Duele, luego existo

A young boy from Belsen Concentration Camp, Eric Taylor, 1945

En mi vida he tenido cuatro cólicos nefríticos. No es mucho dolor, pero tampoco es poco. Es cierto, sin embargo, que no he tenido que soportar los estragos de la guerra, de un accidente fatídico o de una enfermedad terminal, pero no por eso, especialmente durante estos episodios, se puede decir que no he experimentado el dolor físico y que no sé lo que es ser humano. Me duele, luego existo, podríamos decir.

Este último cólico (lo narro apenas unas horas después de haberlo sufrido, aunque se publique más adelante) ha sido el peor de todos. A las 7:50 de la maña me he despertado de una pesadilla donde una rata daba a luz a sus crías vomitándolas. Es curioso el mecanismo de la imaginación para asimilar un dolor físico. Siempre he pensado que los sueños tienen mucho más de orgánico que de anímico, y que lo anímico es mucho más orgánico de lo que un psicólogo (no digo ya un psicoanalista) se atrevería a reconocer. Entre el dolor y la náusea, me he despertado. Y apenas he llegado erguido de la cama al sofá.

Ante el dolor es imposible pensar y la preparación teórica (teorética) del filósofo es nula. Sólo el temperamento y el ejercicio sobre el propio carácter ayudan. En mi caso, he mezclado las palabrotas con perdones y gracias a quienes me atendían en casa a partes iguales. He bufado, he proferido alaridos de toda índole, se me ha cortado la respiración y he maldecido la condición humana –aclaro que ni he blasfemado ni blasfemaría–. El dolor era insoportable y me ha sumido vergonzosamente en lo más profundo de mi ser. El dolor nos remite a nuestra individualidad más desprovista de fuerzas, a nuestro yo más solitario e íntimo, donde nos perdemos a nosotros mismos para dejar sólo nuestra alma desnuda.

Ese es el gran problema al que se enfrentan los profesionales sanitarios, objetivar lo más subjetivo por antonomasia, encontrar un vocabulario universal para tan lamentable e individual estado. Sin embargo, la paradoja es que no hay nada más humano y universal que ese misérrimo momento. “El dolor es una de esas llaves con que abrimos las puertas no sólo de lo más íntimo, sino a la vez del mundo”, escribe Jünger en 1934.

Por suerte, en esta ocasión estaba acompañado y, mal que bien, han conseguido aliviar más rápido que otras veces mi penosa situación. Temía acercarme al ambulatorio, ponerme la mascarilla cuando apenas conseguía respirar, pero ante la urgencia no caben los temores ni los remilgos, como bien sabemos los que nos enamoramos de Kitty (la princesa Katerina Aleksándrovna Shcherbátskaya) y sus cuidados mientras leíamos Anna Karenina. De la misma forma, la atención de mi médico de cabecera, quien nos cuida desde hace más de 20 años, ha sido rápida y concisa, pero no por ello menos humana ni amable. La enfermera, a su lado, me ha secado el sudor de la frente y me ha administrado un pinchazo en el culo. Al final el dolor me ha dejado, literalmente, con esa parte tan pudenda de mi alma al aire.

El episodio, en total, apenas ha durado tres angustiosas horas. Las suficientes para hacerme reflexionar de nuevo sobre la penosa condición humana y su relación con el dolor. “Cuando nos acercamos a los puntos en que el ser humano se muestra a la altura del dolor o superior a él logramos acceder a las fuentes de que mana su poder y al secreto que se esconde tras su dominio. ¡Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres!”, continúa la referida cita de Jünger. Y ahí estoy yo, conociéndome cólico a cólico.

El dolor nos remite a nuestra individualidad más desprovista de fuerzas, a nuestro yo más solitario e íntimo, donde nos perdemos a nosotros mismos para dejar sólo nuestra alma desnuda

Y es que, más allá de la forma en que cada uno –o la Medicina– enfrentamos la adversidad, en el dolor nos reconocemos los unos a los otros hasta poder transitar fuera de nuestra conciencia. No hablo ya del sentimentalismo o de la empatía mal entendida, sino de la justa conmiseración, la misma que he visto en los ojos de mi médico y que he notado en la palmada que me ha dado en la espalda al salir.

Pero tampoco me gustaría que estas palabras se sacaran de contexto. Precisamente, el sufrimiento forma parte de la vida, es connatural a ella y ser capaces de reconocer este hecho nos hace más humanos, en todos los sentidos. La aristotélica virtud de la prudencia (Ética a Nicómaco VI, IV) es aquí la que dicta, o más bien descubre, dónde está el límite del dolor. Así, si bien es cierto que nadie se merece gratuitamente el sufrimiento, no es menos cierto que otros se merecerán el tormento eterno, o que en algunos casos la razón instrumental dicte que es necesario su sufrimiento para un bien mayor, pero esos son asuntos que desbordan estas líneas por ambos márgenes. Del mismo modo, dejo de lado conscientemente y para otro día hablar del dolor del ánimo, la tristeza, la melancolía, o la moderna depresión.

En todo caso, y ya me acerco al final, hoy día vivimos en la época de la higiene absoluta, donde tememos más los viscerales ataques del dolor y sus consecuencias físicas y fisiológicas que a la propia muerte. Una época en la queremos acabar con el dolor a base de medicación. Una época, en definitiva, donde el dolor debe ser erradicado completamente, si es necesario, erradicando la propia vida, revestido, eso sí, este falso principio de sentimentalismo y de una supuesta bondad. Nada me espanta más y nada me parece más deshumanizado.


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