Mentiras

Ilya Glazunov, Judas Kiss,1985

Una palabra verdadera, incluso pronunciada por un solo hombre, es más poderosa, en ciertas circunstancias, que todo un ejército. Václav Havel


Desde muy pequeño, el niño aprende a mentir. Esa momentánea suspensión de la realidad, vivida en su conciencia como la materialización de una anomalía, equivale a una distorsión en el centro de un universo que él prefiere imaginar diáfano. ¿Por qué, entonces, el recurso a la mentira? Porque en ella descubre un modo de escapatoria. Ante la inminencia del castigo, mentir supone una liberación. Al contrario que el adulto, esa salida urgente del atolladero no la percibe el niño como la conquista de una posición de ventaja. Supone un alivio, desde luego; aunque también es algo que su intuición le dicta que no debería ser así. Por efímeros que resulten sus efectos, el conflicto que suscita el quebrantamiento de una norma de orden superior a la satisfacción inmediata de sus intereses, apunta, de manera latente, a la posibilidad de un reproche de naturaleza moral. Y, al mismo tiempo, declara una evidencia que en la mente del niño quedará cincelada con caracteres indelebles: que la mentira no pertenece al orden natural de las cosas.

El niño miente y, sin embargo, esa falta de correspondencia entre sus palabras y los hechos, en la que tan tempranamente aprende a incurrir, no merma su credulidad. Por encima de cualquier indicio que apunte en la dirección opuesta, desea preservar intacta su confianza. Anhela creer que las cosas son como los mayores le aseguran que son. Lo que solemos llamar ingenuidad no es, pues, sino la manifestación de un mecanismo en virtud del cual la psicología del niño expresa la necesidad de que su existencia discurra por un cauce seguro. Fuera de ese ámbito, todo se vuelve inconsistente. En cualquier momento, hasta el asidero más firme podría ceder. Así es como, desde muy pronto, la mentira se muestra ante el niño con su característico rostro bifronte: el mágico instrumento que le permite eludir el castigo y la oscura puerta de acceso a un mundo enturbiado por la amenaza de la incertidumbre, la confusión y el desorden.

La generalización de la mentira abandona su condición ocasional de elemento civilizador para convertirse en el síntoma de una enfermedad que nos destruye

Al hilo de este aprendizaje sutil, algunas de las tramas de los más célebres cuentos infantiles incorporan una advertencia acerca del poder corruptor de las mentiras. Como no podía ser de otro modo, también la Biblia lo hace: el “No lo sé” con el que Caín responde cuando Dios le interroga acerca del paradero del hermano al que acaba de asesinar, actúa como señal inequívoca de que la mentira resulta indisociable del proceder inherente a un carácter perverso. De ahí que nos parezca inconcebible, mientras aún somos niños, que nuestros padres nos mientan. Sus palabras suponen siempre un refrendo por medio del cual nuestros temores más profundos se disipan. Quizá por eso la cancelación de la infancia acontece en el instante -imposible de establecer en un punto exacto de la escala del tiempo- en el que, a través del descubrimiento de alguna falsedad probablemente nimia, nuestra mirada se adentra por primera vez en la entraña carcomida del mundo. Hemos olvidado ese dolor originario, pero las secuelas del desencanto persisten. Nada será igual en lo sucesivo. El resultado inmediato de esa herida abierta en la piel de nuestra inocencia, y a causa de la cual el escepticismo y la desconfianza se convertirán ya en nuestros huéspedes habituales, es que nos acostumbramos a proyectar sobre los demás una mirada de suspicacia. Nos llenamos de prevenciones y recelos, y nuestro proceder habitual se atiene desde entonces a una pauta de cautelas con la que imaginamos protegernos de las múltiples asechanzas del entorno.

Aprendemos la lección con rapidez. Nos adaptamos. Al contrario que Holden Caulfield, el histriónico protagonista de El guardián entre el centeno, que fantasea con la idea de mantener a los niños alejados de la podredumbre del engaño que satura el mundo de los adultos, nosotros preferimos contemporizar. No en vano, las opciones radicales implican riesgos que no siempre resulta grato afrontar. Quienes hayan visto esa obra maestra del cine que es La regla del juego, de Jean Renoir, entenderán muy bien la necesidad de guardar las apariencias y de respetar ciertas convenciones que acarrean un relajamiento de nuestras ansias de franqueza. Observando actuar a los personajes de la burguesía francesa de entreguerras que protagonizan la película, contemplando cómo se mueven y hablan, cómo con sus gestos apócrifos y sus embustes cotidianos e infinitesimales van tejiendo una densa red de mentiras en la que vivirán atrapados para siempre, uno acepta la lógica de ese final trágico en el que la única persona que en medio de ese microcosmos de mezquinas trivialidades no ha acertado a ocultar sus sentimientos, muere asesinada, víctima de una confusión absurda.

Así pues, con esa falsa naturalidad con que incorporamos a nuestros hábitos un sinfín de pequeñas astucias indispensables para el logro de ciertas cotas de sociabilidad, vamos abriendo un abismo respecto del tiempo en que cada mentira que proferíamos nos sumía en un lapso de remordimiento y extrañeza. Reconocemos la cualidad hiriente que anida en la voluntad de expresarnos con una sinceridad sin trabas y por eso, a veces, en nuestra relación con los demás, optamos por discretas simulaciones a las que preferimos dar el nombre de cortesía o delicadeza. Y a la postre, damos por bueno que sea así.

Sin embargo, trasladada a la esfera pública, la generalización de la mentira abandona su condición ocasional de elemento civilizador para convertirse en el síntoma de una enfermedad que nos destruye. Instrumento de una voluntad manipuladora, impone una única visión de las cosas y, al retroalimentarse, vuelve tóxico el espacio indispensable para una convivencia sin exclusiones. Su presencia se torna ubicua. Su proliferación adquiere las índole de un veneno que todo lo infecta. Por descontado, quienes viven de expandir esta ponzoña saben muy bien cuál es su propósito último: el debilitamiento del tejido común que debería hermanarnos. Se produce así la desmoralización de una parte significativa del cuerpo social que, mediante la obligación de aceptar que está siendo engañada, debe al mismo tiempo asumir que la están humillando.

Quienes viven de expandir la ponzoña de la mentira saben muy bien cuál es su propósito último: el debilitamiento del tejido común que debería hermanarnos

El éxito de la mentira, el modo en que, con vistas a la perpetuación de un poder inicuo, no sólo consigue ser tolerada con mansedumbre, sino disculpada y hasta jaleada por un sector quién sabe si crecientemente amplio del espectro social, nos autoriza a aventurar un diagnóstico muy poco halagüeño acerca del futuro que nos aguarda. Nos habla de nuestro probable fracaso como proyecto de comunidad y de nación. Nos alerta, además, de nuestra extrema vulnerabilidad frente a los manejos más rastreros y burdos de la propaganda. Pero también nos obliga a interrogarnos acerca de las raíces del mal. En ese sentido, cabe sin duda constatar la pérdida de un centro gravitatorio, el extravío de una referencia de orden moral y trascendente que en otros tiempos debió de actuar como baremo inamovible de sociedades éticamente más sanas que la nuestra.

En su libro Nihilismo, el filósofo Franco Volpi lo refería así: “La doctrina de la sospecha y el desencantamiento del mundo, en suma, el fin de la razón ingenua y sentimental ha erosionado radicalmente la posibilidad de creer en marcos fundantes de tipo teológico, metafísico e incluso antropológico”. Antes que él, el gran Chesterton, testigo de la eclosión de las ideologías totalitarias que estremecieron el siglo XX, había expresado parecida tesis de una manera tan brillante como accesible al individuo común: cuando los hombres dejan de creer en Dios ya no creen en nada, pero están dispuestos a creer en cualquier cosa.

Creer en cualquier cosa, dice Chesterton. Así es como la mentira se convierte en la pitanza de los esclavos. Queda entonces, como solitaria piedra de escándalo, la verdad, irradiando -ahora y siempre- un destello de liberación, el resplandeciente adorno de un aura subversiva.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ es escritor, autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017) y ‘Contramundo’ (Homo Legens, 2020) y profesor de Literatura.

Anuncios