Las vacas no dan leche

Bruno Pontiroli

El jueves pasado, a eso de las seis y media de la tarde, me permití el lujo –casi diario– de merendar. La providencia, que nunca anda errante y siempre actúa, quiso que leyera unas líneas que guardaban gran relación con mi dulcísima actividad gastronómica. Mientras daba los últimos sorbos a mi vaso de leche, en mi pantalla asomó la opinión de una asociación llamada el Club de los Viernes; supongo que se trata de una especie de sociedad formada por hombres demasiado ocupados en ser libres. El Club afirmaba lo siguiente:

«Es incorrecto decir que las vacas nos dan leche. De las vacas se obtiene leche tras un arduo trabajo. Antes hubo que alimentarlas, cuidarlas y ordeñarlas 365 días al año. Ningún bien económico nos es dado a cambio de nada».

Oh, no, de ninguna forma es eso cierto, pensé. Desde luego las vacas no dan leche como lo haría Juan el Lechero (–del que San Josemaría tanto aprendió– que, durante su jornada, tras hacer la entrega en cada uno de los hogares que lo requerían, se presentaba en la iglesia, abría la puerta causando el mayor estrépito posible –sin quererlo–, se arrodillaba y rezaba una sencilla y bella oración: «Señor, aquí está Juan el Lechero»), pero sin duda dan leche como la da una perfecta vaca. La disposición de Juan el Lechero se caracteriza por ser innegablemente humilde, y por su humildad jamás habría afirmado obtener leche de las vacas debido a que las alimentaba, las cuidaba y las ordeñaba. El Lechero, con el sentido común del hombre corriente, habría afirmado que, en todo caso, alimentaba, cuidaba y ordeñaba las vacas porque daban leche. La disposición de Juan el Lechero ante Dios le permitía ver las cosas tal como son y no tal y como quisiera que fueran.

La vida misma nos ha sido dada por puro amor y en ningún momento y bajo ningún concepto fue concebida como un mero trámite mercantil de algo

Desconozco si el Club de los Viernes se especializa con el ganado de algún tipo pero, si lo hace, cabe la posibilidad de que el libre mercado se haya previamente aprovechado de ellos. Me produce cierto rechazo compartir esta obviedad, pero dadas las circunstancias considero necesario reiterar en el contingente pensamiento de Juan: las vacas dan leche independientemente a la intervención del hombre. No puedo confirmar si estos animales casi prehistóricos son anteriores o posteriores al hombre, pero sin duda daban leche, no como Juan el Lechero, sino como una vaca normal y corriente antes de que el hombre perspicaz tuviera la genial ocurrencia de acercarse a una de ellas y acariciar habilidosamente sus ubres. La subversión de los factores, en este caso, no altera el resultado material, pero sí el intelectual, porque ningún hombre mentalmente sano se plantearía que las vacas dejen de dar leche cuando alguien deje de satisfacerle sus necesidades.

Uno de los más gratos hallazgos sobre todo este inverosímil pero sincero relato es la contundencia con la que mi inseparable amigo Gilbert K. Chesterton hablaba sobre capitalistas y liberales hace un siglo: «Cuando Dios miró las cosas creadas y vio que eran buenas, fue porque eran buenas en sí mismas, tal como aparecían. Pero según el capitalismo, Dios habría mirado las cosas y visto que eran bienes. Toda la creación estaría en venta y todas las criaturas buscando negocio». Pero el selecto Club, que lo monetiza todo, no cesa en su empeño de afirmar que «ningún bien económico nos es dado a cambio de nada». Pero la verdad sobre su afirmación radica en que, muy por el contrario, lo que ellos llaman bienes económicos, sí nos han sido dados a cambio de nada. La vida misma, que no alberga otro sentido que considerarla un regalo, nos ha sido dada por puro amor y en ningún momento y bajo ningún concepto fue concebida como un mero trámite mercantil de algo. Pero había algo más sencillo en todo esto: si en lugar de llamarse el Club de los Viernes hubieran optado por algo más acorde al espíritu de sus ideas, por ejemplo, el Club en ciernes, todo esto se habría evitado.


TONI GALLEMÍ

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