La tribu

Welcome Home, Norman Rockwell

Vivimos tiempos convulsos en los que valores como la lealtad y el amor han perdido la importancia que antaño poseían. Pero como en toda noble causa aún existen valientes seres de luz que invitan al entusiamo y a creer que el sol volverá a brillar entre las nubes. Porque siempre que ha llovido, ha escampado. Uno de estos valientes, David Gistau, cuida de su preciosa familia desde los cielos de Madrid. Y dejó antes de irse decenas de artículos en los que sin quererlo crearía escuela en los amantes de la pluma. Concretamente, en uno de sus artículos más profundos sueña con que su hijo sea un hombre de códigos. Justamente como muchos han descrito a su padre tras su temprana marcha. Un hombre de tribu, muy amigo de sus amigos. No cometeré el error de ponerme a hacer filigranas porque cuando uno intenta imitar la visión de Jose María Gutiérrez Hernández o las diagonales de Xabier Alonso Olano lo único que consigue es dejarse en ridículo. Estás lineas no necesitan de cócteles para ser leídas. Lo único que requieren es que su fuego interno sirva de luz entre tanta oscuridad como las estrellas del cielo ejercen de guías en la noche a los pescadores.

Un grito en el firmamento que despierte a las conciencias dormidas con el fin de recuperar los valores que antaño regían en cualquier persona de espíritu noble. El respeto a la palabra dada, la lealtad hacia aquellos que consideramos nuestros y el amor hacia los miembros que forman la tribu de la que somos parte. Pero esta tribu no se limita a la herencia de la sangre. En ella tienen cabida todos aquellos amigos por los que seríamos capaces de inicar una cruzada en cualquier parte del mundo con tan solo una llamada de teléfono. Son tan fuertes los lazos de unión con estas personas a las que acostumbramos a denominar amigos que a través de la lealtad y la confianza demostrada se acepta a nuevos miembros para nosotros desconocidos, pero que cuentan con la bendición de nuestra gente. Y esto les hace extensible el sentimiento de identidad, lo que permite ampliar el número de habitantes de la tribu y hacer de ésta un lugar más fuerte y seguro al que acudir cuando la situación lo requiera.

Es por ello que en una sociedad cada vez más fragmentada debemos de tener la capacidad de buscar entre nuestros semejantes aquello que nos une y apuntalarlo bien fuerte. No debemos de seguir perdiendo el tiempo con discusiones de patio de colegio. Y mucho menos dejarnos influenciar por aquellos que solo quieren enfrentarnos. Lo importante es poner en valor aquello que nos une para poder construir un espacio común en el que habitar. Y es normal que haya diferencias, qué aburrido sería el mundo si todos fuesemos iguales. Las circunstancias no nos permiten seguir perdiendo más tiempo y ya es hora de actuar como aquellos hermanos que entre ellos se pelan pero si alguien osa enfrentarse a alguno, el otro no dudaría ni un segundo en enseñar los colmillos por defender a los de su tribu. Debemos saber que del orgullo no se vive y que de los sacrificios de hoy dependerá el futuro de mañana. Demostrar la sufiente madurez para permitir converger a aquellos parecidos a nosotros en un proyecto común, porque solo juntos seremos más fuertes. El tiempo se agota y el día de la estocada final cada vez está más cerca. Defendamos a los miembros de nuestra tribu. Aunque eso implique discutir en privado y dar la cara en público.


JAIME CLEMENTE