Antinomias de la razón pura

El paso de la laguna Estigia El paso de la laguna Estigia, J. Patinir

Tesis: La Casa Usher

Hay un vago rasgo de crisálida malograda en la luz ácima del verano que invita a las endebles máscaras de la anarquía. Los ecos del cisne moribundo en un teatro ínfimo son ahora menos desgarradores sobre ese fondo irreverente de sed y alas pavorosas llenas de noche y frutos sombríos, la dulce deriva lúdica y sus designios de ingravidez, abiertos al énfasis excesivo. El invierno restaura la desnudez y los tonos lívidos de la distopía.

Hay un tiempo de disipación y un tiempo de hechizo. Un tiempo de extrañeza articulado en rituales de fobias que nos protegen en apariencia de la caída, la plena conciencia de transitar intimidades ya holladas y rehechas con menos devoción, incansables nómadas abocados inevitablemente a algún paraje frío regido por dioses mínimos.

El verano es el pasadizo por el que creemos escapar a la disforia que nos aguarda en la otra orilla del Aqueronte, el santuario del azar y los lechos anónimos. Regresará el invierno, fantasma gris reptando sobre las aguas empañadas del cementerio marino, territorio sacro, sin materia, «entre el vacío y el acontecimiento puro», que describe Valery. Ocultos quedarán los muertos en la tierra «que los calienta y su misterio seca», pero el verme irrefutable, el que miente al gemir en la tormenta (su gemido es la mentira que le encubre acechando a la rosa enferma), se alimenta de vida.

Anegará el otoño los surcos de una euforia raída, vendrá con «caracolas, uva de niebla, montes agrupados» y ojos que nadie querrá mirar. De nuevo será tiempo de opio masivo, de mesiánicos clamores que dañarán más íntimamente la íntima sustancia dañada de la rosa, de vanas ofrendas y sordos oficios de lágrimas. El hombre residual de los propósitos frustrados por perversas simbiosis basadas en el aire. Todo se basa en el aire, o en la penumbra. Ningún rastro de éschaton.

El hundimiento de la Casa Usher: «unabatimiento, una náusea del corazón». Umbrales de una casa derruida, fatigada por ruinosos colores, que nada custodia tras sus muros. Semejantes a pupilas secas, las ventanas imposibles de la mónada ya no perciben los detalles vagabundos que arrastra una luz endémica, global, siempre rezagada respecto a los sueños. Techos desmoronados como escamas dispersas de un ágono que se aferra al aire sin comprenderlo, porque no hay en él sólo nostalgias enterradas aún vivas, también sangre de astros y de luciérnagas que desatendimos.

Pienso ahora en la sórdida maquinaria que muele al mundo, con sus promesas marchitas de transparencia que no sofocan los tumores subterráneos de tantos hogares inaudibles. Pienso a menudo en el convento dominico de la Anunciación de París, el de la Rue Saint-Honoré. No en las reuniones que se celebraron en la sala capitular o en la biblioteca, las del antiguo Club Bretón, sino en las multitudinarias asambleas que tuvieron lugar más tarde en la iglesia, el laboratorio político jacobino que polarizó la vida revolucionaria durante el Terror, hasta ser arrasado en la caída termidoriana.

En la guadaña: el lógos más eficaz para depurar nuestras sucias manos, ciegas criaturas sin memoria que jamás ceden, condenadas a repetir crónicamente la miseria, la usura … o el germen.

Antítesis: El himen inmenso

«El mar, la mar, como un himen inmenso», la oración fúnebre del ángel fieramente humano («Dónde está Blas de Otero?» … ¿Muerto, con los ojos abiertos?). Árboles abolidos que elevarán sus brazos escuálidos en muda plegaria como si las aguas antiguas volviesen a ser cólera. El mar roe la tierra, borra las huellas del invierno. Cerrar los ojos para dormir el sueño de los vivos. La muerte está hueca, ciega, por dentro. No ve, no aúlla, no vela, calla por dentro, su poder quieto en lo profundo de la piedra durante el tiempo de los hechizos. 

Disfrutad, entretanto, criaturas estiófagas. Toda la insomne luz de un verano por delante para tejer o destejer mortajas, para fundar o arrasar severos ámbitos sin colores, para creer o claudicar. Al final, no seremos más fieramente humanos, pero sí más ferozmente lo que seamos.


VICENTE LLAMAS ROIG es profesor de Filosofía Moderna en la Pontificia Universidad Antonianum (Murcia). Autor de “El lógos bifacial. Las sendas de Eros y Thánatos” (Sindéresis, 2015) y otros libros, ha colaborado como articulista en el diario La Opinión de Murcia.