Paraíso sin perdón

Pedro Sánchez, en 2016 | El Español Pedro Sánchez, en 2016 | El Español

«La izquierda sabe que el cielo está en la tierra» pregonaron Pedro Sánchez y el Partido Socialista –si es que no son lo mismo, como la Hidra de Lerna–. Reflexionando sobre tal afirmación uno termina preguntándose si realmente Sánchez y sus expertos en comunicación creen en el Cielo y de qué modo. En un Cielo sin Dios o en el que el único dios sea él. En un Cielo, tal vez, subvertido, rojo, abrasador. Si Sánchez tiene la concepción de Cielo habría que preguntarse cuál es y si es a lo más alto que aspiran sus seguidores. Cuando el presidente publicó su «Manual de resistencia» pareciera que tenía en mente volver la vista atrás y darse las gracias a sí mismo por resistir. Ahora, el título puede leerse en tono profético por doble partida: ya no se trata de resistir hasta la insidiosa agenda de 2030, sino hasta la de 2050. Cuando el filósofo francés Fabrice Hadjadj hablaba de la obsolescencia programada de todo aquello de carácter tecnológico, lo hacía dando por hecho que el consumidor gozaría del producto concreto durante, al menos, un tiempo limitado. Pero Pedro va por delante de los tiempos, no concibe (y, aunque lo deseamos, no esperamos que lo haga) el Credo católico –Dios de Dios, Luz de Luz–, sino el liberal. Sánchez es progreso del progreso, futuro del futuro. Por ese motivo no concibe una agenda 2030, que sin haber llegado todavía ya está obsoleta, sino una agenda 2050.

Al hablar de Cielo uno piensa ineluctablemente en la eternidad, mas una eternidad en la tierra, donde todo perece, resulta contradictorio. Lo que dura o, en definitiva, lo que vive para siempre, se enfrenta a lo que muere. Pero Sánchez, parece, no muere, porque sus ojos no posan ni reposan en el presente, sino en el futuro del futuro, en 2050. «El presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad», señaló Lewis. El presente es el instante que siempre es, donde nos son ofrecidas realidad y libertad; divino binomio que, de generosa Mano, permite fijar nuestros ojos en la eternidad, sin olvidar el presente, y redimirnos de nuestras más abyectas miserias. Sánchez nos ofrece otra clase de mano, una garra más bien, un violento empujón que nos aleje de la realidad y la libertad para privarnos, incluso, de la más injusta e inmerecida redención. Quiere puestos nuestros ojos en un tentador porvenir para no reparar en todo aquello de lo que nos despoja en el presente. Sánchez nos ofrece, pues, un Paraíso sin perdón, irreal y esclavo.

Pensar en el futuro es pensar en lo que no es, es construir castillos en el aire, es temer. Es lo que, en cierto modo, en términos médicos se ha venido calificando como “ansiedad”. Por supuesto, se trata de un futuro que no profundiza en el presente porque, como matizaba Lewis, pensar en el futuro es justo «en la medida en que sea necesario para planear ahora los actos de justicia o caridad que serán probablemente su deber mañana». Sánchez es un horizonte rebosante de esperpénticas posibilidades, es un horizonte en sí mismo, pues cuanto más se acerca uno, tanto más se aleja él. Es el ocaso encarnado del sentido común.

No sabemos si la invocación a tan disparatada consigna fue intencionada o no –probablemente lo sea–, ni con qué fin. Desconocemos si con tal afirmación quería ofender a los católicos «que hablan con serpientes», que decía un torpe e insulso Gabriel Rufián en el Congreso, que ni siquiera sabemos si se refería a sí mismo, pues increpaba con dicho comentario a ciertos diputados de Vox. Lo que sí sabemos algunos pocos (“We few, we happy few”) es que no queremos el cielo de Sánchez, ni su agenda a la que todavía le quedan 30 años. Nuestro Credo es antiguo y no envejece; no muta, como las serpientes con su piel; y tampoco necesita retrasarse 20 años porque ha llegado en la plenitud de los tiempos.

TONI GALLEMÍ

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