Contra el arte

La Filosofía, desde sus inicios, se ha ocupado del arte —o de las artes— y es eso mismo,  la multiplicidad de sus disciplinas, la razón por la cual se establece una clasificación en seis: pintura, escultura, arquitectura, música, poesía y danza. A esa se le añade el famoso séptimo arte, que suele ser el cine, o, en su manifestación más tradicional, el teatro y la actuación en cualquiera de sus formas. A esta clasificación la acompañaron muchas jerarquizaciones que han variado mucho en la Historia: desde los griegos, que ponían a la poesía en primer puesto, hasta el barroco, que relegó a la música al último, pasando por el trivium y quadrivium medievales. Independientemente de estas clasificaciones —y de otras más modernas, que proponen tonterías como incluir los videojuegos en la categoría de arte— el tema de este artículo es la innegable y dura crisis que el arte, sea cual sea su manifestación, atraviesa hoy en día. Crisis que se puede advertir en tres ejes principales: la interpretación errónea de obras clásicas, la escasez de nuevas obras y la pésima calidad de gran parte de estas últimas.

Comencemos por el primero de todos, el más candente, sin duda. Resulta obvio que las obras de arte necesitan de, al menos, dos elementos. El creador y el re-creador. Dicho de otra manera, el reproductor o intérprete. Una producción artística tiene vida sobre el papel, pero la mayoría necesitan de alguien con las habilidades técnicas y humanas lo suficientemente cultivadas como para “sacar” esa obra de su vida latente y teórica y darle una dimensión colectiva, compartirla con el público. El intérprete es el paso final entre la teoría y la realidad, un mediador entre la idea —vulgarmente llamada inspiración—, el creador que la plasma y la realidad en que se manifiesta. Por ello, el trabajo del intérprete a veces es incluso más complicado que el del creador. En muchos casos, como en la danza o la música, hay un gran margen para la aportación personal. Es esto fuente de una riqueza inconmensurable, puesto que dos artistas, e incluso el mismo artista en diferentes momentos de su vida, nunca verán la obra de la misma manera. Ahora bien, que haya lugar a la manifestación de la personalidad del intérprete en su trabajo no le exime de mostrar un respeto mínimo al creador y a su obra, empezando por reproducirla tal y como ese creador la dejó plasmada. Muchos “artistas” modernos usan esta libertad como excusa bajo la que amparar sus perpetraciones —accidentales o deliberadas—a las obras originales. Pensemos en uno de los casos más recientes y sonados. En enero de 2018 tuvo lugar una representación de Carmen de Bizet en Florencia. En la ópera original, don José, despechado, mata a Carmen. Típico de las obras románticas. Pues bien, el director de esta representación, ni corto ni perezoso, cambió el final para que fuera Carmen la que, arrebatándole la pistola a don José, lo matara.

Lo hizo bajo la peregrina excusa de evitar que el público no aplaudiese la violencia machista. Al oír la noticia, a cualquier persona con dos dedos de frente, le asaltan dudas lógicas. ¿Cómo lograría adaptar la música a la acción? ¿Y qué hay del nuevo texto que requiere ese giro del guión? No me lo pregunten, yo tampoco lo sé. Pero si vamos un poco más allá, encontramos otros problemas más graves. El primero, la excusa en sí. Casi nunca en las óperas se aplaude la historia. De hecho, como espectador asiduo, me atrevo a decir que es lo que menos interesa. Se aplaude la actuación y la música, sobre todo. Segundo punto: ¿es la manera adecuada de luchar contra un problema tan serio como la violencia machista? Cambiar el final de una obra por esa razón, aparte de demostrar una arrogancia enorme, no blinda a la sociedad contra ese problema. Es imposible, y un error, analizar obras clásicas con los cánones actuales. Si no nos acercamos sin complejos a estas obras, nunca sabremos lo que tienen de bueno —que es mucho, y se puede aprender de ello— y nunca nos enfrentaremos a lo que tienen de malo. Está claro que matar a una mujer es un acto abominable (¿acaso es mejor matar a un hombre a sangre fría?). Hemos de saberlo al ver Carmen, pero no por ello creer que se está alabando ese acto. De hecho, se me hace difícil pensar que Bizet apoyase a don José, y que no usara ese desenlace más que para crear el dramatismo necesario para la obra. Por suerte, hubo gente que abucheó al director en Florencia. Pero un preocupante porcentaje de gentuza, entre la que se encuentra el mismo alcalde de Florencia, aplaudió la tergiversación de la historia. Debemos ser conscientes de los peligros que encierra este tipo de comportamientos ante el arte, porque es tan solo cuestión de tiempo que algún iluminado modifique obras como Las relaciones peligrosas por exceso de libertinaje —emulando así, sorpresa, la misma cerrazón mental de la sociedad francesa de entonces  o que se prohíban Los fusilamientos del tres de mayo por pintura demasiado belicista. Pero no demos más ideas.

Pasemos al segundo de estos puntos. Está claro que hoy en día hay menos producción artística que en otros tiempos. Producción artística senso stricto, ya que la interpretación se puede calificar como una reproducción, como ya dije. Hay dos teorías que pretenden explicar la causa de este problema: que hay menos artistas hoy en día o que gozan de menos fama, por lo que su producción sería para nosotros desconocida. Resulta evidente que la segunda teoría no es del todo cierta, ya que muchos de los artistas hoy conocidos no lo fueron en su tiempo. Pensemos en Schubert o Cervantes, prácticamente ignorados en vida, y tan reconocidos hoy. La teoría realmente preocupante es la primera. La flagrante escasez de artistas, que lleva a la escasez de la producción. Vivimos en un mundo en el que la industria en todas sus formas está desarrollada hasta el extremo. Esto es algo enormemente positivo, ya que, sin ir más lejos, aumenta nuestra esperanza y calidad de vida. Pero deja de ser algo tan bueno cuando ese crecimiento técnico y científico se produce en detrimento de las artes y las humanidades. Los estudiantes universitarios de ciencias están en abrumadora superioridad frente a los que hacen una carrera artística, y creciendo (sobre todo, en el sector de las ingenierías). Además, dentro de las carreras artísticas, son minoría los que se dedican a la producción, y no a la reproducción (por ejemplo, compositores o pintores). Esto no es más que el reflejo de nuestra sociedad actual, industrializada hasta la náusea y casi ajena a toda sensibilidad artística. Quizá la razón de esto sea que es muy difícil cuantificar (establecer unas horas de trabajo, un sueldo regular) profesiones como la de artista o la de filósofo, dedicadas a lo abstracto. En una sociedad tan materialista, ello desemboca en que los más capaces graduados en estas materias deben verse resignados a enseñarlas, actividad noble y necesaria, pero de seguro que no deseada por el 100% de los profesionales. En definitiva, formar gente con sensibilidad, competencia y conocimientos en estas materias no resulta rentable.

Por último, el tercer punto. La evidente falta de calidad en las pocas obras nuevas que se producen. Es un problema que va parejo al segundo: crear obras sin calidad no invita a hacer nuevas, creyendo —los artistas— que no merece la pena luchar contra esa tendencia antiestética. Se crea así un círculo vicioso del que es complicado salir. Este problema es una crisis en sí mismo. La natural inclinación del arte a la belleza, a la armonía, a la proporción, que ya establecieron los antiguos griegos, está siendo aniquilada. Muchas veces bajo el pretexto de la denuncia. Obras musicales inaudibles, o pinturas a todas luces faltas del más mínimo sentido pictórico se nos intentan presentar como una denuncia de cualquier problema social. Por supuesto que esto último es necesario, pero ¿acaso no será más efectivo hacerlo de manera bella? ¿No conseguirá mejor el autor su propósito -hacer llegar su denuncia al mayor número posible de personas- haciendo la forma atractiva para presentar el fondo? Por otra parte, las técnicas artísticas tradicionales presentan mucha mayor riqueza de recursos para este propósito que las actuales. ¿No son éstas razones suficientes para volver a la belleza? Se me ocurre el Treno a las víctimas de Hiroshima. ¿Acaso no hubiera conseguido mejor su propósito el autor haciendo la obra audible?

Como conclusión a esta crítica, me gustaría exponer la solución a los tres problemas. No hace falta ser un genio para dar con ella, pero tal y como están las cosas, hace falta decirlo todo. La solución es la misma para los tres  (puesto que son manifestaciones de un mismo mal): educar a las personas en el arte. Solo invirtiendo en él y fomentando su desarrollo conseguiremos poner fin a esta crisis. Pero la solución no solo depende de las autoridades; todos y cada uno de nosotros debemos poner de nuestra parte para llevar a cabo este progreso. Es tarea nuestra escapar de la inercia de la existencia cotidiana gracias al arte. Debemos elevarnos hacia él, comprenderlo y apreciarlo. Crear ciudadanos críticos que no acepten las manifestaciones pseudoartísticas que se han citado antes, y tantas otras. Sólo así podremos salvar lo que nos hace humanos, lo que nos pone en contacto con lo sublime y con lo eterno. Como dijo Richard Wagner: «Creo que los discípulos fieles del gran arte serán glorificados y que, envueltos en un celeste tisú de rayos, de perfumes, de acordes melodiosos, volverán a través de la eternidad al seno de la divina madre de toda armonía».

JAVIER TIESTOS

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Viento divino

Viajamos al extremo oriente, Japón. 1925, una fecha en la que se instituye el voto universal masculino y aumenta el electorado, multiplicándose por cinco. A finales de la década de 1920 el nacionalismo acabaría dominando el panorama político japonés, con el énfasis de los valores japoneses tradicionales y el rechazo a Occidente.

En la literatura, personajes como Ryūnosuke Akutagawa o Yasunari Kawabata iban resonando en el panorama cultural de la nación y, pronto, una nueva luz brillaría de forma a veces clara y otras oscura en este mundo. Quédense con el nombre de Kimitake Hiraoka.

Nació en enero de 1925, en Tokio, y fue criado por su abuela Natsu, una mujer de salud enclenque y carácter violento. Sufría reuma y neuralgias y lo obligaba a hacerle masajes, a medicarla, a vendarle las llagas y a bañarla. A cambio, lo llevaba a ver teatro kabuki con ella cuando era todavía muy chico, lo que le marcaría para siempre. Era un tipo de teatro considerado vulgar que más tarde fue prohibido, en el que se combinaba el humor y la tragedia.

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Kimitake Hiraoka y su madre, Shizue Hiraoka

Era hijo de una familia de comerciantes ricos por parte de su padre, y de una familia noble que perdió su estatus por haber apoyado al shogunato durante la guerra Boshin (1867-1868) por parte de su madre. Kimitake fue un niño superdotado y por sus condiciones llegó a ser admitido en la Gakushuin, la escuela de Nobles. Como era de una estirpe social media, no tenía el privilegio de no ser calificado en los exámenes, pero no importaba, su intelecto era tal que los aprobaba con facilidad. Se graduó como primer alumno y en la ceremonia de egresados el mismo Emperador, por el que juraría morir décadas más tarde, le entregó un reloj de plata.“Kimitake” o “príncipe guerrero” comentaba:  «Mis padres vivían en la segunda planta de la casa. Bajo pretexto de que era peligroso criar a un niño en el piso alto, mi abuela me arrancó de los brazos de mi madre cuando yo contaba cuarenta y nueve días. Instalaron mi cama en el dormitorio de mi abuela, siempre cerrado y con el aire impregnado de los olores de la enfermedad y de la vejez». Un ambiente enrarecido y pertubador para un joven al que la vida le iría hiriendopaulatinamente.

Kimitake Hiraoka empezó a escribir y se unió al club literario. Poco después, cambió el club literario estudiantil por el círculo literario más importante de Tokio. Al graduarse, ya era una voz literaria en Japón. Usó un seudónimo con el que pretendió ocultar su vida literaria del desagrado de su padre, Azusa. Ese nombre fue Yukio Mishima. Era un joven frágil, enclenque, se veía feo y se detestaba. Comenza su lucha contra su cuerpo. La belleza le corrompe. Sobre ella diría: «Cuando el ser humano es absorbido por la idea de lo que llamamos belleza, sin darse cuenta se enfrenta a los pensamientos más tenebrosos que pueden existir en el mundo».

Llegada la adolescencia, y con ella la Segunda Guerra Mundial, se alista en el ejército del cual es expulsado por tuberculosis y por tanto no combate en la misma. Una humillación. Toda la frustración que el joven Mishima experimenta en el plano físico, es satisfacción en el plano cultural. Educado con esmero, desde muy temprano encuentra refugio en la literatura. Publica por primera vez en 1944, con diecinueve años. La vocación literaria de Mishima es un drama familiar: su padre se opone; su madre le protege. Después de estudiar leyes, ingresa en la burocracia del Estado, como quería su padre, pero no por ello deja de escribir. Esa doble dedicación le resulta tan agotadora que su padre, por fin, cede y le permite entregarse sólo a la literatura. En 1948 publica su primera novela, “Ladrones”. Enseguida aparece su primer gran éxito, “Confesiones de una máscara”. Tiene sólo 24 años y ya se ha convertido en toda una celebridad.

En dicha obra escribiría: «Aquel mismo día me ordenaron que regresara a casa, declarándome exento del servicio militar. Tan pronto como hube cruzado la puerta del cuarto, eché a correr por la triste e invernal ladera que llevaba al pueblo en descenso. Al igual que cuando me hallaba en la fábrica de aviones, mis piernas me llevaban a todo correr hacia algo que no sabía lo que era, pero me constaba que no era la muerte. Fuera lo que fuera, no era la muerte».

Tras el conflicto, el escritor volvió a estar en el mapa cuando Yasunari Kawabata lo nombró “el futuro de las letras japonesas” y llegaría a decir de él que «un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras».

“El Rumor del oleaje” “Sed de Amor”, tras la nombrada “Confesiones de una máscara”, serían sus primeras obras. Ya nadie olvidaría ese nombre, Yukio Mishima.

El antes y el después, tras su cruzada contra la fealdad, conllevaría un cambio físico en el escritor. Pasó de ser un señor frágil y retraído a un coloso, una superestrella musculosa, que tiene el más alto grado en el kendo(“camino de la espada”) y escribe un éxito literario tras otro.  Cuando decidió dedicarse sólo a la literatura, su padre, Azusa, le dijo: «Más vale que seas el mejor escritor de Japón» respondiéndole con un  «así será».

Su libro de cabecera era el Hagakure, redactado entre montañas por Yamamoto Tsunetomo en el siglo XVII, en el podemos encontrar frases como estas: «Para el Samurái, la vida es un desafío y la muerte es preferible a una vida indigna o impura (…) Un Samurái solo lo es verdaderamente en la medida que no tiene otro deseo que morir rápidamente –y de volverse puro espíritu».

Mishima creía que había dos formas de hacer literatura; una era la literatura seria, alta, que reunía la tradición de las letras del pueblo del Hieke Monogatari y los Haiku, y todas las vanguardias europeas que Mishima leía desde los diez años; la otra, la literatura accesible, popular. Él escribió en las dos vertientes. Unas las escribía a la mañana en su escritorio, entre ellas están “El Pabellón de Oro”“Nieve de Primavera” y “Caballos Desbocados”. Otras, generalmente eróticas o que describen ritos de iniciación, las escribía en dos o tres días en una habitación que alquilaba en el hotel imperial de Tokio. En ellas usaba un lenguaje llano y una narración más ágil. Allí se incluyen “El Marino que perdió la gracia del mar” y “Sed de amor”. La fama de Mishima llegó a ser tal que muchas de las obras mayores son además éxitos de venta y las menores son aclamadas por los críticos. Escribiría más obras y dirigiría proyecciones cinematográficas premiadas en su país. Las ideas le caían como hojas de cerezos.

En un alarde de sinceridad admitiría: «La mayoría de los escritores son normales y actúan como perturbados, yo actúo normalmente pero estoy enfermo del alma».

Su definición de acción y de héroe la dejaría clara en su obra “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”:A fines de la década del 60, Mishima fundó su propio ejército, el Tate no Kai o Sociedad del escudo. No portaban armas porque no iban a matar sino a morir por el Emperador. En 1969 explicaría: “Quiero ser pionero en mi idea de guardia nacional”. Así que les diseñó los uniformes, ceñidos al talle con dos hileras de botones fulgurantes. Algunos altos mandos militares conservadores de las Fuezas de Autodefensa Japonesa colaboraron en el entrenamiento de sus hombres.

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Yukio Mishima y Yasunari Kawabata

¿Cómo es posible denominar “hombre de acción” a quien por su trabajo de presidente en una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo. Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer algún día

Mishima tenía algo entre manos y en una entrevista realizada pocos días antes del suicidio, firmada por Furubayashi Takashi, un intelectual progresista que, aun gustándole la literatura del autor, discrepa de su ideología dejaría en el aire sus intenciones: «Espere y verá que hago», dice. «A mi parecer, vivir sin hacer nada, envejecer lentamente es una agonía [… ] esto me ha llevado a pensar que como artista que soy debo tomar una decisión».

La expectación era intensa y llegó el día, el 25 de noviembre de 1970Yukio Mishima y otros cuatro miembros de la Tatenokai entran en el campamento Ichigaya de Tokio y atan al comandante a una silla después de cercar su despacho con barricadas. A continuación, Mishima arenga desde un balcón a los soldados para que se alcen en armas y devuelvan al emperador a la posición que merece. Incapaz de hacerse oír, regresa al despacho y lleva a cabo su ‘seppuku’. El soldado encargado del final que prescribe el ritual no puede completar la tarea, que sí termina otro miembro del grupo.

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Mishima pasando revista al Tatenokai

Sí habían cumplido con su deber al componer su ‘jisei no ku‘, el poema escrito por uno mismo cuando se acerca la hora de morir, antes de su entrada en el campamento. Estos fueron el de Yukio y los de los cuatro soldados.


Chiru wo itou

yo ni ni hito ni mo

sakigakete

chiru koso hana a

fuku sayoarashi.

 

No importa caer.

Primero de todos.

Primero de todos.

Es solo la flor de cerezo para

caer noblemente

en una noche tormentosa.

(Yukio Mishima)

 


 

Kyoo ni kakete

kanete chikaishi

waga mune no

omoi wo shiru wa

nowake nomi ka wa.

 

Hoy, en el día esperado,

para saber lo que

está encerrado en mi corazón,

que ha jurado por mucho tiempo,

¿será la única tormenta?

(Masakatsu Morita)


 

Hi to moyuru

Yamatogokoro wo

harukanaru

oomikokoro no

misonawasu made.

 

¡Ah, el amor del país

que arde como el fuego!

Durará tanto como

yo tenga la fuerza

paranoapartar la mirada

de Su Perenne Majestad.

(Masayoshi Koga)


 

Kumo orabi

shirayuki sayagu

Fuji no ne no

uta no kokoro zo

mononofu no michi.

 

La nieve cae entre una nube y otra.

Es el corazón de la poesía

que canta el Fujiyama a

la manera verdadera del guerrero.

(Masayoshi Ogawa)

 


 

Shishi a nari

tora a naritemo

kuni no tame

masuraoburi mo

kami no mani mani.

 

No hace ninguna diferencia luchar contra

un león o un tigre.

Si es para la patria,

la vida del guerrero

también es bienvenida entre los dioses.

(Hiroyasu Koga)


Antes de morir, Mishima dejaría terminada su tetralogía “El mar de la fertilidad”. En ella plasmó un testamento ideológico que exponía su rechazo a una sociedad japonesa decadente en la moral y lo espiritual. Un soplo de integridad del valor y el honor.

@kimitakhiraoka

Napoleón a través de la música de Beethoven

Napoleón Bonaparte , ¿dictador o libertador? ¿Liberal o tirano? Es esta una de las mayores disyuntivas en materia histórica. No existe un consenso, ni siquiera entre historiadores solventes y profesionales, sobre cómo calificar al pequeño corso. Lo que sí está claro es que se trata de una de las figuras más fascinantes de la Historia Universal, precisamente por la ambivalencia de su personalidad y lo controvertido de sus actos.

Ludwig van Beethoven. El sordo genial. Uno de los mejores músicos de la Historia, a caballo entre dos mundos, testigo de una época convulsa en Europa, y contemporáneo del anterior. Se trata de la piedra angular de la transición desde el Clasicismo al Romanticismo. Su música, de una belleza y una fuerza inigualables, canta a la hermandad y a lo universal. Se ha dicho muchas veces que Beethoven escribía para la Humanidad. Qué gran razón encierran esas palabras.

El tema de esta entrada es la vinculación que hubo entre estas dos inmensas personalidades.Empecemos por Beethoven. Nacido en Alemania, en 1770, se trasladó a Viena siendo joven para perfeccionar su arte compositivo con los grandes maestros de su época: Haydn y Salieri, entre otros. En 1800, poco después de la composición de su Primera Sinfonía, empieza a notar los síntomas de la sordera, entonces incipiente, que iba a ser su tormento el resto de su vida. Por ello, en 1802, se retira a Heiligenstadt, donde planea poner fin a su vida, escribiendo su famoso testamento de Heiligenstadt. Sin embargo, su carácter resistente y su convicción de que podía llegar a ser un gran compositor a pesar de su enfermedad, lo ayudaron a salir de ese período de depresión. Encontramos entonces un Beethoven renovado, con una febril actividad musical, de la que nacerán obras como la Quinta Sinfonía o el Concierto Emperador. La más importante de éstas es la Sinfonía nº3 “Eroica”, publicada en 1804.

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En cuanto a Napoleón, nació tan solo un año antes que Beethoven. Ascendido a general con gloria y honores- y gracias, únicamente, a su valor y sus méritos- fue una figura clave en las últimas etapas de la Revolución. Aumentó poco a poco su poder y su prestigio, aprovechándose de la debilidad del Directorio y de su éxito en las guerras de Italia. Hecho cónsul en 1799, tras el Golpe del 18 de Brumario, Francia conoció una época de prosperidad económica y cultural. Reconquistó Italia en 1800 y derrotó a la Segunda Coalición. Asentó las bases de la Revolución, dándole un carácter cabal y moderado tras el mal recuerdo del Terror, pero sin olvidar el liberalismo que entonces nacía. Publicó su famoso Código Civil en 1804. Parecía, pues, que Francia, con el Pequeño Cabo a la cabeza, comenzaba a dominar Europa. Y las ideas que se expandían, gracias a la Revolución, heredera del maravilloso siglo XVIII, no gustaban nada a los gobiernos absolutistas del resto de Europa. Sin embargo, sí que gustaban a una gran cantidad de los jóvenes de la época. La figura del líder que conducía al pueblo a la gloria y que materializaba los preceptos de la Ilustración, se encarnaba en Napoleón. Bonaparte era, pues, objeto de admiración por parte de muchos jóvenes prerrománticos, sedientos de libertad, igualdad y fraternidad. Entre ellos, se encontraba nuestro sordo genial.

Volviendo a su Sinfonía “Eroica”, se publicó en 1804, como hemos dicho. El mismo año en que Napoleón publicó su Código Civil. La sinfonia en sí misma merece un comentario. Rompe todos los moldes existentes, en cuanto a duración, volumen, dificultad y expresión musical. Representa la batalla, su fragor, los tambores, las trompetas, los cascos de los caballos,… Su segundo movimiento, especialmente bello, es una marcha fúnebre, de sobrecogedora sensibilidad. Es considerada la primera obra romántica. En origen, se llamaba Sinfonía “Bonaparte”. Ya se imaginan a quién iba dedicada. Ya se imaginan, también, la rebelión que suponía llamar así a una obra en el absolutista Imperio Austríaco. Sin embargo, Napoleón se coronó Emperador de los Franceses el 2 de diciembre de ese mismo año. Beethoven, que lo idolatraba, al enterarse de tan chulesco acto, cambió airado el nombre de la sinfonía al actual y pudo una nueva dedicatoria: “para celebrar el recuerdo de un gran hombre”. No sólo Beethoven le retiró su admiración, diciendo que sería un tirano, como todos los demás, sino que, además, Lord Byron y otros intelectuales aborrecieron desde entonces al nuevo Emperador.

Sabemos que, tras la caída de Napoleón, el absolutismo sufrió un profundo e irreparable golpe que llevaría poco a poco a su extinción. ¿Es consecuencia directa de sus acciones o es el inexorable paso del tiempo quien acabó con el absolutismo? ¿Se equivocó Beethoven o tenía razón? Preguntas que, a día de hoy, todavía suscitan polémica. Es innegable que se trata de una época que necesita de más estudio, a fin de arrojar un poco de luz sobre estos dilemas. Solo así podremos formarnos una opinión fundada sobre Napoelón, Beethoven, y la fascinante época en la que vivieron. Recomiendo especialmente escuchar la Sinfonía “Eroica”, en la versión de Herbert von Karajan, Sergiu Celibidache, Claudio Abbado o Leonard Bernstein.

JAVIER TIESTOS

La angustia de una vida sin fe en el más allá

«Quien tiene un porqué para su vida, soporta casi siempre el cómo» F. Nietzsche

Se me ha pedido que les hable a ustedes sobre La angustia de una vida sin fe en el más allá. Me atrevo a decir que es el tema de nuestro tiempo. Demasiado vasto y complejo. Gravemente preocupante porque está quitando a muchos hombres el gusto por la vida. No hay más que pensar en las grandes amenazas de esta época histórica: la amenaza atómica, la eutanasia, el terrorismo, el aborto, la contracepción, esos grandes fracasos de la Humanidad de hoy. Y ya advertía Teilhard de Chardin que «el peligro mayor que puede tener la Humanidad no es una catástrofe que venga de fuera, no es ni el hambre, ni la peste, es más bien aquella enfermedad espiritual, la más terrible por que es el más directamente humano de los azotes, que es la pérdida del gusto de vivir».

 En la imposibilidad de desarrollar ampliamente problema tan enorme y tan complejo, les doy únicamente algunas referencias sobre sus causas y sobre la situación actual. ¿Cómo hemos llegado a una situación en la cual los hombres se angustian porque no saben para qué viven? ¿Qué ideologías, qué maestros han provocado esta crisis de la conciencia mundial sobre todo de la europea? He aquí lo que voy a exponer breve e insuficientemente.

EL EXISTENCIALISMO

La Filosofía llamada existencialista que tuvo vigencia en Europa en la época atormentada y espantosa que va desde las primeras décadas hasta los años sesenta de este siglo, puso de moda la pregunta por el destino humano. La situación de aquellos años que mejor sería borrar de la Historia daba Ocasión para ello. Las grandes dictaduras, las persecuciones ideológicas los campos de concentración, los inmensos frentes de batalla, los holocaustos gigantescos de vidas humanas, los bombardeos masivos de ciudades indefensas, el hambre, el odio y el desprecio a la persona llevaron a los europeos a vivir a todas horas con la mirada inquietante de la muerte frente a ellos. Y tras el pálido rostro de la muerte y su guadaña ensangrentada, ¿qué? La nada. Entonces, ¿para qué nacíamos y para que vivíamos?, ¿sólo para unos sufrimientos espantosos e inútiles?, ¿no era la vida un absurdo?

 Recogía así la Filosofía existencialista una cuestión que había planteado y estudiado detenidamente un oscuro y casi ignorado pensador danés del siglo anterior: Sôren Kierkegaard (1813 – 1855). Había escrito un libro entero que llevaba por título «El Concepto de la angustia». Aquel melancólico Pastor luterano había experimentado la angustia del pecado como fondo último existencial de todo hombre, tal como lo enseñaba la teología protestante. El pecado coloca al hombre ante Dios y ante sí mismo, ante el Bien y el Mal, el hombre tiene que escoger con su libertad ante el Bien y el Mal, entre el Todo y la Nada, entre lo Infinito y lo Finito. He ahí el momento de la angustia. Es distinta del miedo. El miedo se refiere a algo determinado y concreto, a un objeto particular. La angustia se provoca ante la alternativa de ganarlo todo o perderlo todo por el pecado. Kierkegaard cree que el hombre se salva de esa angustia sólo por el salto a la fe en Dios. Aquí subyace la Dogmática luterana. El hombre se justifica ante Dios por el acto de fe religiosa, fiducial y ciega, mediante el cual cierra los ojos y se abandona a un Dios misterioso que por los méritos de Jesucristo, le salvará de todos sus pecados.

 El concepto kierkegaardiano de angustia fue recogido por los pensadores de las trágicas décadas centrales del siglo XX a las que nos referíamos antes. Martin Heidegger (1889-1976) seculariza el tema. La angustia ya no es el momento de elegir entre Dios y el pecado sino un constitutivo existencial de todo hombre que en algún momento de su vida se pregunta por el sentido y el valor de su existencia. El hecho de verse, por una parte, arrojado a la existencia, sin saber por qué ni para qué, y por otra irremisiblemente abocado a la muerte que amenaza con hundirnos en la nada, he ahí los motivos de la angustia. «La muerte —escribe— es un modo de ser que asume el Dasein (el hombre) tan pronto como existe. Desde que el hombre viene a la vida, es ya bastante viejo para morir (1).» El nombre banal, frívolo, inauténtico huye de la muerte, y no quiere pensar en ella; se contenta con vivir el presente; el hombre que quiere existir, es decir, vivir una existencia reflexiva, auténtica, acepta que su ser es un ser-para-la-muerte y que tal existencia trágica es angustiosa. Porque en último término la muerte es revelación de la nada.

 El pesimismo de Heidegger se tensa, hasta el máximo radicalismo, en el filósofo francés Jean-Paul Sartre. Sartre está dominado por la sensación vivida de la radical contingencia de todas las cosas y, sobre todo, del hombre. Pero por contingencia entiende Sartre la sinrazón de todo. Todo está ahí, sin motivo ninguno ni finalidad alguna. Por ello, todo está de sobra. «Arboles, pilares, azul nocturno, el estertor feliz de una fuente, olores vivientes, neblinas de color suspendidas en el aire frío, un hombre pelirrojo haciendo la digestión en un banco; todas estas somnolencias, todas estas digestiones tomadas en conjunto ofrecían un aspecto vagamente cómico. Cómico… no, no llegaban a eso, nada de lo que existe puede ser cómico […] Eramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos, no teníamos la menor razón de estar allí ni unos ni otros; cada uno de los existentes confusos, vagamente inquietos, se sentía de más con respecto a los otros […] y yo, flojo, lánguido, obsceno, digiriendo, removiendo melancólicos pensamientos también yo estaba de más (2).»

 Es la sensación del absurdo de todo; lo absoluto es el absurdo, concluye. Esta experiencia del todo como estúpido y sin razón produce la náusea de vivir, es decir, la conciencia trágica de que vengo de la nada y voy a la nada.

 ¿Qué hacer entonces? Lo lógico sería suicidarse, dice otro existencialista, el novelista premio Nóbel Albert Camus. Pero no tenemos el valor de hacerlo. No queda sino aceptar nuestra condición de hombres libres, es decir, de personas que no tienen ningún motivo para escoger una cosa que otra porque no hay  valores; que, sin embargo, se encuentran continuamente en la  angustia de tener que elegir y que eligen… para nada. Al fin para morir. La muerte para nada es un hecho más de la vida para nada. Pero es preciso tener el coraje de vivir así, en libertad total,  sin más valores que los que yo quiera inventarme, sin más moral que la de mi capricho, sin más esperanza que la aniquilación por  la muerte. El hombre que mediante una ética normativa o la esperanza religiosa se consuela de su absoluta soledad, es un indecente. Ni siquiera es válido el consuelo de la compañía y el amor de los demás porque los otros no son para el hombre sino «el infierno», ya que le limitan continuamente sus posibilidades de elección (3).

 La absoluta desesperanza existencialista ha tenido innumerables e inacabadas resonancias a través del teatro, la novela, y el cine. Samuel Beckett, Ionesco, Albert Camus, el mismo Sartre, Ingmar Bergmann y cien otros han difundido por el mundo entero en importantes obras artísticas el sin-sentido de la vida. En los últimos años ha sido leidísima la novela de Umberto Ecco, El nombre de la rosa. He aquí las últimas palabras que pone en boca del viejo monje narrador, después de recorrer las ruinas del monasterio incendiado: «Es duro para este viejo monje, ya en el umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene  o no algún sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos, o ninguno […] La tierra baila la danza de Macabré; a veces me parece que surcan el Danubio barcas cargadas de locos que se dirigen hacia un lugar sombrío. Sólo me queda callar Hace frío en el scriptorium. Me duele el pulgar. Dejo este texto no sé para quién; este texto ya no sé de qué habla. Stat rosa pristina nomine; nomina nuda tenemus» (De la antigua rosa no queda más que el nombre; sólo tenemos palabras vacías).

 En la década de los setenta, alcanzó resonante eco en todo el mundo, un librito Premio Nóbel de Medicina, el francés Jacques Monod, titulado El azar y la necesidad. El insigne bioquímico pretendía demostrar que el Cosmos entero, y, sobre todo, la multiforme vida vegetal y animal, e incluso el hombre y todas sus más altas creaciones, no eran fruto sino de las mutaciones genéticas que por azar se verifican allá en los infinitesimales componentes de la vida, en las fibras de los ácidos nucleicos. Ellas dan origen a nuevos seres que después, por las leyes invariantes de la reproducción, originan especies enteras hasta que se produce una nueva y casual mutación genética. El hombre, pues, estaría sobre la Tierra sólo como consecuencia de ciegas leyes biogenéticas: Las mutaciones casuales de los primeros gérmenes de la vida y la invariancia reproductiva. «Nuestro número ha salido en el juego de Monte Carlo, ¿qué hay de extraño en que nosotros, como quien acaba de ganar allá un millón, sintamos la extrañeza de nuestra condición (4).»

 Ahora bien, si somos fruto únicamente de las ciegas leyes biogenéticas del azar y de la invariancia reproductiva, entonces es evidente que nadie nos ha proyectado, que nadie viene a nuestro encuentro, es decir, en palabras del mismo Monod «le es muy necesario al hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. El sabe ahora que, como un gitano, está al margen del Universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes (5)». «La antigua alianza está ya rota; el hombre sabe, al fin, que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte (6) .»

 La tesis de Monod fue fácilmente rebatida por filósofos y científicos, pero en el ambiente quedó flotando, al menos, la duda y el escepticismo. ¿No será que efectivamente estamos solos y perdidos en el Cosmos y que, por lo mismo, nada es bueno y nada es malo, nada es verdad y nada es mentira, que nacemos sin motivo y morimos para volver al polvo?

EL MARXISMO

Después de la segunda guerra mundial alcanzó el Marxismo su máxima difusión y constituyó para muchos una esperanza. El caos bélico había sido provocado por los fascismos, alentados en sus raíces por movimientos capitalistas. El Marxismo era exactamente la antítesis del fascismo y del capitalismo. Prometía además una sociedad sin clases, y sin propiedad privada, por ello sin desigualdades ni privilegios, una sociedad en la que todos trabajarían para todos y todos disfrutarían de todo. En una sociedad con todas las necesidades materiales satisfechas, el hombre podría vivir feliz y consiguientemente ya no sería víctima de ninguna alienación. Al desaparecer la alienación económica desaparecerían la alienación social, la política, la ideológica y, naturalmente, también la religiosa. Un hombre feliz no necesita de Dios ni de su mentiroso consuelo. «El hombre es el único dios del hombre» había escrito Feuerbach. Y Marx en los Manuscritos de 1844 insiste en que «toda la Historia universal no es otra cosa que la producción del hombre por el trabajo humano, el devenir de la Naturaleza para el hombre tiene así la prueba evidente, irrefutable de su nacimiento de sí mismo (7).»

 He aquí una filosofía transida de optimismo. El hombre hace al hombre con su trabajo y al paso del tiempo; la Humanidad progresa infaliblemente hacia una sociedad sin clases, perfecta y feliz, en la que cada uno, libremente, «trabajará según sus capacidades y recibirá según sus necesidades (8).»

 Pero al reflexionar sobre el proyecto marxista uno no puede menos de recordar aquella experiencia vital que Tolstoi narra en su Autobiografía: «En medio de las reflexiones sobre la Economía a las que me he dedicado en este tiempo, de pronto me ha asaltado la siguiente pregunta; Bien, vas a ser dueño de seis mil mañanas y de trescientos caballos… y después, ¿qué?… Y me quedé atónito y no podía seguir. Dicho de otra manera, la pregunta sería así: ¿Para qué vivo?, ¿qué es lo que ansío?, ¿para qué me afano? Y todavía se puede formular de otros modos: ¿Tiene mi vida un sentido que no se vaya a pique inevitablemente tragado por la muerte que me aguarda?»

 Ante la tremenda interrogación de la muerte, Marx contesta que «la muerte parece ser una dura victoria del género sobre el  individuo y contradecir la unidad de ambos; pero el individuo determinado es sólo un ser genérico determinado y, en cuanto tal, mortal (9).», que en términos más claros significa: No importa que el individuo muera porque permanece y progresa el género humano. ¿Es esa una solución al problema del sentido personal de la vida? ¿O es un pobre y vacío consuelo? ¿No es más consecuente con el pensamiento del marxismo, lo que escribe un filósofo comunista yugoslavo B. Bosnjak: «¿Para qué ha nacido el hombre? La única respuesta es: Para nada (10).»

 El aparente optimismo marxista se invierte en un negro pesimismo. Si yo me voy a hundir en el vacío, ¿de qué me sirve que la especie humana de mil años después vaya a ser feliz?

 Tanto más que hoy ya no hay persona medianamente culta, ni siquiera en los países marxistas, que crea en el advenimiento del soñado Paraíso Comunista. Esa ilusión que alucinó otrora a tantas mentes y a tantos corazones, ha pasado al basurero de la Historia.

 Sin embargo, el Marxismo ha dejado también un profundo impacto: La persuasión de la inmanencia, es decir, la persuasión de que la ciudad de los hombres, nos la tenemos que hacer los hombres. Ningún otro ser viene en nuestra ayuda porque —es frase de un marxista español— «el mundo no tiene alternativa (11)», nos lo tenemos que hacer nosotros solos. En algunas ocasiones he llamado a esta actitud, «el complejo de Babel», es decir, el proyecto de una sociedad sólo de hombres en la que no  hay sitio para Dios. Pero Babel ha quedado en proverbio para designar la confusión y el fracaso.

 Los marxistas independientes no se quedan tranquilos en Babel. Leszek Kolakowski, marxista polaco, escribe en su libro El hombre sin alternativa: «La pregunta acerca del sentido de la vida se ha convertido para nosotros en un grito, una pregunta que una vez planteada no puede olvidarse nunca (12).»

 Por algo Marx, al interlocutor imaginario que no se aquieta con que le aseguren que el hombre hace al hombre, sino que exige que le explique «quién ha engendrado al primer hombre y la Naturaleza, en general» le recomienda: «Prescinde de tu abstracción y así prescindirás de tu pregunta No pienses, no me preguntes, pues en cuanto piensas y preguntas pierde todo sentido tu abstracción del ser de la Naturaleza y del hombre (13).» Pero con reprimir la pregunta no se suprime el grito que desde lo más hondo de nuestro ser clama con angustia: ¿Yo, quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué tengo que hacer en la vida?, ¿por qué he venido a ella?

 FREUD

Como es sabido de todos, Sigmund Freud fue un médico judío vienés que vivió entre 1856 y 1939. Su descubrimiento más valioso fue sin duda la estructura de la personalidad, es decir, la realidad de los niveles psicológicos: Inconsciente, sub consciente, conciencia y superyo. Pero además de ese certero  análisis, Freud se pasó la vida estudiando las causas de los desequilibrios sicopatológicos, sea de las personas, sea de las sociedades. No sólo hay personas sino también enteras sociedades neuróticas. El hombre es un ser de pulsiones, en último término de origen libidinoso. Si esas pulsiones se reprimen por motivos morales, sociales, culturales, etc., se produce o bien la sublimación de la tendencia hacia lo religioso, lo artístico, etc., o bien el desequilibrio sicológico. La religión no sería, pues, sino la sublimación de una tendencia libidinosa reprimida, en última instancia una neurosis de la Humanidad. Los dioses son creaciones de las pulsiones síquicas del hombre reprimidas que buscan salidas falsas. En el trasfondos religioso siempre está la imagen admirada y temida del padre, sobre todo en aquellos que no resolvieron a tiempo el complejo de Edipo.

 Freud se propone desalojar de su pedestal a todos los dioses. Lo que la religión ha construido la ciencia debe reconstruirlo. Freud resume su intento con esta proposición: «Donde estuvo “el ello” debe estar el “Yo”», que quiere decir: El sitio que ocupaba lo irracional, lo neurótico, debe ocuparlo lo racional. La religión es así una ilusión sin porvenir. Será reemplazada por la razón. Ha prestado grandes servicios a la Humanidad pero no ha dado la felicidad a los hombres. El hombre debe pasar ya, con decisión, los umbrales infantiles y entrar en la edad racional y científica, esforzarse por dominar el mundo y resignarse ante su condición mortal. Es la única actitud digna del hombre.

 Freud ha tenido miles de discípulos que, convertidos en maestros, han enseñado generación tras generación, a lo largo y lo ancho del mundo capitalista, que toda represión del instinto sexual es perjudicial porque produce neurosis personales y colectivas y, en último término, lo que Freud llamó «el malestar de la cultura». Porque se ha dicho que toda represión es perjudicial, hemos llegado a una sociedad en la que bien poco represión sexual existe. Pienso en Suecia, en Noruega, en Dinamarca, en Inglaterra, en Italia, en EE. UU, y… en España.

 Pero ahora nos encontramos con que en estas sociedades del placer sin esperanza, proliferan más que nunca las neurosis depresivas, los suicidios, las trágicas evasiones hacia la droga y hacia la sexomanía, y que curiosamente renace lo que creíamos enterrado para siempre, la astrología, la magia, el ocultismo, el Hara-Krisna. En una palabra, otro malestar de la cultura mayor que en el anterior. Un pensador nada mojigato, Hans Küng, escribe: «No; la neurosis característica de nuestro tiempo no es ya la represión de la sexualidad y de la culpa sino la falta de orientación, la ausencia de normas, la falta de significado, la falta de sentido, el vacío y por tanto la represión de la moralidad y la religiosidad […] La evolución general —incluido el problema de la propensión de la juventud intelectual hacia ideologías cuasirreligiosas e incluso hacia el anarquismo terrorista— depende, en gran medida, del abandono de las convicciones y ritos religiosos (14). » En la primavera pasada un escritor español, Antonio Escohotado, en un artículo de El País diagnosticaba también: «Jamás, hubo una proporción parecida de personas con diagnóstico de demencia (15).»

 Es decir que una vida humana orientada hacia el placer acaba también en la angustia porque el placer es triste. Las estadísticas de los sanatorios psiquiátricos arrojan un alto porcentaje de profundos desequilibrios sicopatológicos debidos a la falta de dominio sobre la sexualidad.

 LA FILOSOFÍA NEOPOSITIVISTA

Hacia los años sesenta, en la Europa occidental se había retirado del escenario la Filosofía existencialista. Reconstruida materialmente Europa, comenzó a disfrutar de los bienes de consumo que se producían de manera ascendente y asequible para casi todos, gracias a la energía barata y al desarrollo industrial. Fueron los tiempos de la explosión turística, de la creación de puestos de trabajo, de la emigración del campo hacia las grandes urbes, etc.

 Marx había profetizado que el Capitalismo, por su propia dinámica, se derrumbaría porque el Capital se acumularía cada vez en menos manos y el creciente número de desposeídos exigiría el paso cualitativo a la sociedad sin propiedad privada. Pero he aquí que sucedía todo lo contrario. Las clases proletarias empezaron a ser clases pequeño-burguesas y el confort y la seguridad material se hicieron posibles para todos.

Tuvo éxito entonces la Filosofía neopositivista. Venía a decir que era mejor olvidarse de las grandes preocupaciones y de los grandes principios metafísicos e ideales y atenerse únicamente a las proposiciones verificables por la experiencia sensible. Sólo estas proposiciones tienen sentido, es decir, sirven para orientarse en la vida. Las proposiciones metafísicas pretenden hablar de realidades últimas que no alcanzamos por los sentidos; pero «de lo que no se puede hablar, mejor es callar», escribe Wittgenstein.

 Era pues la Filosofía neopositivista —que tuvo y tiene muchos adeptos en España— una Filosofía escéptica y por lo mismo cómoda y burguesa. Liberaba al hombre de compromisos definitivos y de riesgos y le invitaba a «instalarse en la finitud» «una instalación del hombre en el mundo que coincida absolutamente con las exigencias de la especie (16).»

Enrique Tierno Galván, de quien son las últimas frases que acabo de leer, y que fue uno de los introductores del Neopositivismo en España «para corregir —dice-— la tendencia que tenemos los españoles a vivir de principios absolutos», invitaba a los hombres a «no echar de menos a Dios». Porque el positivista es agnóstico y dice «yo vivo perfectamente en la finitud y no necesito más», «ser agnóstico es no echar de menos a Dios […] El agnóstico no entiende la necesidad de una realidad trascendente […]. En este sentido, el agnóstico está perfecto en la finitud […].  Estar perfectamente en la finitud significa que se aceptan todas y cada una de las posibilidades de ésta, incluso lo que interpretamos como imperfecciones, pues precisamente aceptar lo imperfecto forma parte de la instalación perfecta en lo infinito (17).»

El profesor Tierno Galván nos exhortaba pues, a vivir a gusto en esta vida, a aceptarla sin preocupaciones de futuro porque «cualquier insatisfacción de lo finito en cuanto tal, es enfermiza (18)». Con lo cual declaraba enfermos mentales a todos los que no podremos aquietamos nunca con la finitud de este mundo, desde Platón y San Agustín hasta Unamuno o cualquiera de nosotros.

¿Y la muerte? Responde: «El agnóstico acepta el perecimiento como acepta la vida y la lucha por la vida, es decir, como condiciones de la finitud en la que hay que instalarse perfectamente (19).»

Esta actitud del marxista y neopositivista Tierno Galván pudo ser sincera en él, pero sospecho que es hipócrita en casi todos los demás. Casi nadie puede liberarse sinceramente de los gritos humanos de Unamuno: «Tiemblo ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne.» «No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo. Quiero vivir siempre, siempre, siempre.» «En una palabra que con razón, o sin razón, o contra ella no me da la gana de morirme, y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, me habré dejado morir sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida: Se me destituirá de ella.» Y es que el problema es más profundo de lo que dicen los Neopositivistas. El mismo Unamuno lo expresaba así: «Si morimos del todo, ¿para qué todo? (20).» He ahí el inevitable sentimiento trágico de la vida ante el cual resulta sarcástico que se nos aconseje instalarnos pacíficamente en la finitud.

[Ya que he citado a nuestro Miguel de Unamuno, permítanme que les lea una de sus poesías en la que con insuperable sinceridad y belleza lírica expresa la angustia del que no sabe hay un más allá: Muere en el mar el ave que voló del buque]

Me duelen las alas, rendidas del vuelo,
el pecho me duele; arriba está el cielo
y abajo está el mar.

No veo ya el buque ¿por qué de él saliera
creyendo a la isla de paz duradera
poder arribar?

El cielo callado no ofrece ni rama
que pueda tenerme y fiero el mar brama;
¿por qué te dejé?

Ni en aire ni en agua posible es posarme;
las alas me duelen; el mar va a tragarme
¡y muero de sed!

Las alas me duelen, la sed me enardece;
ya casi no veo; la Esfinge me ofrece
sus aguas sin fin.

Y el canto de cuna, me canta la tumba
y espera cantando que pronto sucumba;
tragarme ella en sí.

Volando, volando, no encuentro un islote,
ni un tronco perdido; y el viento es mi azote;
no puedo posar.

Las olas traidoras, sus crestas me brindan
que fingen peñascos, que tal vez me rindan,
me logren tragar.

Son olas traidoras, del cielo las crestas,
pedrisco tan sólo soportan a cuestas,
en su cerrazón.

Nos mienten sus flancos; les falta sustento;
en ellos no puedo, posada un momento,
cobrar corazón.

Aire sólo arriba, sólo agua debajo,
yo sólo mis alas, ¡qué recio trabajo
éste de volar!

¿Por qué, oh dulce buque, dejé tu cubierta,
volando a la patria, que encuentra desierta,
de la inmensidad?

Mi buque velero, soñé en tus cordajes
del bosque nativo los dulces follajes,
el nido de amor.

Tus velas me dieron su sombra y su abrigo,
dejé tu cubierta, ¡qué duro castigo
me aguarda. Señor!

Me duelen las alas, ¡ay! me duele el pecho,
y terribles ganas —abajo está el lecho—
siento de dormir;

de dormir el sueño de que no se vuelve;
mi encrespada cama ¡cómo se revuelve!
¿qué será de mí?

Ahora, mar encima, cielo abajo veo
todo ha dado vuelta, menos mi deseo,
¡fuerza me es volar!

Sobre mí el océano siento se embravece,
a mis pies el cielo tiéndese y me ofrece
su seno de paz.

Sobre mi cabeza ruedan ya las olas,
ved que ye me muero, que me muero a solas,
¡sin consolación!

¡Oh, qué hermoso cielo veo en el abismo!
¿si será aquel cielo? ¿si será éste el mismo?
¿si será ilusión?

Va el cielo a tragarme; ¿es que subo o caigo?
¿es que me desprendo, o es que prendo arraigo?
¿es esto morir?

¿Dónde está el abajo? ¿Dónde está el arriba?
¿es que estoy ya muerta? ¿es que estoy aún viva?
¿es esto vivir?

¡Oh, ya no me duelen, ved, sobre ellas floto,
la cabeza hundida, y en el pecho roto
me entra entero el mar!

Voy en él durmiendo, voy en él soñando,
voy en él en sueños volando, volando,
sin jamás parar.

DIAGNÓSTICO DE UNA SOCIEDAD SECULARIZADA

Podríamos seguir enumerando pensadores y pensares en pro y en contra de la vida con o sin esperanza (21). Pero basten los ya recordados y que son, por lo demás, algunos de los maestros más influyentes en el rápido proceso de secularización de nuestras sociedades

Lo cierto es que hemos llegado en estas sociedades a una situación ambivalente: En las apariencias externas, el desarrollo progresivo y avasallador del bienestar material con todo lo que lleva consigo: Dinero, turismo, refrigeración o calefacción, televisión, automóvil, etc. Bajo esas apariencias, una angustia profunda, la sensación muy extendida de que la vida humana carece de sentido y que por eso no merece la pena vivirla ni con entusiasmo, ni con esperanza porque no hay esperanza. La inscripción que Dante encontró a la puerta del infierno. «Dejad toda esperanza los que entráis» la colocarían muchos a las puertas de la vida, en el corazón del niño que nace.

Los filósofos que anticipan eso que se llama Posmodernidad, como Gianni Vattimo, creen que la época en la que ya estamos entrando, será de una «ontología débil» y de un «pensamiento débil», es decir, una época sin verdades ni valores, no quedan más que colores cambiantes, un errar incierto, inciertos vagabundeos. El mundo verdadero se ha convertido en una fábula una continuidad histórica sin relación alguna con un verdadero fundamento ni con una verdad fundamental.

Un psiquiatra judío austriaco, Viktor Frankl, prisionero un tiempo en los campos de concentración de los nazis, fundador después de la Tercera escuela sicoterapéutica de Viena, ha diagnosticado acertadamente que la causa primera y principal de los innumerables desequilibrios sicopatológicos de nuestras sociedades actuales no es la represión sexual —como quería Freud— ni el complejo de inferioridad como defendió Adler, sino «un abismal complejo de falta de sentido acompañado de un sentimiento de vacío existencial (22).» Ha creado la escuela llamada de la Logoterapia, para ver de dar a la vida de los hombres un sentido que les libre de la angustia o de la desesperación y de todas sus dramáticas consecuencias.

Es decir, que cuando eso que llamamos la Modernidad alcanza su cota más alta de racionalismo, de tecnicismo, de industrialización, de confort para todos, de abundancia y opulencia, ahora sucede que los hombres no saben para qué viven, y al perder la fe en el más allá y por consiguiente la esperanza, caen en la desesperanza tan próxima a la desesperación, o experimentan, como no puede ser menos, la tristeza. Las sociedades capitalistas y las marxistas son sociedades tristes. Buscan el  placer y lo obtienen pero carecen de alegría porque placer y alegría son cosas muy distintas. Una sociedad que no quiere niños es una sociedad triste aunque abunde en confort y bienestar. Una familia en la que entre un coche y un niño se elige el coche y se evita o se elimina al hijo, será una familia en la que habrá placer pero no alegría.

«El Movimiento de la Ilustración, en su sentido más pleno del pensamiento en progreso, ha tenido siempre por fin liberar a los hombres del miedo y hacerles soberanos. Pero la Tierra enteramente ilustrada, se encuentra hoy bajo el signo de las calamidades triunfantes por doquiera.» Estas palabras son de dos ateos, Teodoro Adorno y Max Horkheimer, fundadores de la llamada Escuela crítica de Frankfurt (23)

Desde otro ángulo muy distinto, escribe el Cardenal Ratzinger: «La pérdida de la trascendencia provoca la fuga hacia la utopía. Estoy convencido de que la destrucción de la trascendencia es la mutilación radical del hombre de la que brotan todas sus frustraciones. Privado de su verdadera grandeza no puede menos de intentar una fuga hacia esperanzas que son ilusorias (24).»

CONCLUSIÓN

Pues bien esta realidad, en sí dolorosa y oscura, es sin embargo, esperanzadora para nosotros. Si el Papa hace referencia en casi todos sus documentos a la cercanía del Tercer Milenio cristiano, entiendo que es porque otea la posibilidad de una aurora esperanzada y de un vigoroso renacimiento cristiano como única salida para el marasmo en que se encuentra la Humanidad. Lo ha llamado «un nuevo Adviento (25).» Cuando la razón, convertida en instrumento al servicio del Poder y del dinero se ha demostrado incapaz de crear un mundo humano, cuando la técnica domina la Naturaleza pero no la pone al servicio del Bien Común, cuando el eclipse de lo sagrado ha oscurecido los valores morales y se han borrado las fronteras entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, cuando, en suma, la mala secularización está llegando a su zenit y lo trasciende todo, es cuando más evidente se está haciendo que una sociedad que como Babel se construye sin Dios acaba por construirse contra el hombre.

André Malranx decía que «el siglo XXI será religioso o no será».

Luigi Giussani ha escrito que el Cristianismo es, ante todo, una pasión por el hombre. Es nuestra tarea: Decir apasionadamente a los hombres que merece la pena vivir y luchar; darles una fundada esperanza para que amen la vida porque el hombre que no tiene esperanza ya no vive, está muerto. Sólo que una esperanza definitiva y plena de la vida sólo puede  conferirle Aquel que dijo «Yo soy la resurección y la vida» (Jn. 11, 25). Como cristianos tenemos que amar a todos los hombres, pero amar a otro es decirle: Tú no morirás.

 CARLOS MARÍA VALVERDE
Separata de «Creo en la vida espiritual». XIV Semana de Teología Espiritual. (Toledo, julio 1988).Carlos Mª. Valverde, profesor de la Facultad de Filosofía en Comillas (Madrid)

Ser y Tiempo, trad. de José Gaos, México 1971, n.0 48.

2 La Náusea, Buenos Aires 1969, pp. 145-146.

3 Ver su obra de teatro Huis clos.

4 Jacques Monod, El azar y la necesidad, Barcelona 1971, p. 160.

5 Op. cit., p. 186.

6 Op. cit„ p, 193,

7 Karl Max, Manuscritos, Economía y Filosofía, Madrid 1968, p. 155

8 Karl Max, Crítica al programa de Gotha, Madrid 1968, p. 24.

Manuscritos, Madrid 1968, p. 17.

10 Christentum und Marxismus, Frankfurt, p. 117,

11 Enrique Tierno Galván, Qué es un ser agnóstico, Madrid 1975, p. 53.

12 Der Mensch ohne Alternativ, München 1964, p. 207.

13 Manuscritos, Madrid 1968, p. 155.

14 Hans Küng, ¿Existe Dios?, Madrid 1979, pp. 442443.

15 El País, 7 abril 1988.

16 Enrique Tierno Galván, ¿Qué es ser agnóstico?, Madrid, 1975, p. 78

17 Op. cit., pp. 16-18.

18 Op. cit., p. 51.

19 Op, cit., p. 85.

20 Citas tomadas de, Del sentimiento trágico de la vida, passim.

21 Ver, por ejemplo, H. Marcuse, K. Popper, M. Horkhimer, A la búsqueda de sentido, Salamanca 1976; Th. Adorno, M, Horkheimer, Dialéctica del Iluminismo, Buenos Aires 1971; Jean Lyotard, La condición posmoderna; G. Vattimo, El fin de la Modernidad, Barcelona 1986.

22 Viktor Frankl, Ante el vacío existencial, Barcelona 1980, p. 9.

23 Theodor Adomo-Max Horkheimer, Dialektik der Aufklárung, Amsterdam 1947, p, 13: Sobre el tema puede consultarse el artículo de José M.a Mardones, La crisis de la Modernidad como crisis de la conciencia religiosa, Estudios de Deusto, 321 (1984), pp. 225-242

24 card. Ratzinger, Iglesia, Ecumenismo y Política, Madrid 1987, p.231.

25 Encíclica Redemptor hominis, nº. 1.

 

Wandervögel: la juventud errante

La juventud germana está descubriendo la sabiduría de Oriente, atacando al materialismo, alabando la espontaneidad, retornando comunalmente al campo, y vituperando la política […]. He tenido el privilegio de caminar con la juventud de otro mundo […]. Con su espíritu, el antiguo cielo y la vieja tierra —de sospecha y egoísmo y odio— quedarán atrás.

De esta forma describía Stanley High el movimiento juvenil surgido en la Alemania Guillermina anterior a la Gran Guerra. En el seno de una sociedad cada vez más industrializada, la necesidad de volver a los orígenes se hizo patente en los espíritus más jóvenes y apasionados.

La hipocresía del mundo burgués, la sensación de desapego a la naturaleza y de servidumbre a lo material y el creciente desinterés por las cosas del espíritu propiciaron el nacimiento de movimientos contraculturales de ruptura con la nueva época social. Uno de ellos fue el movimiento juvenil Wandervögel (Aves Errantes), coetáneo del modernismo de Rubén Darío que, a diferencia de este, surge sin una verdadera intención de impulsar un cambio social. Nacido en la Alemania imperial de finales del siglo XIX, el auge de este grupo de pioneros scouts podría considerarse el precursor del ‘hippismo’ de los 60.

La ciudad había cumplido su objetivo, según Marquina. Consiguió despertar en parte de la juventud alemana el deseo de volver al campo. Así nace en 1896 el movimiento Wandervögel, establecido oficialmente en 1901 de la mano del profesor Karl Fisher, discípulo del botánico Hermann Hoffmann. Con ciertos toques nacionalistas y sin renunciar al aire de grandeza atávica que desprendía la Alemania teutónica, Fisher pronto transmitió a su círculo el espíritu de aventura y el amor por la libertad, la naturaleza y el folclore. Los jóvenes Wandervögel desarrollaron un movimiento contestatario contra la superficialidad burguesa, la moda o el abuso del alcohol y el tabaco, síntomas de decadencia moderna. Se retiraron a las afueras, desarrollaron su propio código de vestimenta, destilaron conductas pacifistas y cantaron con sus guitarras.

Este grupo de adolescentes apuntaban, según el historiador británico Peter Stachura, «a afirmar el anhelo juvenil de ser reconocidos como una entidad en sí misma, y de hallar la forma de despertar un sentimiento de determinación en una sociedad que sentían como demasiado rigurosa, compleja y materialista». Los Wandervögel, afirma el autor, «canalizaban su protesta mediante una confusa forma de escapismo romántico que añoraba un retorno a las simplicidades de una naturaleza no adulterada y a una vida agreste no complicada». Los jóvenes errantes preferían la pasión a la razón y el hedonismo a la jerarquía. Stanley High expresa: «Nada tan claramente detestado como la imposición de una autoridad convencional y nada tan amado como la naturaleza».

De sí mismos, los Wandervögel decían «volar desde los confines de la escuela y la ciudad a un mundo abierto, alejado de los deberes académicos y la disciplina de la vida cotidiana en una atmósfera de aventura».

La mitología, el arte y la historia cobraron gran importancia dentro del movimiento, que llegó a establecer sus campamentos o ‘nidos’ en castillos abandonados. Incluso la propia denominación encierra un profundo carácter simbólico. Fue Otto Roquette, autor y filólogo germano, quien inspiró con uno de sus poemas el nombre de los Wandervögel:

Ihr Wandervögel in der Luft, / im Ätherglanz, im Sonnenduft / in blauen Himmelswellen, / euch grüß’ ich als Gesellen! / Ein Wandervogel bin ich auch / mich trägt ein frischer Lebenshauch, / und meines Sanges Gabe / ist meine liebste Habe.

Sus aves migratorias en el aire, / en el éter, en el sol / en ondas de cielo azul, / ¡Os saludo como compañeros! / También soy migrante / tengo una vida fresca, / y mi regalo de canto / es mi querida.

Asimismo los jóvenes dispusieron de su propia publicación, Schülerwarte (‘El observador escolar’), y el movimiento, lejos de establecerse en torno a unos cuantos adolescentes excéntricos e idealistas, contó con una poderosa influencia intelectual. Autores como Gusto Graser, artista y poeta alemán defensor de un modo de vida alternativo, resultaron determinantes en la creación del estilo contracultural de finales del s. XIX y principios del s. XX. Graser fue, a su vez, mentor de Hermann Hesse, quien sería recordado «como el eslabón entre la contracultura europea de su juventud y sus descendientes posteriores en América». Hesse se estableció la comuna del pequeño pueblo de Ascona buscando una cura a su alcoholismo donde, posiblemente, el ambiente espiritual que se respiraba influiría en obras como Siddharta o El lobo estepario.

Una vez más, Stachura recuerda: «El movimiento juvenil fue, a su manera, un microcosmos de la Alemania moderna. Pocos fueron los dirigentes políticos, e incluso menos los intelectuales, entre las generaciones nacidas entre 1890 y 1920, que no fueron alguna vez miembros del movimiento juvenil, ni influenciados por él en sus años más impresionantes». Los Wandervögel se extendieron rápidamente por toda Alemania, llegando hasta Praga y Viena y creando posteriormente réplicas en Japón.

Por otra parte y pese a reflejar las grandes preocupaciones intelectuales de la época, el movimiento trató de mantenerse siempre al margen de la política difundiendo consignas como: «Nuestra falta de propósito es nuestra fortaleza». Según el historiador británico, «al principio era de carácter no político, o más bien deseaba serlo, pero fue gradualmente atraído hacia una confrontación con las cuestiones dominantes de la época». Para otros autores como Walter Laqueur, este apoliticismo fue un fallo rotundo porque había dejado «un vacío peligroso presto para ser ocupado por el relativismo moral y el nihilismo». También John Gillis, historiador norteamericano, parece referirse de este modo al ocaso del movimiento: «La imagen de la dependencia y la inmadurez se convirtió gradualmente en el principio de funcionamiento de todos los organismos estatales y voluntarios que se ocupan de la educación y el cuidado de ese grupo de edad».

Ya durante la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes fueron movilizados y la comunidad comenzó a mostrar signos evidentes de debilidad escindiéndose en pequeños grupos, muchos de ellos fuertemente politizados. Además, la crisis económica de 1929 hizo que el estilo de vida errante propio de los Wandervögel se transformase en inevitable y medio millón de adolescentes se vieron obligados a vagar sin rumbo por el país. Así, cientos de muchachos comenzaron a mostrar comportamientos salvajes y conductas depravadas como el ejercicio de la prostitución o las frecuentes orgías y borracheras.

En 1932 Daniel Guerin, periodista francés de paso en Alemania, afirmó al encontrarse con una de estas bandas de adolescentes: «Parecían Wandervögel pero tenían los rostros afligidos y depravados de los rufianes y las más extrañas coberturas en sus cabezas: chaplinescos bombines negros o grises, sombreros de mujer mayor con las alas vueltas hacia arriba y adornadas con plumas de avestruz y medallas».

Un año después, tras el ascenso al poder del nazismo en 1933, el movimiento Wandervögel fue ilegalizado respondiendo a la voluntad de encuadrar a los jóvenes en una nueva organización: las Juventudes Hitlerianas. Muchos se adhirieron a éstas mientras que otros crearon grupos de oposición al III Reich.

Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un intento de recuperar el movimiento Wandervögel. En la actualidad sigue activo en algunas ciudades y cuenta con unos 5000 miembros, la mayoría en territorio alemán.

DIEGO MARTÍNEZ

Artículo publicado en Democresia.es el 26 noviembre de 2017

Japón o Seppuku

25 de noviembre de 1970, silencioso y oscuro, el último samurái japonés se disponía a encender una última llama de salvación social, política y espiritual a Japón. Portando un emblema japonés en la cinta de su frente y con cuatro de sus más fieles y entrenados mandos miembros de la sociedad paramilitar llamada ​“Tatenokai”​ (La Sociedad del Escudo) cuya misión simbólica era dar la vida por el Emperador. Mishima hace acto de presencia.

Se adentra en el Cuartel de Ichigaya, el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y tras amordazar a Kanetoshi Mashita, comandante en jefe del Ejército, forma barricadas en su despacho y se dirige hacia el balcón para lanzar un mensaje atronador a los soldados del ejército japonés que, a las afueras, contemplaban su acción.

Sin temor a la muerte ni a las consecuencias, estaba decidido a recuperar la soberanía y los valores de un pueblo inmerso en la podredumbre de lo moderno. Dirigido. Una especie de revancha de una Guerra en la cual no pudo participar por tuberculosis, y que quemaría poco a poco su espíritu.

Uniforme militar, firme mirada, a viva voz y como si un rayo de luz atravesara sus entrañas promulgó:

«¡Hemos visto a Japón emborracharse de prosperidad y caer en un vacío espiritual (…) hemos tenido que contemplar a los japoneses profanando su historia y sus tradiciones (…) el auténtico Japón es el verdadero espíritu del samurái (…) cuando vosotros (soldados) despertéis, Japón despertará con vosotros (…) Tras meditarlo serenamente a lo largo de cuatro años, he decidido sacrificarme por las antiguas y hermosas tradiciones del Japón, que desaparecen velozmente, día a día (…) El ejército siempre ha tratado bien al Tatenokai, ¿Por qué entonces mordemos la mano que nos ha tendido? Precisamente porque lo reverenciamos (…) ¡Salvemos al Japón, al Japón que amamos!»

Nadie le escuchó y Mishima humillado, entró de nuevo en el cuartel y meticulosamente, comenzó con el código tradicional y ritual de suicidio “​Sepukku”​. A sus 45 años un genio de la literatura contemporánea caía en las sombras, para siempre.

Su muerte fue la abdicación del Japón Antiguo e ilustres de la literatura acudieron a su entierro. Entre ellos su mentor y premio nobel Yasunari Kawabata.

Entre sus obras más destacadas está su autobiográfica ​“​Confesiones de una Máscara”. Sed de amor” (1950), “Color prohibido” (1954), “El pabellón de oro” (1956), “El marinero que perdió la gracia del mar” (1963), y su tetralogía “El mar de la fertilidad” (1970) en la que se incluyen “Nieve de primavera”, “Caballos desbocados”, “El templo de alba”, “La corrupción de un ángel”, “El rumor del oleaje” (1956), “Después del banquete” (1960), “Música” y “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”.

Obras teatrales como “La marquesa de Sade” (1965) y su cortometraje “Yokoku”, llegando a representar en el su propio suicidio.

Consiguió el Premio Shincho, el Premio Kishida por Drama, el Premio Yomiuri a la mejor novela, y el Premio Yomiuri por el mejor drama. Siendo candidato al Premio Nobel de Literatura en varias ocasiones.

Una estancia en este mundo marcada por el tormento paulatino y la necesidad de exponer al mundo su visión de la vida de forma artística, la cual nos enseña cómo la decadente sociedad posguerra mundial corrompe los espíritus. Haciendo mella en aquellos que aún conservan los valores antiguos y llevándolos como última opción, al igual que su mentor Kawabata entre otros muchos héroes, a una victoria honrosa y un merecido descanso. La muerte.

@kimitakhiraoka