El silencio

Uno de los grandes componentes del equilibrio psicológico es el silencio. Tanto tener momentos de silencio ambiental como el ser capaz de crear silencio.

Si hay algo que define nuestra sociedad occidental es que es incapaz de soportar el silencio. El cardenal Newman decía que el hombre es incapaz de soportar diez minutos de silencio, porque irremediablemente tendría que enfrentarse consigo mismo, con la realidad de lo que uno es. Esto lo decía a mediados del siglo XIX, y sin embargo es perfectamente aplicable a nuestro tiempo.

Cuando estuve en el noviciado empecé a valorar el silencio. A mis veinte años era una experiencia casi desconocida para mí. No me resulto difícil adaptarme, porque en el fondo era algo que llevaba deseando desde que tenía uso de razón. El ritmo de una vida metódica, los tiempos para cada cosa, la ausencia de prisas… un paraíso si cabe sobre la tierra. Pero la experiencia definitiva fueron los ejercicios espirituales ignacianos de un mes. Yo creía que podría vivir así toda la vida, en oración y silencio. La película de “El gran silencio” me recordó mucho esta experiencia.

Todavía me acuerdo de la vivencia que tuve al finalizar la segunda semana. Salí del monasterio para acompañar a un sacerdote que tenía que celebrar misas en los pueblos de los alrededores, pues era domingo. Por primera vez en mi vida sentí intensísimamente como todo era reflejo de Dios. La naturaleza brillaba con una fuerza tal que nunca había descubierto antes. El verde era más verde que nunca y era vida. No hablé en toda la mañana, aunque era día de descanso. No podía. Se había creado una corriente en mi interior de presencia de Dios que me parecía fastidioso tener que romper ese silencio.

La oración es esto. Es este silencio que me hace vivir la presencia de Dios y el diálogo íntimo. Desde entonces he pasado por distintas fases en la oración, hasta casi dejarla muy a mi pesar en algún momento. Pero ese silencio deja su llaga en lo profundo, y no se puede pasar mucho tiempo sin hacer caso a esa llamada de intimidad con Dios que es la oración. Negar esta llamada sería destructivo. Por eso la importancia de la perseverancia. Como decía mi profesor de Teología Espiritual, Don Jose María Iraburu, aunque nuestra aridez sea tal que lo único que nos da ganas es de colgarnos del primer árbol, hay que perseverar. Buscar ese silencio para hallarle lo supone todo para una vida genuinamente cristiana.

@PDeclan

Texto cedido por el autor, Declan Huerta Murphy, publicado originalmente en Splendor Veritatis el 23 de marzo de 2007.

Anuncios