El mundo y la hermenéutica

Lejos de una imperante teodicea medieval, con la Ilustración acentuada en el espíritu occidental, y profundamente consciente de sí mismo, nos encontramos ante un hombre situado –no trascendental: hombre al que le es posible tomar distancia del discurso cosmovisivo de turno, pero, con un poco de infortunio, sí vivirlo. ¿Cómo acercarnos o asumir una realidad que se presenta, no en todos los casos, tan amigable?

La realidad, aun siendo tan contingente y lábil, parece presentársenos como un gran hecho; lo que hay es lo que es, pensamos, y a partir de allí es de donde (nos) entendemos. Mas parece escapársenos que no cabe encuentro en el mundo ni con cosas ni con personas para las que no tengamos preparado en nuestro saber ninguna (pre)disposición bajo el que acogerlas. La realidad, tan golpeada por explicaciones de panfleto generalizado, no es la excepción. El mundo, que constituimos y nos constituye, nos muestra como acusados e incluso rehenes de su alteridad, y de igual modo, a dicha alteridad no le es posible escabullirse de nosotros como filtro de explicación.

Es la interpretación, nos dice Gadamer, el puente sobre el que se ha de andar para llegar al conocimiento de aquello que acontece. Ciertamente, un carácter de maleabilidad nos muestra la apertura sobre la que se nos presenta el mundo. Aun así, no nos situamos en un relativismo, pues a lo que se quiere llegar es a que no hay tal cosa como la crudeza de un hecho, sino es su interpretación la que posibilita entender aquello a lo que nos enfrentamos, y si cabe hablar de hechos concretos, entonces el único hecho será que hay interpretación. La comprensión del mundo se da en la medida en que lo inmiscuimos en todo lo que hay en nosotros, a saber, sentimientos, pensamientos, tradiciones, prejuicios, etc., y los explayamos en aquello que está frente a nosotros. Asimismo, implica escrutar, conocer, explorar, recrear los huesos de lo otro y leerlos a partir de lo propio, hacerse con…

La relación entre hombre y mundo se da en la retroalimentación de aportador/aportado, donde, simultáneamente, ambos juegan los dos papeles, y así, la experiencia y la construcción de aquello que nos interpela es infinitamente acechadora, pues la receptividad y apertura con la que vamos al encuentro del otro nos sacude, y nos impacta.

Así las cosas, y retomando la pregunta inicial, convendríamos con que la mejor forma de asumir aquella alteridad (la realidad) que inevitablemente nos estremece, y que no necesariamente es amable, es labrando el camino de la reflexión. La reflexión, trabajosa y necesaria, ha de partir de cada quien para que sea honesta y aterrizada. Es necesario apropiarse de lo más íntimo para comprender y exteriorizar toda posible solución. Aunque el mundo al que nos enfrentemos sea ruin y despótico, el ejercicio auténtico del pensar desata los nudos de las incongruencias. Cuando la reflexividad se asume como una actitud constante ante el mundo, nos abrimos el paso a la comprensión de aquello que no siempre admitimos o nos es difícil digerir. No se trata, pues, de una compresión/construcción estática del mundo, sino de una compresión desde lo más íntimo de la reflexividad para interpretar(nos) y comprender(nos) con y desde él.

LAURA PERDOMO

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