro para la salud pública, para la seguridad estatal o para el pueblo judío en su conjunto» podrían adquirir la nacionalidad. Israel experimentó un desarrollo notable en parte gracias a la inmigración. Pero, por supuesto, no gracias a cualquier tipo de inmigración, sino a la inmigración casi exclusivamente judía.

A Roma le sucedió exactamente lo contrario. Según Indro Montanelli, el que fuera el imperio más próspero de Occidente no fue capaz de asimilar las oleadas migratorias de bárbaros germánicos y nórdicos, que encarnaban una cultura muy distinta a la romana. Éstos, al resistirse a ser integrados, precipitaron la caída del Imperio a través de un proceso cuyas similitudes con el problema de la inmigración musulmana en Europa deberían hacer saltar todas las alarmas.

El problema de la cultura

Europa no ha llegado a la democracia por casualidad ni de un día para otro. Ha pasado antes por el Renacimiento, las revoluciones inglesa y francesa, la Ilustración, la Revolución Industrial y, entre otras muchas cosas más, dos guerras mundiales. A todos estos procesos de gran relevancia, por razones que no cabe analizar aquí, el mundo árabe-musulmán ha sido en gran medida ajeno. El resultado es una disparidad cultural que dificultaría la mutua convivencia, quebrando una paz social cada vez más delicada (algo que ya se ha manifestado en el auge de partidos de extrema derecha con un discurso marcadamente anti-inmigración).

Para comprenderlo, no hay ejemplo más ilustrativo que la Sharia, corpus jurídico del Islam y férreo código de conducta de aplicación estatal en al menos ocho países, regional en dos y familiar en más de quince. La Sharia recoge un conjunto de normas que todo musulmán debe conocer y cumplir para llevar una vida recta: desde no robar y no practicar la usura hasta no limpiarse con la mano derecha después de orinar y hacer necesidades. Sin embargo, ésta no se aplica de igual forma en todos los países: en Irán, violadores, narcotraficantes y todo aquel que atente contra la ley de Alá puede ser condenado a muerte; en Arabia Saudí, determinados crímenes (hadd) como el adulterio o la homosexualidad son castigados con penas que van desde latigazos y lapidaciones hasta la pena capital. Pero no siempre es así: Turquía, Túnez, Siria, Marruecos y otros tantos no contemplan este tipo de delitos y penas, y adoptan una legislación mucho menos estricta.

Para entender qué opina la población musulmana sobre la Sharia y la severidad con que debe ser aplicada, nos remitiremos a un estudio del Centro de Investigaciones PEW, Muslim Beliefs About Sharia, que ofrece datos interesantes:

Existe un amplio porcentaje de musulmanes que cree que la Sharia debe ser la ‘ley de la tierra’ en áreas musulmanas:

1

6

Y sobre la adopción de penas más severas:

5

7

8

Se trata de un claro ejemplo de lo ampliamente aceptadas que se encuentran en el mundo musulmán prácticas que resultarían intolerables para Occidente, y muestra que el factor cultural ha de tenerse en cuenta a la hora de afrontar el problema migratorio.

La solución, si bien es compleja, debe huir del enfoque electoralista, ofreciendo una perspectiva estructural, a largo plazo y orientada a reforzar las instituciones y las infraestructuras en los países de origen. Pero recordando siempre quienes somos y cómo hemos llegado hasta aquí. Porque como dijo Rousseau, «podemos conseguir la libertad, pero ésta no se recupera una vez perdida».

DIEGO MARTÍNEZ

Anuncios