  1. [Inicio](/) /
2. [Archivos](/archivos) /
3. Richard Vinen: «Aunque cueste aceptarlo, Churchill y De Gaulle tienen bastantes puntos en común con Trump»
 
 Richard Vinen: «Aunque cueste aceptarlo, Churchill y De Gaulle tienen bastantes puntos en común con Trump»
==========================================================================================================

 

    ![Churchill y De Gaulle pasan revista a las tropas francesas en Marrakech, Marruecos, en enero de 1944.](/sites/default/files/styles/max_1300x1300/public/2026-11/Winston_Churchill_with_General_de_Gaulle_during_an_inspection_of_French_troops_at_Marrakesh_in_Morocco%2C_January_1944._TR1505.jpg.avif?itok=sjHfNi7R "Churchill y De Gaulle pasan revista a las tropas francesas en Marrakech, en enero de 1944.") 

 Churchill y De Gaulle pasan revista a las tropas francesas en Marrakech, en enero de 1944.  

 

 

 

  Noviembre 6, 2026 38 minutos de lectura Resulta harto difícil mantener una imparcial compostura cuando se entrevista a un historiador a propósito de un personaje, **Charles de Gaulle,** al que uno admira –y al que, o mucho me equivoco, o el mismo autor también profesa una cierta veneración, que no consigue disimular del todo pese a sus convicciones liberales y pese al intachable rigor historiográfico del texto.

Porque, tras leer el relato bicéfalo o bifronte que traza **Richard Vinen** (Birmingham, Reino Unido, 1963) en *Los últimos titanes: Churchill y De Gaulle* (Crítica, 2025), a uno le queda la sensación de que el retrato moral que se perfila del francés es sensiblemente más benevolente que el del británico. Si bien el autor reconoce que ambos líderes fueron «grandes actores» (en los dos sentidos del término) adornados con incuestionables cualidades, siendo la principal una «energía maníaca y una jovialidad juvenill» mediante la cual lograron transmitir a unos pueblos desmoralizados un «optimismo revitalizante» que eran «justo lo que su país necesitaba». En tanto que tal, cabría entenderlos como el canto del cisne de los *Gullivers* políticos; después de ellos, *le déluge*: advino lo que José Antonio Primo de Rivera llamara «la hora de los enanos».

Sentado lo anterior, el libro que tenemos entre manos no sigue ni por asomo la estela de las hagiografías que han cebado la leyenda de estos dos hombres eximios (algunas de ellas maravillosas, por lo demás, como las de **François Mauriac** o **André Malraux** sobre el General). El profesor del King’s College de Londres ha parido un intachable ejercicio comparativo que no vacila en cotejar el aura que envuelve el culto tributado a ambos personajes con su sustento fáctico a fin de desmitificarlos, recordando que no siempre su realidad correspondió a la imagen de grandilocuencia y el sentido teatral que se afanaron por proyectar. Sin ir más lejos, las páginas de *Los últimos titanes* devuelven una semblanza del último De Gaulle como la de un San Jorge «sin dragones a los que matar».

Tal es uno de los instructivos precipitados interpretativos del libro: personajes históricos como **Churchill** y **De Gaulle** son hombres «para los tiempos extraordinarios», tribunos prodivenciales entronizados en el pedestal de su carisma de jefes militares en tiempos de guerra, cuando la política estaba en suspenso; pero que, por lo mismo, encuentran más dificultades cuando se trata de la intendencia gestora cotidiana. Y por eso estas vidas paralelas (que por momentos no lo fueron tanto) están teñidas de la inefable melancolía que, en el otoño de sus días, se cernió sobre quienes, pese a haber ejercido de astro rey en torno al cual orbitó la política de sus respectivas naciones durante décadas, hubieron de encajar el agrio desdén posbélico de unas nuevas generaciones ingratas.

El desvelamiento practicado no implica, empero, que estos titanes carecieran de una dimensión innegablemente mitológica sobre la que cimentaron su grandeza: tratar sus vidas como una «creación literaria» es obligado para entender una influencia tutelar que llega hasta nuestros días (sin olvidar que, no obstante, sus figuras recabaron más consenso después de muertos sus protagonistas que en vida). Al trasluz de esta época vulgar de campechanía y zafiedad, cobran aún más estatura los héroes que, como Churchill y De Gaulle, cultivaron un aura de misterio, que edificaron su atractivo mediante una distancia seductora, a través de la mística de un poder que les ungió para actuar «como un tónico sobresaliente» y ejercer sobre sus países «un efecto mágico».

Richard Vinen nos recibe en las instalaciones de la **Fundación Areces**, a cuya gentileza debe [**LA CONTROVERSIA** ](https://LACONTROVERSIA.COM)el extenso y distendido encuentro con el autor –y donde el autor pronunció a continuación una conferencia que puede encontrarse en [**YouTube**](https://www.youtube.com/watch?v=H2d41PxzZb4)–, para departir sobre la novela de la vida de dos ilusionistas que fueron los artífices de su propia imagen romántica y de la de todo un país.

**LA CONTROVERSIA: Al principio de su libro señala que durante gran parte del siglo XX, la historiografía académica estuvo dominada por un enfoque estructuralista que explicaba los acontecimientos a través de fuerzas impersonales y procesos institucionales, más que mediante figuras individuales. Sin embargo, usted traza la historia reciente de Gran Bretaña y Francia precisamente a través del prisma de dos vidas individuales, de dos biografías paralelas. ¿Refleja esto una rehabilitación más amplia de la biografía en el ámbito académico? ¿Quizás la teoría del «Gran Hombre» de Carlyle no estaba tan desencaminada al fin y al cabo?**

**Richard Vinen:** Hay dos formas de responder a esa pregunta. La primera es señalar que la técnica biográfica ha experimentado un notable regreso en los últimos años; no solo por mi parte, sino por todo tipo de historiadores, sobre todo en el Reino Unido. Por ejemplo, una obra como la biografía de Franco de Paul Preston es a todas luces fundamental.

La segunda es admitir que, si se piensa bien, el enfoque biográfico y el estructuralista no son en realidad del todo disociables. Figuras como Churchill y De Gaulle influyen en las estructuras en las que viven, pero a la vez están moldeadas por ellas. Son, en gran medida, producto de su cultura concreta, y el modo en que se les percibe también es fruto de esa cultura.

Hay un historiador francés con un libro célebre que supuso, a mi juicio, el inicio de una suerte de redescubrimiento de la biografía por parte de la Escuela de los Annales: *Luis XIV y veinte millones de franceses*. Supongo que mi libro aspira a ser un «Churchill, De Gaulle y 90 millones de franceses y británicos».

**En los últimos tiempos se ha dado en las redes sociales un notable auge de cuentas de homenaje y memes dedicados a Charles de Gaulle. Medios como** ***The Economist*** **y** ***The Spectator*** **han levantado acta de un resurgimiento contemporáneo del «gaullismo**»**. Y ahora mismo se está pasando un díptico de películas en la cartelera francesa que sigue atrayendo a multitudes a las salas. ¿A qué cree que se debe esta renovada fascinación por De Gaulle en el clima político actual?**

Verá que suelo empezar todas mis respuestas con un «bueno, es complicado». Una respuesta cínica —que creo que al propio De Gaulle le habría gustado bastante, pues a veces era un hombre cínico— es que la película en cuestión, en realidad, no estaba teniendo mucho éxito, ¡pero vino una ola de calor y todo el mundo fue al cine buscando aire acondicionado!

Ahora en serio, creo que la cinta también refleja una fascinación más amplia por De Gaulle. Se trata de un interés particular y bastante curioso: el filme se centra únicamente en el De Gaulle del periodo bélico, muy especialmente en el de 1940. Con ello, pasa por alto que De Gaulle fue presidente de Francia durante más de diez años; en muchos sentidos, la etapa verdaderamente crucial de su trayectoria fueron los años sesenta.

**En efecto, como usted señala en el libro, lo más trascendental de De Gaulle no es en realidad el liderazgo de la Resistencia francesa por el que ha pasado a la memoria colectiva, sino que ocurre en realidad después de la Segunda Guerra Mundial.**

Creo que De Gaulle encarnó con exactitud lo que a Churchill le habría gustado ser y no fue: un gran líder en tiempos de paz y el hombre que reconstruye su país. A De Gaulle, de hecho, no le agradaba demasiado que le recordaran por el año 1940 en particular. Se suele hablar de 1940 como el gran momento heroico del gaullismo, pero para él representaba dolor y humillación. La última visita al extranjero que hizo De Gaulle fue precisamente a España, en junio de 1970...

> Creo que **De Gaulle** encarnó con exactitud lo que a **Churchill** le habría gustado ser y no fue: un **gran líder en tiempos de paz** y el hombre que **reconstruye su país.**

**A visitar al general Franco.**

Y vino en parte porque, al igual que Churchill, sentía cierta admiración por Franco —algo que quizá resulte incómodo de decir hoy en día—. Pero también vino porque prefería estar fuera de Francia el 18 de junio, fecha del aniversario de su célebre llamamiento a la resistencia. Para él no era un recuerdo grato, ya que marcaba el instante en que Francia había sido derrotada.

Por eso, creo que hoy se presta una atención algo distorsionada hacia el De Gaulle de la guerra, en detrimento del De Gaulle de los tiempos de paz. La película es interesante, pero desfigura su perfil en muchos aspectos. Por ejemplo, muestra a Georges Bidault como líder de la Resistencia, pero omite que, para los años sesenta, Bidault vivía en el exilio político por haberse opuesto a De Gaulle con tal virulencia que llegó a vincularse a una organización que intentó asesinar al presidente. De este modo, se diluyen todo tipo de complejidades.

En términos más generales, creo que la fascinación por De Gaulle viene de lejos, en parte porque nos atraen las figuras que aparentan sencillez o que parecen guiarse por una brújula moral clara e inequívoca. Pienso que esto comenzó ya en los años de Mitterrand: en gran medida se admiraba a De Gaulle por ser la antítesis de Mitterrand, quien era un personaje complejo, sinuoso y a veces deshonesto, mientras que De Gaulle parecía la rectitud personificada. Probablemente sea una distorsión, pues De Gaulle sabía jugar al póquer cuando convenía; pero también se debe a que el De Gaulle refugiado en Londres podía presentarse como alguien simple al no tener que lidiar con las complejidades de la Francia metropolitana. Es la visión británica de De Gaulle, y en gran medida la visión antifascista.

Con Churchill ocurre algo similar: tendemos a recordarlo como el hombre de 1940. Desde luego, es fundamental tenerlo presente; prescindir de 1940 sería como escribir una biografía de Cristo sin la resurrección: es el hito definitorio de su existencia. Además, es la forma más sencilla de retratar a ambos, pues su condición de figuras antinazis suscita una admiración unánime. Sin embargo, hay muchos episodios en la trayectoria de De Gaulle —y quizá más aún en la de Churchill— mucho más cuestionables, ambiguos y perturbadores para la sensibilidad actual. Por eso creo que a De Gaulle se le admira enormemente, pero a menudo despojándolo de buena parte de su verdadera dimensión.

**Podría argumentarse que la doctrina geopolítica que acabó imponiéndose en la posguerra fue la de Churchill y no la de De Gaulle: es decir, la integración de Europa Occidental bajo el paraguas militar y económico estadounidense, frente a la visión gaullista de una autonomía estratégica europea. A la luz de la actual crisis geopolítica y de lo que muchos describen como el «retorno de la historia», ¿ha terminado el tiempo dándole la razón a De Gaulle?**

No del todo. En primer lugar, De Gaulle siempre fue más sutil de lo que se le reconoce. En ocasiones adoptó posturas proestadounidenses, como a finales de los años cuarenta, debido a su marcado anticomunismo. Siempre admitió el peso decisivo de Estados Unidos y comprendió, por ejemplo, que era el factor indispensable para ganar la Segunda Guerra Mundial. Aunque en 1966 retiró a Francia del mando integrado de la OTAN, jamás abandonó la Alianza Atlántica por completo. Hizo aquello precisamente sabiendo que la OTAN no corría peligro, porque en la práctica Estados Unidos no podía desentenderse de Europa.

Además, De Gaulle despertaba una profunda admiración entre los estadounidenses más lúcidos. Lyndon Johnson no asistió al funeral de Churchill. Al entierro de De Gaulle no acudió ningún mandatario extranjero porque fue un sepelio estrictamente familiar, pero Richard Nixon y Henry Kissinger viajaron a su funeral de Estado en París, y ambos eran devotos admiradores suyos. Por lo tanto, nunca rompió radicalmente con Estados Unidos.

Del mismo modo, su postura respecto a Europa era compleja: recelaba de la integración supranacional y prefería el romanticismo de la nación, pero era un consumado realista y entendía que Francia necesitaba esa integración comunitaria. Por eso jamás sacó a Francia de la Comunidad Europea, y dudo que lo hubiera hecho alguna vez.

De Gaulle pronunció un discurso sumamente elocuente en 1961, mientras preparaba a Francia para la salida de Argelia, es decir, para renunciar en cierto sentido a su imperio. Fue una alocución magnífica: evocaba el pasado, rememoraba su juventud, la flota francesa cuando aún navegaba a vela y la calidez de las lámparas de aceite. Y, de pronto, dando un golpe sobre la mesa, sentenció: «Pero eso se acabó; tenemos que vivir con las realidades». Creo que De Gaulle, mucho más que Churchill, supo asumir las realidades. Una vez más, se trata de una perspectiva bastante más compleja que los esquemas simplistas que suelen aplicarse a ambos.

> Creo que el mayor **mito** sobre **Churchill** es que era un **demócrata**

**Quisiera insistir en la dimensión del mito y la leyenda, que usted define como elementos consustanciales a la identidad política de ambos líderes. Su libro dista mucho de ser una hagiografía: en repetidas ocasiones se propone desmitificar esos relatos y separar la realidad histórica de la ficción romántica. Hacia el final, por ejemplo, apunta que tal vez De Gaulle —en consonancia con su visión determinista de la historia— fue más bien un mandatario encargado de ejecutar lo inevitable \[la adaptación de la Francia postimperial a la pérdida de su estatus hegemónico\], en lugar de alguien que transformara tantas cosas como suele creerse. Si tuviera que destacar solo uno, ¿cuál diría que es el mayor mito en torno a cada uno de ellos?**

Es una pregunta muy sugerente. Creo que el mayor mito sobre Churchill es que era un demócrata. Sin duda era un parlamentarista convencido de la Constitución británica, pero creció mucho antes de la implantación efectiva del sufragio universal. Creía, en cierto sentido, en el gobierno aristocrático o en un Parlamento dominado por miembros de una clase social selecta. La única vez que ganó unas elecciones generales como líder de su partido fue en 1951, que fueron los primeros comicios en Gran Bretaña con un sufragio universal pleno y auténtico (hasta entonces, ciertos colectivos contaban con voto plural). Ese me parece el mayor mito en torno a Churchill.

En cuanto a De Gaulle, creo que existen dos mitos muy extendidos entre los británicos: el primero, que encabezaba un gobierno en el exilio, algo que en 1940 no era así en absoluto, pues su posición resultaba infinitamente más débil. El segundo, que era general, cuando en el escalafón británico su rango equivalía a *brigadier* o general de brigada provisional. En 1940 era una figura totalmente secundaria.

No obstante, el mito más generalizado es el de su arrogancia, una impresión muy arraigada entre los británicos debido a que vetó nuestro ingreso en la Comunidad Europea en los años sesenta. Aunque suene paradójico, De Gaulle era en el fondo un hombre modesto. Su percepción íntima difería del personaje público; consideraba que Francia necesitaba al De Gaulle público. Ambos mandatarios, pero sobre todo él, comprendían que las naciones precisan mitos. Ahora bien, De Gaulle sabía distinguir entre el mito y el hombre ya viejo. Por eso, al dimitir definitivamente en 1969, regresó de buen grado a su casa de campo para volver a ser simplemente ese anciano y desprenderse del mito.

**Ahondando en esa faceta, usted recuerda que tanto Churchill como De Gaulle alcanzaron notoriedad primero como escritores. Como ilustra en el libro, forjaron en buena medida sus propias leyendas narrando el relato de sus vidas. Más allá de un mero afán de grandeza, sus logros políticos parecen guardar una profunda deuda con esa sensibilidad romántica: con su capacidad de insuflar a sus conciudadanos un mito nacional movilizador. Señala incluso que De Gaulle confiaba en que sus lectores percibieran su concepción de Francia «casi como un cuento de hadas**»**. ¿Hasta qué punto su forma de gobernar dependió de esa imaginación literaria?**

Dependió de ello en una enorme medida. Ambos vivieron una era de profunda transformación en los medios de comunicación. Churchill, en particular, se convirtió en figura pública antes de la consolidación de la radio, la televisión e incluso del cine, y la irrupción de estos medios transformó su vida. Ambos supieron dominar los nuevos formatos y fueron comunicadores radiofónicos extraordinarios. Sin embargo, su vínculo con la palabra impresa fue de una intensidad difícil de concebir hoy en día.

Ambos fueron lectores voraces, formados intelectualmente por sus lecturas, y ansiaban fervorosamente convertirse en grandes escritores. Y en muchos sentidos lo fueron. Su influencia caló en gran medida a través de sus obras.

![El historiador británico Richard Vinen, durante su conferencia en la Fundación Ramón Areces el pasado 24 de octubre](/sites/default/files/inline-images/Richard%20Vinen%2004_3.jpg)El historiador británico Richard Vinen, en la Fundación Ramón Areces el pasado 24 de octubre / *Fundación Ramón Areces***Uno de ellos, incluso, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.**

De hecho, la candidatura de De Gaulle también fue considerada para el Nobel de Literatura. El comité lo descartó, según declararon, «por razones obvias», pero se le tuvo en cuenta. En Francia, el general está publicado en la prestigiosa colección de *La Pléiade*, un honor reservado a las máximas figuras literarias.

La impronta de ambos perdura a través de sus textos: las *Memorias de guerra* de De Gaulle siguen siendo una obra muy leída y de notable trascendencia, y la producción escrita de Churchill es de un valor indiscutible. Leía hace poco las memorias que acaba de publicar Francis Fukuyama, donde relata de forma muy interesante que un libro decisivo que leyó a principios de los setenta y que lo impulsó hacia la ciencia política fue la historia de la Segunda Guerra Mundial de Churchill.

Eran además autores magníficos que merecen ser leídos ya sólo por su calidad literaria. Fueron oradores brillantes en parte porque escribían de maravilla; dominaban el lenguaje de un modo soberbio. Con frecuencia, los aspectos más desconcertantes sobre ambos no proceden de los archivos que los historiadores solemos desenterrar como grandes revelaciones, sino de lo que ellos mismos confesaron en sus libros.

En 1930, Churchill publicó un libro de memorias sobre su juventud en el que afirmaba ser ateo y no creer en Dios, ¡una declaración inaudita en boca de un conservador británico! De Gaulle, por su parte, refiere en sus *Memorias de guerra* que en 1945 recibió un mensaje de un jerarca alemán según el cual la reconciliación franco-alemana resultaría indispensable si Francia quería resistir el empuje de los anglosajones (Estados Unidos y Gran Bretaña). El emisario que le hizo llegar ese recado al otro lado del frente fue nada menos que Heinrich Himmler. ¡Sólo a De Gaulle se le ocurriría escribir *recibí un consejo útil de uno de los hombres más siniestros de la historia*! Al leerlo me pregunté: «¿Es posible?», y lo releí para asegurarme de que no había entendido mal; pero allí estaba escrito. (Risas).

**Al hilo de esa visión más compleja sobre los personajes, usted menciona en el libro la conversación postrera entre De Gaulle y André Malraux, quien viene a retratar al general más como a un hombre agnóstico, melancólico y pesimista que como el resuelto líder de firmes convicciones católicas que proyectaba hacia el exterior.**

Nunca sabremos a ciencia cierta si De Gaulle creía realmente en Dios. Era católico, como él mismo decía, «por geografía y por historia», pero resulta imposible desentrañar cuáles eran sus convicciones íntimas.

**Quizá conozca el libro de Eugène Mannoni,** ***Moi, général de Gaulle*****. Mannoni estructura la biografía del presidente en torno a tres elementos: el micrófono, el libro y la televisión. Resulta muy sugerente porque retrata a De Gaulle desenvolviéndose en esos tres ámbitos, desde su irrupción inicial como una simple voz en el vacío. ¿Podría profundizar en esta idea?**

Desde luego; es una interpretación sumamente interesante. ¡Ojalá supiera italiano o español para poder leer esa obra!

De Gaulle fue ante todo escritor. Ya antes de 1940 había publicado varios libros y, en cierto modo, la modesta reputación que tenía entonces se debía a su pluma. Hablaba de sus obras de una manera muy particular: su ensayo sobre el ejército francés, publicado en 1938 (*Francia y su ejército*), arranca con estas palabras: «Este libro es una biografía. Su protagonista es Francia». La idea implícita es que se puede escribir la biografía de una nación entera.

Pero en 1940, al llegar a Londres, el micrófono pasa a ser decisivo. En sus memorias afirma que fue la primera vez que habló por radio, lo cual no es del todo exacto, pues ya lo había hecho en una ocasión anterior. Con todo, fue un instante extraordinario: entró en el estudio, los técnicos le pidieron una prueba de sonido y él dijo únicamente dos palabras: «*La France*». Acto seguido pronunció el discurso que alteró el curso de la historia francesa.

A partir de entonces se esforzó al máximo por dominar la oratoria radiofónica. Los británicos lo admiraban, y los técnicos de la BBC comentaban asombrados que era un hombre decidido a aprender el oficio. Tras la guerra, regresó a la escritura. Durante su alejamiento del poder, sobre todo desde principios de los cincuenta —cuando parecía haber renunciado a volver a gobernar— hasta 1958, se volcó en la redacción de sus memorias. Creo que en aquel período llegó a pensar que ese sería su verdadero legado: un modelo cívico para el pueblo francés.

Cuando regresó al poder en 1958, lo hizo ya en la era de la televisión. Otra vez tuvo que adquirir pericia en una tecnología nueva, y volvió a empeñarse a fondo.

**Sus célebres ruedas de prensa televisadas.**

Exacto: las ruedas de prensa, pero también las comparecencias solemnes en momentos de crisis nacional. Contaba con una televisión pública en régimen de monopolio y bajo su control directo, lo cual resultaba sumamente útil. Pero además la liturgia de la pequeña pantalla en blanco y negro encajaba a la perfección con su figura. Aquellos ademanes tan peculiares funcionaban de maravilla en televisión. De forma inesperada, se reveló como un hombre de un ingenio mordaz.

Hay una anécdota magnífica: durante una grave crisis a mediados de los sesenta, un periodista le preguntó: «¿A qué lo atribuye, mi general?». Y quien era la autoridad con más solera del país respondió con sorna: «A la falta de experiencia».

**De hecho, al final del libro señala que tanto De Gaulle como Churchill eran, en cierto sentido, actores, dotados de una conciencia dramática de la política; quizá Churchill con un tono más bufo o incluso grotesco por su gusto por las bromas y la teatralidad, mientras que De Gaulle era la personificación de la solemnidad, el rito y la** ***gravitas*****. Al leerlo, pensaba si en la política actual no habremos olvidado la relevancia de esa dimensión litúrgica. ¿Qué opina de esta degradación o devaluación del lenguaje, teniendo en cuenta la enorme importancia que ambos concedían a las palabras y a las formas políticas, y de cómo incide esto en el ejercicio del poder?**

Es innegable que el lenguaje se ha devaluado enormemente**.** Uno escucha a menudo a los políticos y se pregunta si realmente reflexionan sobre el significado de lo que dicen o simplemente recurren a fórmulas prefabricadas. Uno de los grandes dones de Churchill y De Gaulle era su destreza para emplear los vocablos de manera imprevista.

Churchill estaba rodeado por una clase dirigente de formación clásica. Como él carecía de ella, su gran mérito consistió en servirse de términos ingleses sencillos y contundentes. De Gaulle, en cambio, recurría deliberadamente a un léxico culto o en desuso.

Creo que algunos políticos actuales conservan esa cualidad. Macron, que en el fondo es un actor (se casó con su profesora de teatro), domina muy bien el sentido de la liturgia y la puesta en escena. Y, de un modo bastante inquietante y a su extraña manera, creo que Donald Trump también lo posee: es puro espectáculo.

**A veces parece un monologuista nato.**

Desde luego. Se piense lo que se piense de Trump, uno nunca tiene la impresión de que alguien le haya redactado los discursos: habla de forma espontánea y domina los medios a la perfección. Aunque me cueste admitirlo, creo que Trump guarda algunos paralelismos con ambos mandatarios.

Me refiero al dominio del lenguaje y a la convicción de que compone sus propios discursos. Quizá parezca insólito hoy en día, cuando poquísimos políticos escriben sus discursos o sus libros, pero la certeza de que lo que uno expresa es tan trascendental que debe comunicarse con palabras propias fue decisiva tanto para De Gaulle como para Churchill.

**Ahora que habla sobre escribir discursos, me sorprendió descubrir en su libro que De Gaulle actuó, en cierto modo, como** «**negro**» **de los discursos del mariscal Pétain.**

En efecto. Tanto De Gaulle como Churchill contaron con colaboradores; Churchill, sobre todo en su madurez, recurría a ayudantes de investigación. Solía dictar sus textos en lugar de redactarlos de su puño y letra, recibía asistencia y a menudo su entorno enmendaba sus borradores, algo aplicable tanto a su faceta política como a la literaria.

De Gaulle, por el contrario, apreciaba la idea del autor solitario que se sienta en el despacho frente a la cuartilla en blanco. Sin embargo, esta mañana me daba por pensar en algo que jamás me había planteado. Los textos de De Gaulle los mecanografiaba su hija Élisabeth, una mujer brillantísima que nunca desempeñó un papel público. Y me asaltó la duda de si no habría ocasiones en que Élisabeth dijera: «Papá, no creo que este giro sea el más adecuado». Me pregunto entonces si no hubo también un sutil colaborador en la sombra tras De Gaulle.

**En el libro apunta que estos dos** «**titanes**» **compartían la inusual cualidad de dirigirse directamente al ciudadano corriente y hablar el lenguaje del pueblo. Pero cabría preguntarse si no existe una frontera entre lo que puede considerarse una virtud política —traducir realidades históricas complejas a una prosa accesible y condensada en puntos claros— y la burda simplificación del populismo contemporáneo. ¿Cree que existe esa línea divisoria, o considera que, como señalaba a propósito de Trump y De Gaulle, guardan también cierta relación con la actual deriva populista?**

Es muy interesante examinar su relación con el populismo. Ambos sostenían convicciones afines a las de los populistas actuales. Mantuvieron posturas sobre la raza, el imperio e incluso la soberanía nacional que hoy suscitarían el rechazo de cualquier persona de talante liberal como yo.

Sin embargo, ambos eran conscientes de los peligros del exceso. De Gaulle creía en la democracia no tanto por atribuirle una virtud intrínseca, sino porque entendía que apartarse de ella conducía a perder la mesura y el equilibrio. A finales de los sesenta dejó una frase muy elocuente sobre Estados Unidos: «Tarde o temprano votarán a algún general, y fracasará». Y hoy quizá cabe decir que han votado a una suerte de general.

Con Churchill ocurre algo parecido. Reitero que no era del todo un demócrata, pero comprendía el orden constitucional británico y sabía que este imponía límites estrictos a lo que se podía hacer.

Conviene subrayar además que ambos aceptaron la derrota electoral. Churchill cayó en las elecciones de 1945, un acontecimiento perturbador: un insigne héroe de la Guerra desalojado del poder. No fue de su agrado, pero jamás cuestionó el veredicto de las urnas. De hecho, cosechó derrotas en múltiples ocasiones a lo largo de su carrera y llegó a perder su escaño parlamentario.

De Gaulle sólo concurrió a unas elecciones por sufragio universal directo en una ocasión, en 1965, y estuvo a punto de retirarse al no imponerse en la primera vuelta. Luego, en 1969, perdió un referéndum y dimitió sin estar legalmente obligado a ello.

Ambos reconocían que la talla de un estadista se mide también por la disposición a acatar la derrota. Creo que ese principio los distancia por completo de los populistas de hoy.

> Ambos sostenían convicciones afines a las de los **populistas actuales**. Sin embargo, eran conscientes de los **peligros del exceso**, y reconocían que la **talla de un estadista** se mide también por la **disposición a acatar la derrota**.

**Más adelante volveré sobre esa aceptación de la derrota, pero antes quería retomar una de sus primeras reflexiones sobre la imagen distorsionada que a veces se tiene de estos dos mandatarios desde la visión británica o la óptica de la Resistencia. Ahondando en lo que acaba de comentar, me da la impresión de que a De Gaulle se nos lo ha presentado a menudo como el demócrata intachable. Coincido con usted en que concebía la democracia como la fuerza legitimadora última, pero mi sensación es que poseía un temperamento, si no autocrático, sí autoritario, más afín al espíritu del dictador romano aclamado por el pueblo que al de jefe de un partido. ¿No cree que se les ha atribuido a ambos, y sobre todo a De Gaulle, una condición de demócratas fervientes que no se ajusta a la realidad?**

Sí. Conviene recordar en primer término que De Gaulle fue durante buena parte de su vida un monárquico y, por ende, contrario al modelo de democracia parlamentaria francés que le precedió. Fundó un régimen con una presidencia robusta sustentada en la relación directa con la ciudadanía; de ahí que implantara la elección presidencial por sufragio universal directo (sistema inaugurado por él y bajo el cual concurrió en 1965) y que recurriera asiduamente al referéndum para poner a prueba la voluntad popular.

> Creo que **De Gaulle** llegó a barajar si emplear las tropas contra los estudiantes en **mayo del 68**, pero se dio cuenta de que habría sido **catastrófico**

**Lo que también explicaría su recurso a medios directos como la radio y la televisión, que permitían ese contacto con el pueblo sin intermediarios.**

Exacto: esa relación directa le permitía prescindir de los intermediarios y de los notables de la política tradicional.

En la vida de ambos líderes se dieron coyunturas en que el rumbo de sus biografias políticas pudo haber sido muy diferente. En ese sentido, es exagerada la presuposición de que De Gaulle siempre acertaba o tenía claro su destino. En 1968, ante la revuelta estudiantil, se produjo un momento crítico en el que nadie sabía qué podía pasar. Decía antes que a Churchill a menudo lo salvaba de sí mismo su entorno; en mayo del 68, a De Gaulle —que jamás se dejaba tutelar— lo salvó en cierta medida de sí mismo Pompidou, su primer ministro.

Cuando De Gaulle se trasladó a Alemania en plena revuelta, fue a consultar al ejército; creo que barajó emplear las tropas contra los estudiantes. Hombres como Pompidou comprendieron la demencia de semejante idea y se lo impidieron. En cierto sentido, ahí concluyó la trayectoria de De Gaulle, pues comprendió que ya no podía ejercer la hegemonía indiscutible de antaño.

![El historiador británico Richard Vinen, durante su conferencia en la Fundación Ramón Areces el pasado 24 de octubre](/sites/default/files/inline-images/Richard%20Vinen%2007_1.jpg)El historiador británico Richard Vinen, durante su conferencia en la Fundación Ramón Areces el pasado 24 de octubre / *Fundación Ramón Areces***Abordemos si le parece la dimensión moral de sus vidas, pues el contraste de temperamentos que traza en su libro es llamativo. Churchill era vanidoso, disoluto y teatral —a veces, como decíamos, infantil—, mientras que De Gaulle era frugal, reservado y austero. Usted formula la sugestiva observación de que los vicios y virtudes de Churchill eran, paradójicamente, los que los británicos suelen atribuir a los franceses, mientras que De Gaulle se alejaba del prototipo de francés, y parecía más bien (esto es cosecha propia) un austero monarca castellano. Recordé al respecto una cita del pensador español Gonzalo Fernández de la Mora, quien apuntaba que Franco triunfó precisamente por no parecerse en nada al temperamento español. ¿Cree que ocurrió algo similar con De Gaulle, que su autoridad emanaba de no asemejarse demasiado al arquetipo francés? Hacia el final del libro señala que nunca creyó del todo que su «cierta idea de Francia» fuera alcanzable con el pueblo francés real.**

Totalmente de acuerdo. De Gaulle amaba a «Francia», que era una abstracción, pero no tanto a los franceses de carne y hueso. De hecho, no siempre le agradaban. Es célebre su sentencia: «¿Cómo se puede gobernar un país con 300 variedades de queso?». Y, cosa curiosa en un francés, ni siquiera le gustaba el queso.

En cambio, Churchill se asemejaba tal vez a cierto temperamento francés, era un hombre más cálido y seductor. Suelo pensar que si uno ama a Francia resulta imposible no admirar a De Gaulle, y si uno ama a Gran Bretaña es imposible no tenerle simpatía a Churchill. Y admirar y tener simpatía son cosas bien distintas.

Churchill siempre me trae a la memoria lo que me comentó una vez un politólogo italiano a propósito de Berlusconi. Le pregunté: «¿Cómo es posible que voten a un personaje tan atroz?», y me contestó: «A los italianos les gusta Berlusconi porque no es mejor que nosotros». En Churchill hay algo de eso: uno siente que no es mejor que cualquiera de nosotros.

> De Gaulle amaba a **«Francia»**, que era una abstracción, pero no tanto a **los franceses de carne y hueso.**

**Al leer su retrato comparativo me dio la sensación de que De Gaulle sale mejor parado en el plano moral. El primer ministro británico se perfila como el político consumado en sentido estricto: ambicioso, en ocasiones oportunista, que cambia de bando periódicamente —de conservador a liberal y viceversa—, imprudente en sus finanzas privadas y de lealtades fluctuantes; mientras que De Gaulle aparece bajo la luz de una estricta probidad doméstica, de un gran apego a la familia, etcétera. ¿Le parece este un juicio injusto sobre la moralidad de Churchill?**

En el terreno de la moral privada, De Gaulle era un hombre intachable de un modo en que Churchill tal vez no lo era. Churchill tenía un profundo cariño a su familia, si bien no siempre fue un buen padre. Pero como tantos hombres que quieren a sus hijos, no siempre sabía qué les convenía. Bebía en exceso, profesaba gustos epicúreos y mostraba una constante preocupación por conseguir dinero, sin reparar demasiado en su procedencia; en ese aspecto puede recordar un poco a Trump. De Gaulle, en cambio, era absolutamente incorruptible en lo personal.

Ahora bien, su apunte sobre la habilidad política de Churchill es interesante, porque en la gestión de la paz fue De Gaulle quien triunfó y Churchill quien fracasó. Bajo esa capa de austeridad moral, De Gaulle demostró ser un dirigente extraordinariamente sagaz. Se suele decir que los vicios privados pueden ser virtudes públicas, y De Gaulle sabía que el cinismo o la doblez son a veces lo que un país precisa. No vacilaba en recurrir al engaño si entendía que convenía a los intereses de Francia.

> **De Gaulle** sabía que **el cinismo o la doblez** son a veces lo que un país precisa

**En cierto sentido, De Gaulle era un maquiavélico.**

Creo que hay un claro rasgo maquiavélico en De Gaulle, sí.

**Ha mencionado que Churchill compartía ciertos vicios morales con Trump. Pensaba también en que su exprimer ministro, Boris Johnson, quien si no me equivoco escribió una biografía sobre Churchill, era un ferviente admirador suyo. ¿Cree que Johnson se miraba en Churchill por verse identificado de algún modo, o se trataba más bien de pura megalomanía?**

Respondería dos cosas a eso. En primer lugar, recordando una anécdota de Arthur Balfour —destacado dirigente conservador que trató de cerca a Churchill—, este comentó en una ocasión: «Winston ha escrito un extenso libro sobre sí mismo y lo ha titulado *La crisis mundial*». Creo que Boris Johnson escribió un extenso libro sobre sí mismo y lo tituló *El factor Churchill*.

Lo segundo es remitirme a lo que decía antes sobre que una biografía de Churchill sin 1940 equivaldría a una vida de Cristo sin la resurrección: Boris Johnson reunió todos los incontables vicios de Churchill, pero careció de su única y formidable virtud.

**Otra coincidencia entre Churchill y De Gaulle es que fueron líderes carismáticos surgidos en el marco irrepetible de la Segunda Guerra Mundial, capaces de insuflar esperanza a sus pueblos en una suerte de cruzada moral contra el nazismo. ¿Habrían alcanzado esa talla histórica de no ser por esa mitología de la resistencia? ¿O, por el contrario, habrían quedado reducidos a figuras excéntricas o marginales? Según cuenta en el libro, Churchill estaba en declive en la década de los treinta, y De Gaulle fue hasta entonces un militar intelectual no excesivamente conocido.**

Es indiscutible. Sin la Segunda Guerra Mundial, y en especial sin 1940 y la invasión de Francia, De Gaulle no habría llegado a ser De Gaulle y Churchill no habría alcanzado el cargo de primer ministro. Churchill llegó al poder precisamente a raíz de la derrota francesa.

Sin 1940, hoy recordaríamos a Churchill como un político fascinante, excéntrico y muy desorientado; sin embargo, ha pasado a la historia como una figura colosal. De Gaulle, por su parte, aunque no fuera primordialmente un caudillo militar, quedó consagrado por la guerra; resulta impensable que hubiera cobrado tal trascendencia sin su papel en el conflicto. En ese sentido, la guerra transformó radicalmente sus destinos.

Supongo además que ambos, en sus momentos más lúcidos, coincidirían en que es afortunado el país que no precisa líderes de guerra; es una bendición poder permitirse gobernantes prosaicos.

**No en vano, usted recuerda que, sin menoscabo de la gran altura política de estos hombres, al fin y al cabo fueron los dirigentes de grandes potencias con una sólida capacidad económica.**

Sí, y lo inquietante del panorama internacional contemporáneo es que empiezo a temer que tal vez necesitemos hoy otra vez *líderes de guerra*.

> Lo inquietante del **panorama internacional contemporáneo** es que empiezo a temer que tal vez necesitemos hoy otra vez ***líderes de guerra*****.**

**Eso mismo quería plantearle. Lo que se desprende de su libro es que ninguno de los dos, especialmente De Gaulle, disponía en realidad de todo el poder que proyectaba, pero su gran mérito consistió precisamente en hacer creer a sus respectivos pueblos que eran más poderosos de lo que en verdad eran. En el contexto actual, dominado por una atmósfera de declive y decadencia, ¿no nos beneficiaríamos de liderazgos de esa naturaleza, que devuelvan la esperanza, la energía y la vitalidad a un sistema decadente?**

Creo que se perfilan dos modelos de liderazgo muy contrapuestos que admiten la comparación con Churchill y De Gaulle. Uno es evidentemente Zelenski en Ucrania.

Tendrá defectos de todo tipo, pero la representación que ha asumido de su país entraña una dimensión indudablemente heroica. Debo confesar que, cuando comenzó la invasión, pensé: «Zelenski se subirá al primer avión rumbo a Estados Unidos y pasará el resto de sus días en el exilio dando conferencias». En vez de eso, se quedó y combatió; un gesto extraordinario. Ha sido un líder inspirador bajo circunstancias dramáticas.

**¡Otro líder que también es actor!**

Sí, actor, un detalle fundamental.

El otro modelo de liderazgo representaría el polo opuesto, personificado por quien más ha perjudicado a Zelenski: Donald Trump. Trump es un líder indiscutible, aunque a mi juicio sumamente problemático. Supo captar algo que De Gaulle también comprendió: que sus respectivas naciones estaban en declive. Y cuando un país entra en declive, necesita una retórica de apelación a la grandeza. «Grandeza» (*grandeur*) es la palabra más invocada por ambos.

**«La edad de oro de América», que no deja de repetir Trump.**

Y, sin embargo, ambos han sido partidarios de la retirada: De Gaulle desvinculó a Francia de Argelia porque asumió que el imperio colonial estaba liquidado; Trump, al menos en sus momentos de lucidez, comprendió que Estados Unidos debía replegarse de Afganistán y dejar de actuar como gendarme global. Su política responde, en última instancia, al modo en que Estados Unidos se acomoda al ascenso de China como nueva superpotencia global.

**El paralelismo resulta muy iluminador porque, como usted argumenta en el libro, Churchill y De Gaulle fueron los gobernantes idóneos para gestionar la adaptación de Gran Bretaña y Francia a la nueva era de hegemonía estadounidense, asumiendo la pérdida de su antiguo rango imperial. Quizá asistamos hoy a un fenómeno análogo: tras esa retórica de una nueva edad dorada se oculta la pérdida de la hegemonía norteamericana.**

Exacto.

**Al reflexionar antes sobre el crepúsculo de sus trayectorias, usted recordaba que todo político acaba enfrentándose al fracaso, del mismo modo que las grandes potencias deben encarar su ocaso y que la pérdida de influencia es un desafío ineludible para todo imperio. Hoy, sin embargo, muchos mandatarios parecen convencidos de su propia indispensabilidad, sin apenas voces que les recuerden sus límites. Quizá recuerde aquella conversación filtrada entre Xi Jinping y Putin en la que hablaban sobre la inmortalidad y la prolongación de sus vidas. ¿Qué lecciones puede extraer la clase política actual del modo en que Churchill y De Gaulle gestionaron su declive personal en paralelo a la menguante posición geopolítica de sus países?**

Churchill lo gestionó bastante peor que De Gaulle, en parte por su mayor longevidad: sufrió una vejez muy penosa y un grave deterioro físico. De Gaulle acuñó una frase célebre referida a Pétain: «La vejez es un naufragio» (*un naufrage*). De hecho, cuando De Gaulle volvió al poder en 1958, Churchill tenía exactamente la misma edad que Pétain en 1940, con esa misma impronta trágica del paso del tiempo. A Churchill le resultaba desgarrador verse despojado del poder; pese a su valía literaria y personal en facetas ajenas a la política, no supo sobrellevar el hecho de haber dejado de ser primer ministro.

De Gaulle, en cambio, se desprendió del poder con mucha mayor naturalidad; en 1969 sintió: «He cumplido mi misión; puedo regresar a la vida privada». Encarnaba la figura de Cincinato volviendo al arado. Me llama la atención lo a menudo que De Gaulle aludía a la muerte. Usted es un hombre muy joven, pero yo estoy en esa edad en la que uno empieza a plantearse cómo acomodarse a la vejez; veo con claridad que De Gaulle asumía que la muerte nos alcanza a todos y que todo concluye. Hacia el final de su vida se aprecia cómo camina hacia la muerte en paz con su propia finitud.

No en vano, en su primera alocución televisada de la campaña electoral de 1965 afirmó: «Pase lo que pase, no agotaré mi segundo mandato de siete años». Sus asesores le advirtieron de que no era conveniente decirlo, por lo que editaron la cinta para eliminar esa frase; pero él sabía de sobra que no viviría más allá de 1972.

> **Churchill** no supo sobrellevar el hecho de haber dejado de ser primer ministro.

**De hecho, murió apenas un año después de su dimisión como presidente de la República.**

Exacto. Y su gran aspiración truncada, lo único que de verdad anhelaba, era concluir sus memorias. Prácticamente las estaba redactando en el momento de expirar. De forma paradójica, tal vez porque aceptó la muerte con naturalidad, esta se presentó con una enorme benevolencia: a diferencia de Churchill, no padeció una larga agonía ni enfermedad, sino que se mantuvo plenamente activo hasta el último instante. Tuvo la muerte que cualquiera desearía: desplomarse sin más estando en pleno uso de sus facultades.

**Uno de los rasgos que más admirables resultan en De Gaulle es justamente esa capacidad de asumir el desenlace de su carrera y aceptar sus derrotas. Recurría con asiduidad al sufragio universal para refrendar o desechar sus proyectos políticos, y dimitió de inmediato tras el revés en el referéndum de 1969. Al hilo de esto, recuerdo que en su conversación con Malraux venía a decir algo así como: «Tengo un pacto con el pueblo francés; en cuanto decidan romperlo, me retiraré».**

**Esto nos llama poderosamente la atención a los españoles, que hemos sufrido un Gobierno caracterizado por su resistencia a dimitir, a disolver las Cortes y a convocar elecciones. Acaba de hacerlo y votaremos en noviembre, pero ha sido un Gobierno sin mayoría parlamentaria, sin presupuestos y sin rendición de cuentas, aferrado al poder a pesar de todo. Contrasta de lleno con De Gaulle y con aquellos líderes capaces de admitir con entereza: «Bien, mi tiempo ha concluido».**

Coincido plenamente. Pero cabría hacer dos matizaciones al respecto.

En primer lugar, es mucho más sencillo apartarse del poder tras haber alcanzado el éxito. En 1969, De Gaulle podía contemplar a Francia como a su propia criatura: una constitución renovada, un nuevo modelo económico y un papel de primer orden en el escenario internacional; se comprende perfectamente que se retirara satisfecho. La tragedia de Churchill, en cambio, estriba paradójicamente en no haberse despedido en 1945; podría haber dicho: «He sido el caudillo en la guerra; corresponde ahora a otro pilotar la paz».

En segundo lugar, siempre he simpatizado con los dirigentes de la Cuarta República, ese régimen intermedio entre la Segunda Guerra Mundial y el regreso de De Gaulle en el que los ejecutivos eran sumamente débiles y rara vez gozaban de mayoría parlamentaria. Un núcleo de políticos astutos y pragmáticos sostuvo el edificio institucional a flote, y no debemos olvidar que transformaron Francia para bien en aquellos años. Gran parte de los logros de De Gaulle descansan sobre los cimientos que construyó la Cuarta República. Por tanto, ese realismo descarnado de los políticos parlamentarios también encierra sus virtudes.

Por último, cabe subrayar que centrar la mirada en figuras descollantes como Churchill y De Gaulle diluye a menudo la responsabilidad del electorado: somos nosotros quienes elegimos a nuestros líderes y a nosotros nos corresponde pedirles cuentas. Los británicos respaldaron a Churchill; no lo votaron en 1940 —pues no hubo elecciones generales—, pero es innegable que estuvieron a su lado, y supieron desalojarlo en 1945. Creo que acertaron en ambas ocasiones y asumieron las consecuencias de su decisión.

De igual modo, los franceses sabían de sobra qué esperar de De Gaulle. Al analizar por qué votaban al general, resulta evidente que a menudo no lo hacían por adhesión ciega, sino porque era la alternativa menos mala o porque satisfacía un cometido específico, como solucionar los problemas de la guerra de Argelia. Al fin y al cabo, el electorado debe asumir siempre su propia responsabilidad.



[Voces](/etiquetas/voces)

 

 [ ![Víctor Núñez Díaz](/sites/default/files/2026-09/victor-nunez-diaz.png)

#### Víctor Núñez Díaz

Víctor Núñez Díaz (Burgos, 1997) es redactor de Opinión y columnista en El Español. Anteriormente escribió para Revista Centinela y para el suplemento IDEAS de La Gaceta de la Iberosfera. Ha participado en un volumen colectivo sobre pensamiento conservador español y colabora habitualmente con el canal ViOne Media.

 

 ](/prefacio/firmas/victor-nunez-diaz) 

- Comparte este artículo
- [ X ](https://twitter.com/intent/tweet?url=https%3A%2F%2Flacontroversia.com%2Fmarkdownify%2Fnode%2F263&text=Richard%20Vinen%3A%20%C2%ABAunque%20cueste%20aceptarlo%2C%20Churchill%20y%20De%20Gaulle%20tienen%20bastantes%20puntos%20en%20com%C3%BAn%20con%20Trump%C2%BB)
- [ Facebook ](https://www.facebook.com/sharer/sharer.php?u=https%3A%2F%2Flacontroversia.com%2Fmarkdownify%2Fnode%2F263)
- [ LinkedIn ](https://www.linkedin.com/sharing/share-offsite/?url=https%3A%2F%2Flacontroversia.com%2Fmarkdownify%2Fnode%2F263)
- [ Instagram ](https://lacontroversia.com/markdownify/node/263)
- [ WhatsApp ](https://wa.me/?text=Richard%20Vinen%3A%20%C2%ABAunque%20cueste%20aceptarlo%2C%20Churchill%20y%20De%20Gaulle%20tienen%20bastantes%20puntos%20en%20com%C3%BAn%20con%20Trump%C2%BB%20https%3A%2F%2Flacontroversia.com%2Fmarkdownify%2Fnode%2F263)
 
 Añadir nuevo comentario
-----------------------

  Su nombre  

 Asunto  

 

 Comentario 

 

#### HTML Restringido

- Etiquetas HTML permitidas: &lt;a href hreflang&gt; &lt;em&gt; &lt;strong&gt; &lt;cite&gt; &lt;blockquote cite&gt; &lt;code&gt; &lt;ul type&gt; &lt;ol start type&gt; &lt;li&gt; &lt;dl&gt; &lt;dt&gt; &lt;dd&gt; &lt;h2 id&gt; &lt;h3 id&gt; &lt;h4 id&gt; &lt;h5 id&gt; &lt;h6 id&gt;
- Lines and paragraphs break automatically.
- Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
 
 





 

 



  

 

 

  Artículos relacionados
----------------------

 [   ![Juan Abreu: «madurar es la antesala de la podredumbre»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/juan-abreu.jpeg.avif?itok=pLZRkt-P)  

 Junio 10, 2024 

Redacción La Controversia

 

### Juan Abreu: «madurar es la antesala de la podredumbre»



 

 ](/archivos/juan-abreu-madurar-es-la-antesala-de-la-podredumbre "Juan Abreu: «madurar es la antesala de la podredumbre»") 

 [   ![Quintana Paz: «no podemos vivir apoyados en la nada»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/98905363-8d5d-4031-b6ce-76e93b7e683d_1_201_a-e1617447696877.jpeg.avif?itok=sT7R92Zl)  

 Abril 3, 2021 

Víctor Núñez Díaz

 

### Quintana Paz: «no podemos vivir apoyados en la nada»



 

 ](/archivos/quintana-paz-no-podemos-vivir-apoyados-en-la-nada "Quintana Paz: «no podemos vivir apoyados en la nada»") 

 [   ![Guillermo del Valle: «si somos republicanos, seámoslo en serio»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/guille-del-valle-e1595429970346.png.avif?itok=JzM0x7eZ)  

 Julio 22, 2020 

Diego Martínez Gómez

 

### Guillermo del Valle: «si somos republicanos, seámoslo en serio»



 

 ](/archivos/guillermo-del-valle-si-somos-republicanos-seamoslo-en-serio "Guillermo del Valle: «si somos republicanos, seámoslo en serio»") 

 [   ![Fernando Sánchez Dragó: «me inquieta que el mundo recupere la normalidad»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/drago2_converted-21.jpg.avif?itok=WeapefmT)  

 Marzo 28, 2020 

Diego Martínez Gómez

 

### Fernando Sánchez Dragó: «me inquieta que el mundo recupere la normalidad»



 

 ](/archivos/fernando-sanchez-drago-me-inquieta-que-el-mundo-recupere-la-normalidad "Fernando Sánchez Dragó: «me inquieta que el mundo recupere la normalidad»") 

 [   ![Gregorio Luri: «la tarea del conservador es dar densidad al presente»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/gregori-oluri.jpg.avif?itok=9HcsbM_u)  

 Febrero 23, 2020 

Diego Martínez Gómez

 

### Gregorio Luri: «la tarea del conservador es dar densidad al presente»



 

 ](/archivos/gregorio-luri-la-tarea-del-conservador-es-dar-densidad-al-presente "Gregorio Luri: «la tarea del conservador es dar densidad al presente»") 

 [   ![Raad Salam: «Con Saddam Hussein los cristianos vivíamos con cierta libertad»](https://lacontroversia.com/sites/default/files/styles/large/public/featured_images/dsg-e1530039076188.jpg.avif?itok=sPv1lBar)  

 Octubre 15, 2017 

Diego Martínez Gómez

 

### Raad Salam: «Con Saddam Hussein los cristianos vivíamos con cierta libertad»



 

 ](/archivos/raad-salam-con-saddam-hussein-los-cristianos-viviamos-con-cierta-libertad "Raad Salam: «Con Saddam Hussein los cristianos vivíamos con cierta libertad»")