Diez años del 15M

Manifestante de 'Juventud sin Futuro' Manifestante de 'Juventud sin Futuro'

Reconozco que lo vi todo desde la barrera en mis últimos años de facultad. Ya estaba yo curado de ciertas cosas como para morder el anzuelo pero, como no podía ser de otra forma, también me hizo pensar de nuevo algunas cuestiones políticas, sociales y vitales, incluso estuvieron a punto de convencerme en algún momento. «Lo llaman democracia y no lo es», «Que no, que no, que no nos representan», «Democracia Real Ya», «Sin casa, sin curro, sin pensión, sin futuro. Sin miedo». Por si alguien no se acuerda, se cumplen 10 años del 15M.

Un repaso rápido a lo que ha pasado en esta década: de Juventud Sin Futuro nació Podemos; se presentó a las europeas, Pablo Iglesias fue nombrado eurodiputado; volvió para presentarse a las generales, entró en el hemiciclo; Zapatero se fue, llegó Rajoy; Sánchez, Sánchez fuera, Sánchez vuelve; Rajoy presidente, moción de censura; Sánchez; Sánchez con Iglesias; Iglesias se presenta a las elecciones de Madrid e Iglesias dimite de todos sus cargos y deja la política activa. Y, mientras tanto, ¿qué ha sido del concepto de representación parlamentaria? ¿Y qué ha pasado con la democracia representativa misma? ¿Qué pasó con el paro juvenil? ¿Y con la Constitución española? ¿El poder de la banca? Nada.

El 15M, como la democracia occidental, fue una estafa piramidal que rentabilizó la mayor crisis económica del capitalismo reciente. Los dirigentes del movimiento (nunca fue transversal), hoy ocupan altos cargos de la política española y se embolsan salarios de más de 100.000 euros anuales. Mientras tanto, el paro juvenil se encuentra en el mismo punto que hace 10 años en los que el nihilismo ha vuelto a recorrer la música española, gracias también al coronavirus y a una nefasta gestión política, complaciente con las necesidades de la economía.

Las libertades individuales se encuentran más reforzadas que nunca e incluso ha surgido una nueva corriente de neo-neoliberales anarcocapitalistas con la formación y el entendimiento económico de un chaval de 15 años. Por no hablar de la panda de cretinos pertenecientes al cuerpo funcionarial del Estado que piensa que el dinero crece en los árboles. Pero el debate sigue siendo absoluta y falsamente dicotómico: libre mercado o Estado (con la paradoja, además, de que quien es verdaderamente libre es quien trabaja para el Estado, pero eso lo dejo para otro artículo). España, que en algún momento estuvo poblada de estructuras comunitarias opuestas por principio tanto al poder económico como al político, quedó a merced de las fauces de ambos lobos, y los ciudadanos gozando aislados de las dádivas individuales que le regalan ambos a cambio de su silencio cómplice.

El 15M, que también prometía reconstruir el tejido social con sus «círculos», lo deshizo hilo a hilo para convertir cada uno de ellos en una comisión parlamentaria de la que cobrar por asistir a cada una de sus reuniones. Aunque tampoco se puede extrañar nadie, en la Puerta del Sol ya hubo una comisión de feminismo, otra de espiritualidad, inmigración, yayoflautas… «Lo común», si es que aún quedaba algo, desapareció y dejó paso a «lo mío». 

Mientras tanto, la política ganó una nueva remesa de librepensadores más los cargos de confianza de cada uno. Ellos, que bramaban contra los asesores de Ana Botella en el Ayuntamiento de Madrid, colocaron a dedo a cuantos colegas pudieron. Los mismos que se quejaban de los políticos profesiones y de la casta entraron a formar parte de ella incluso sin tener los estudios universitarios terminados y, por supuesto, sin haber cotizado un solo euro. Eso sí, consiguieron transformar las reclamaciones de la izquierda obrera e indignada con las condiciones laborales, vitales y existenciales de Occidente en el discurso sobre cuestiones progresistas de la izquierda indefinida (por utilizar la terminología de Gustavo Bueno). El resultado es el chupicapitalismo woke en que vivimos. Un rider autónomo que nos trae ecológicamente y sin contaminar comida de nuestro tailandés favorito del mes a nuestro piso de Malasaña.

Otras cuestiones, sin embargo, cayeron en el olvido y los conservadores tampoco hicimos nada para remediarlo (dame pan y llámame tonto). La representación política, la democracia como un cheque en blanco a un partido, el papel del Estado, la sociedad del bienestar… Se consiguió lo que parecía imposible: que olvidásemos la crisis de 2008 y que siguiésemos  siendo igual o más pobres y desde luego mucho más idiotas. Los trabajos basura campan a sus anchas y todo vale con tal de ganar dinero, véase, por ejemplo, Onlyfans. Los jóvenes (que tienen suerte) vivien en pisos compartidos hasta los 30, soñando con poder comprar para especular un día con el precio de la vivienda y ganar unos miles de euros. Los listos se hicieron funcionarios; los menos listos, pero que sabían inglés, acabaron en una consultoría trabajando más de 8 horas al día y mirando por encima del hombro a los más pobres y, estos últimos, comprando y revendiendo productos de China, estafando al más tonto de la clase. Es el capitalismo, amigos.

Decía Aristóteles en la «Ética a Nicómaco», mucho antes que cualquier otro, que en ocasiones «es debido indignarse». El 15M nació de una reivindicación justa pero mal enfocada. De igual modo, la libertad que se reclamaba hace pocos días también en Madrid era una queja justa, pero yerma. Sólo reclamamos al capitalismo como consumidores insatisfechos y no por obligarnos a consumir. Nos quejamos del precio y no del valor. Pedimos nuestra parte del pastel. Sin embargo, no nos manifestamos por nuestro vecino, por nuestro compañero sin trabajo, por el futuro de nuestros hijos o siquiera por la posibilidad de tenerlos. La indignación, o la pataleta, toca cuando nos atañe a nosotros, mientras que cuando no nos vemos afectados sólo debemos mostrar empatía hacia el más desfavorecido, salvaguardando en nuestra conciencia más íntima otro sentimiento más abyecto del que nos avergonzamos: si no lo has conseguido es tu problema. Y esto también es parte del capitalismo woke, a izquierdas y a derechas.

Lo cierto es que lo único que hizo falta para acabar con el 15M fue repartir unas limosnas aquí y allá para poder volver a construir castillos en el aire. «Sí, se puede». No tienes casa, pero existe la posibilidad de que la tengas, puedes cambiar de curro, puedes tener un plan de pensiones privado, puedes labrarte tu futuro desde cero en bicicleta o prostituyéndote. Eres libre de tener posibilidades (no cosas concretas), pero también es posible que lo pierdas todo. Sí, también volvió el miedo. Esfuérzate un poco más, quéjate un poco menos, pedalea más horas, enseña más carne, gana más followers, invierte en criptomonedas, hazte más rico, sé libre, pero ten cuidado de no perderlo todo por mirar hacia otro lado.

Al final, el 15M no fue más que la queja desesperada de estómagos hambrientos utilizada en una maniobra de marketing para rentabilizar los verdaderos problemas. Sólo un ciclo más del sistema dispuesto a fagocitar su antítesis calmándole el hambre con unas palomitas y unas series en Netflix. De las condiciones de producción, la forma de consumo y la extinta vida comunitaria ya hablamos otro día. Bueno, también queda la placa: «El pueblo de Madrid, en reconocimiento al movimiento 15M que tuvo su origen en esta Puerta del Sol. Dormíamos, despertamos». Después nos volvimos a acostar soñando con ser felices y compartir la felicidad algún día.