Un breve apunte sobre la guillotina

BULLOZ /RMN-GRAND PALAIS

No se le esconde a nadie que Twitter, en gran medida, es una de las peores cosas que le podía haber sucedido a la discusión pública. No obstante, este apercibimiento representa un feliz hallazgo que nos permite poner en entredicho las profetizadas virtudes del progreso tecnológico desenfrenado y la creencia ciega en el kerigma de la Técnica que le hace las veces de heraldo. Las Redes Sociales bien podrían ser una ilustración definitiva de que avances tecnológicos abandonados a sus propias lógicas de desarrollo, sin un contrapeso ético que las vigile, nos hacen humanamente más pobres. 

Recientemente participé en un coloquio en el canal de TVE GenPlayz. La charla fue edificante, se lanzaron un buen puñado de ideas bien maduradas, y creo que todos los participantes pudimos llevarnos a casa (como si de un juego del programa se tratara) el regalo que brinda una discusión estimulante: ese limar asperezas por medio de un abandono a la fuerza del argumento, un dejarse barnizar por el poder de convicción de las palabras. 

Y, sin embargo, ¿qué impronta quedó de todo aquello a ojos de los telespectadores digitales? La extracción de su contexto de una salida de tono de uno de los participantes. En efecto, la escritora Elizabeth Duval, en un momento dado, se refirió a que un impulso ajusticiador se apoderaba de ella al pensar en la escapada de El Rubius y otros burladores de la tributación española a Andorra. Soy de los que piensa, para ser honestos, que aquello no venía demasiado a cuento, en la medida en que el debate trataba sobre el poliamor. Pero la verdad es que todos entendimos que aquello no era más que una hipérbole, figura retórica de difícil recepción para la mente frentista del nativo digital. De hecho, me divirtió el comentario de Elizabeth, y en el vídeo pueden oírse mis carcajadas extemporáneas. 

No diré que fuera inesperado, pero sí lastimoso: al día siguiente, todo lo que sobrevivió al frenético olvido internáutico de aquel programa fue un extracto en vídeo de la boutade de Elizabeth. Mentar a la guillotina fue la excusa perfecta para que el sector diestro de la grieta se galvanizara, y pronto comenzó ese proceso patológico que damos en llamar “viralización”. Los espadas “antiposmodernos”, muchos de ellos con una audiencia más abultada que la propia Duval, comenzaron a pintar una diana en la cabeza de la escritora, hacia donde sus acólitos debían orientar sus flechas. Una de las musas del “#TeamFacha” (una especie de dominatrix sadomasoquista que gusta de ofrecer sus frívolos análisis en los foros más apolillados del neoliberalismo) abrió la veda cargando contra la filósofa, quejándose de que aquella “incitación al odio” no tenía cabida en un espacio público. ¿No es ese mismo sector de opinión el que clama contra la “dictadura de lo políticamente correcto” cuando la “neoInquisición” expone injustificadamente a escarnio colectivo una conversación de mal gusto extraída del ámbito privado (veáse, por ejemplo, sacar a la luz un chiste vejatorio)?

A la denuncia de la inhumanidad de Duval se unía raudo un yutuber libertario, una suerte de propagandista de la desregulación con delirios de galán vigoréxico de Hollywood, para señalar que existía un “doble rasero” entre lo que se le permitía al progresismo frente a la censura a la que se sometía al espectro de la derecha-liberal. Y bien, ¿no resulta contradictorio que quienes se quejan de la “dictadura progre” y el “marxismo cultural” que “victimiza” a los “ofendiditos”, se muestren tan prestos al sollozo cuando uno de esos presuntamente “ofendiditos” lanza una proclama con la misma incorrección que ellos? 

Así pues, como lección provisional que sacar de esta “polémica” (alpiste esencial de los medios de comunicación contemporáneos, indistinguibles en su mayoría de los tabloides), cabe decir que esto no se trata de una cuestión, en realidad, de “dictadura de lo políticamente correcto”. Estamos más bien ante unas dinámicas digitales, consagradas por el dominio global de las BigTech, que espolean activamente esa tendencia tan humana a formar filas antes que a pensar con racionalidad y mesura. 

Todos los días nos tropezamos con pruebas de lo tristemente envilecedor que es el mundo de la (a)sociabilidad digital, y qué perverso su encarrilamiento de la discusión hacia el exabrupto, la porfía y la faltada. Esas “redes”, sustitutos jibarizados de los vínculos humanos sinceros, nos fuerzan a comparecer en tanto que portadores de máscaras tribales, como patéticos personajes que pugnan por hacer valer su verdad violentamente y que solo cuentan en calidad de peones de uno u otro credo ideológico. 

No tengo dudas de que muchos de los que virulentamente se baten en duelo por Twitter (y acaban incluso en esa negación ontológica del otro que es el “bloqueo”), de haberse conocido tomando una caña en un bar, habrían acabado entonando juntos un himno de armonía. Escribo esto en domingo, y hago por tanto un ejercicio de arrepentimiento y contrición, reconociendo que yo mismo, en más de una ocasión, me he dejado arrastrar por esas fuerzas ardorosas algorítmicas que nos inclinan a la hostilidad y la discordia. 

Quiero acabar en un tono más conciliador. Las mecánicas de exposición nuda, de posicionamiento constante, de justificación escénica y de validación externa hacen del debate público virtual un lugar peligroso e inhóspito. Pero es justo precisar que estos foros proporcionan también un marco de conversación que, con un empleo cabal, puede ser encaminado en una orientación deliberativa. Cuidémonos pues de la deshumanización que copa nuestros timelines, y, sobre todo, velemos por que estás lógicas perversas de discusión enfocada a través de la indignación, la ofensa y el insulto no permeen en nuestras conversaciones presenciales. Un coloquio de sobremesa siempre invitará más a la cordialidad que un hilo de Twitter. ¡Pero qué extenuante convertir nuestras charlas al lenguaje del silenciamiento y el embate rencoroso…!


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ (Burgos, 1997) es estudiante de Filosofía y Política en la UAM/UC3M y ha colaborado en medios como El Confidencial Digital.