Todo está en los libros

«Todo está en los libros», sentenciaba melodiosamente la sintonía de “Negro sobre Blanco”, aquel mítico programa presentado y dirigido por Fernando Sánchez-Dragó. Así, con este ímpetu fundamentalista libresco, se preparaba al espectador para una radiografía literaria y biográfica al autor del día. Torrente Ballester, Francisco Umbral, Vargas Llosa, por citar algunos, pisaron aquel plató y conversaron con Dragó en antena. Pero el programa terminó hace ya catorce años. Desde entonces, el Olimpo de la Comunicación ha ido arrinconando a la literatura, como el matón del patio a sus compañeros, y le ha pasado el relevo a su hermano ciego: la radio.

Pero esto no es sino un reflejo de la depauperación literaria (¿o literaria depauperación?) en la que nos hallamos inmersos. El mercado editorial es una industria millonaria: millones de libros, millones de autores, millones de ediciones, millones de editoriales y millones de euros. Y estos últimos, por supuesto, son los que dirigen a la basca. Pongámonos metafóricos por un instante: el dinero es la selección natural y por la imprenta sólo van a pasar los que vayan a llenar los bolsillos al personal. Los demás, aquellos que padecen la malformación de no ser un bestseller, a tomar por la roca Tarpeya y si te he visto no me acuerdo.

Es, de hecho, el dinero embolsable el que dictamina lo que se publica. Ahí tenemos a los poetastros trasnochados que okupan las estanterías de poesía (al lado de sus tan queridos García Lorca, Cernuda o Pizarnik) con sus pastelosos ripios. ¿Por qué alguien publicaría semejante cantidad de estupideces? La respuesta, lectores, está unas líneas más arriba. O ahí tenemos a esos novelistas de parvulario, escritores de corta y pega, científicos de la letra, con menos capacidad para escribir que un chihuahua para manejar una fresadora. Y, sin embargo, son editados, publicados, promocionados y leídos.

¿Pero tienen la culpa las editoriales? ¿No sería culpa del lector (o consumidor, según el caso)? Mitad y mitad. El uno por tener la poca decencia de sacar al mercado basura remozada en libro; el otro por comprarla, aún sabiendo lo que hay. ¿Y esto por qué pasa? ¿Por qué hay gente que prefiere leer lo último de Javier Marías —que, viendo el panorama, no deja de ser potable— antes que, qué sé yo, para no ponernos exquisitos, a Galdós o Baroja o Cela? Uno no puede dejar de preguntarse si tiene más que ver con que sea la novedad, lo último, lo requetenuevo, lo que empuja a algunos a abrir de par en par sus carteras y dejar que las golondrinas monetarias salgan despavoridas a posarse en los nidos editoriales.

«Bueno, al menos se lee», dirán algunos. Bueno, ¿y qué? ¿Es que les aporta algo leer novelas de tres al cuarto? Una novela como las que decimos no es muy diferente a una película palomitera, no sirve para nada más que entretener. En cambio, la estulticia de algunos no tarda en alzar la voz. «¡Leer es bueno!». O, mejor aún, «Leer es vida», como rezan multitud de cartelas en el Metro de Madrid. Que se lo digan al que tenga que leerse el manual del enterrador. Gustavo Bueno ya nos advirtió de ello en El mito de la cultura.

En cualquier caso, con San Jorge en Cataluña y con la Feria del Libro de Madrid a la vuelta de la esquina, veremos cifras de multitudes, cifras de casetas, cifras de autores, cifras de libros vendidos… Cifras recaudatorias. Porque todo lo que importa es eso.

IVÁN MOLINA

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