La muñeca y el agrimensor

El escritor Yasunari Kawabata en su mesa de trabajo El escritor Yasunari Kawabata en su mesa de trabajo

No sé si las lámparas de Argand son o no «insensatas», derramando sobre las cosas «luces temblorosas, inquietas, o una luz a la vez sencilla y mágica». Ignoro si la principal herejía de la filosofía norteamericana del mobiliario es fulgor o apariencia, aunque sí creo que es una desgracia nacida de las instituciones republicanas la desproporción entre la pulsión sombría de algunas almas y la violencia de los trazos luteranos con que aplastan la sediciosa caligrafía del azar, y que pudo haber una clase de criaturas, «alguna vez humanos, ahora invisibles para la humanidad», que aprecian «la belleza refinada por la muerte», a cuyos ojos nuestra imperfección resulte perfección. Así, una simple variación natural de penumbra arruinaría los sueños. 

En todo caso, mi debilidad cae del lado de las mujeres. Berenice, «el vuelo callado de las horas con plumaje de cuervo, el terror en su ambigüedad», la realidad como visión y la idea como sedición del ser moral y físico. Ligeia, el drama de la resurrección repetida tras cada muerte «más rígida». El problema de la identidad, la disolución o no del principium individuationis en la bruma estigial y las consecuencias en los rasgos de la hija de Morella, «la misma, por sí misma únicamente, eternamente una y sola», y entonces, Eleonora: Sub conservatione formae specificae salva anima? ¿La identidad como cordura, o acaso «todo lo que es profundo surge de una dolencia del pensamiento»? … La respuesta está, paradójicamente, en un hombre, William Wilson: la duplicidad, la existencia en otro, el réprobo, y la dudosa victoria sobre él con su muerte de la propia muerte en él «para el Mundo, para el Cielo y la Esperanza». 

El valioso tiempo de un autor es la medida de una íntima vocación de ser

No «quiero hablar» aquí del Dominio de Arnheim o de la niebla de Landor, ni del tiempo que hace a primeros de junio en Nueva Inglaterra, entre petirrojos y pinzones amarillos. «Quiero hablar» de delaciones que salpican la prosa de Auster (ninguna admonición: la prosa liviana de Auster es tan lícita, obviamente, como cualquier otra, al margen de inclinaciones personales. Cedo el deicidio y las sórdidas liturgias de la herrumbre a los forenses). 

Aunque no soy asiduo lector del hombre de Newark (no he visitado jamás el país de las últimas cosas ni Sunset Park ni palacios lunares, apenas he traspasado el umbral de El libro de las ilusiones), tan habituado ya a la heroína pura a estas alturas del naufragio (demasiados «órganos interiores de bestias y aves», demasiado «sabor a orina» y a solemne gordo Buck Mulligan, demasiados Snopes que no gozan de una segunda oportunidad sobre la tierra agrietada, demasiado Molloy y Geulincx, demasiadas veces innombrable –ni un atisbo de ese cieno en Brooklyn. Brooklyn no está hecho de ríos opacos, de líneas temporales truncadas y de «ibi nihil velis», sino de otra clase de sustancia que no se parece a la ira de los Joad ni a cómo olía Candace Compson cuando se subía a los árboles-. Demasiados ojos azules, no de perro azul, y demasiados jardines traseros de cerezos entre canciones de Salomon), sí comparto con uno de los personajes de Brooklyn Follies, Tom Wood, la pasión por Poe o Kafka. 

En alguna diáfana región de su viaje, rumbo al norte, al «Hotel Existencia», con una niña silenciosa y el viejo Oldsmobile al borde del saboje y de la crisis glucémica, antes de desviarse por una de las rutas de follies, no de ockies, que desembocan en Honey Chowder, Tom relata a su antiguo tío, Nathan Glass, un episodio revelador de la desconcertante personalidad de K., ya desahuciado: el compromiso de redactar y leer diariamente a una niña herida cartas imposibles del éxodo mundano de su muñeca, «harta de vivir siempre con la misma gente», prolongado durante tres semanas para asombro del doctor Pulgarcito tras sus años remotos de Ann Arbor:  «Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando el tiempo (un precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida». 

«Sacrificando su tiempo» … El fatal desliz pudiera translucir la fatuidad del escritor ensimismado que se vislumbra oferente de un legado inmortal a la humanidad (… «los días de mi vida que no fueron vanidad» …), o la secreta ambición del narrador que ha hecho de la literatura su altar, algo que justamente nunca fuera para K. (más bien un teatro subterráneo), y que, habiendo cosechado éxito o adquirido notable relevancia social por su obra, anhela posteridad, estimando cada hora de su preciado tiempo un paso más hacia la perpetuación de un nombre, el destino sagrado de los irreverentes. 

Es cierto, coincido con Paul Wood, que la literatura es una enfermedad, que no hay normas (edad, demencia, …) por lo que a escribir se refiere, y que la vida de poetas y novelistas arroja un saldo de «caos, una infinita sucesión de anomalías», pero el valioso tiempo de un autor es la medida de una íntima vocación de ser, no de trascender, necesidad que sostendría la escritura aun en completa ausencia de lectores. Un hombre solo en un mundo mudo, sin ecos ni oyentes, o frente a un solo otro. Aún así. Y mucho más: aun cuando la expectativa de divulgación de una obra estuviera supeditada inapelablemente a una cláusula de anonimato. 

Un narrador, tal como lo veo, no escribe para la galería sino para sí (modulemos el tópico: para redimir-se o inmolar-se, para un sinfín de verbos en clave reflexiva, o, en el peor de los casos, ¿acción transitiva esta vez?, para comunicar-se). No para la historia, sino para la intrahistoria. En esa convicción podría condenarse a la anonimia, desplegado el hechizo de una vida insomne, sin que esa circunstancia empañase su vocación o socavase su ánimo, obstruyendo la kénosis. Pregunta crucial para cribar voluntades (la respuesta reclama estricta soledad ante un espejo de curvatura no trucada, plano): ¿Escribirías cada día, sin desfallecer, desde la certidumbre de que tu obra está ordenada por hipotético imperativo histórico, con suerte, al anonimato? 

El mundo se libraría de impostores, con más o menos talento, que mediatizan la obra de creación en su pretensión de trascendencia individual si toda pieza que lograra difusión lo hiciera desprovista de noticia alguna de creador. Un veto radical a la metonimia: libros sin reseña autorial, cuadros o esculturas expuestos sin otra firma que la de John Doe… El nombre impronunciable oculto en el Tetragrámaton, borrado su sonido por el tiempo. Todo fruto de creación, una contribución anónima a la «austera» intrahistoria, una fosa común, sin epitafios, donde cumplen ciclos de orfandad huesos apócrifos que al agitarse dan sonido a la conciencia naufragante de la especie. El hangar por el que deambulan sombras que musitan un himno espurio. Si algún dios jamás invocado hubiera de ser el sueño frustrado de los muertos, no ha de ser también la única promesa de inmortalidad de los anónimos. 

La obra, no concebida para salvar un nombre sino a un hombre, cuyos rasgos se desvanecerán en la memoria colectiva, quizá del desvarío humano, prevaleciendo, desnudos, la oración, el hedor, la sangre rota o el vuelo que arrastrarán a otros seres. Flujo y sedimentación en una doble dialéctica cruzada. La dialéctica horizontal de la historia y la vertical sedimentaria de la intrahistoria, hechos puros sin contorno, sin rastros de identidad individual. La inmortalidad de la voz, no la del nombre, en una vasta polifonía anónima. 

Las leyes de la ficción no son otras que las leyes de la vida para quien la ficción es la única medida del tiempo que le ha sido concedido

Nula concesión a la vanidad. No a esa vanidad pueril que censura el «Templo del Verbo Divino», invitando al de contemptu mundi y al silencio para no manchar la creación, como si la palabra humana fuera un repudiable acto de intrusión o de penetración, no muy diferente de los gritos de las aves. No ésa. La hybris hueca de un «yo» henchido que pugna por rodear la noche, por esquivarla, meciéndose en un nimbo de elegidos sobre millares de tumbas que bostezan sin memoria para saciar el ansia necrófaga de la tierra. 

Para quien, acuciado por una sombra precoz de muerte, solicitara al Castillo (Schloss Nornepygge) la destrucción de cuanto había escrito, no es extraño en absoluto que la literatura fuese sólo (nada menos) un modo, no un medio, de vida, de condena o de proceso, de transfiguración, de «desamparo, de agobiante observación de uno mismo, de soledad y derrumbamiento», de angustia de persecución, de «misteriosas misericordias» contra una fortaleza quimérica, de hemoptisis sobre un padre inhóspito. 

Y desde esa experiencia de la literatura, reservar un rincón de voz en el último año de aliento a una niña sin muñeca, poniendo en las cartas la misma concentración, la misma «gravedad y tensión» -testimonia Dora Diamant- que en el asalto a las últimas fronteras terrenales, era algo presumiblemente natural, nada que pueda suscitar asombro, pura lealtad al sentido último de la literatura: rescatar a una niña de algo que empieza a parecerse al dolor de una pérdida desvela la virtud sonámbula de la palabra de una forma más nítida que muchas páginas que delatan un histriónico esfuerzo de posteridad o la seducción de una devota audiencia en un foro de Brooklyn, porque las leyes de la ficción no son otras que las leyes de la vida para quien la ficción es la única medida del tiempo que le ha sido concedido. 

El curso de la invención no eclipsa la realidad, antes bien, dota a la existencia de su dimensión precisa. La imaginación sí puede ser catarsis, y si permite al hombre «explorar con impunidad sus cavernas, y los demonios que allí habitan deben dormir o devorarnos, si deben soportarse como un sueño» para no sucumbir a sus orgías, un buen modo de hacerles enmudecer, de combatir su procelosa vigilia, es imaginar para una niña. Las palabras casi deshechas, quietas e inaudibles ya, que sofocaron un pequeño llanto tienen menos oficio de máscara mortuoria que todas las inmemorables páginas que abortaron.


VICENTE LLAMAS ROIG es profesor de Filosofía Moderna en la Pontificia Universidad Antonianum (Murcia). Autor de “El lógos bifacial. Las sendas de Eros y Thánatos” (Sindéresis, 2015) y otros libros, ha colaborado como articulista en el diario La Opinión de Murcia.Suscríbete gratis!