El milagro de la atención

El caminante sobre el mar de nubes | C. D Friedrich

Hemos dejado de desear las cosas. Semejante afirmación contradice una de las premisas sobre las que parece sostenerse un mundo en el que se nos incita a consumir sin tasa. En el tiempo del acaparamiento febril y el exhibicionismo impúdico, ¿cómo aceptar la posibilidad de una mengua de nuestros deseos, de un desfallecimiento, siquiera mínimo, de nuestras ansias de apropiación de todo aquello que se nos antoja apetecible? La respuesta requiere una aclaración terminológica: confundimos el deseo con el encaprichamiento. El deseo reclama una mirada que se esfuerce en penetrar hasta la esencia de su objeto. Se encomienda a la constancia. Merodea en torno al hermetismo de un enigma que, justo cuando parecía rendírsele, vuelve a plegarse sobre sí y a demorar nuevamente su entrega. El encaprichamiento, en cambio, acostumbra a ser mudable. Su sello es la impaciencia. Se conforma con servir de cauce a una atracción instintiva. Cree venerar lo obvio de una apariencia por la que, en realidad, no llega a sentirse interpelado. Y cuando a su voluntad de conquista se le interpone algún escollo, lo habitual es que desista de su empeño.

Así pues, entre el capricho y el deseo media un factor que determina la distinta naturaleza de ambos. Ese factor es la atención. No podemos desear sino aquello que hemos mirado atentamente. No podemos desear otra cosa que la porción de realidad sobre la que nuestra mirada se ha detenido imbuida de un interés que, extendido en el tiempo, se reviste de devoción y paciencia. En un ensayo muy breve que lleva por título Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares, Simone Weil escribe: “Si hay verdadero deseo, si el objeto del deseo es realmente la luz, el deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención”. Ahí, en esas pocas palabras, si las releemos con detenimiento, queda enunciada la cristalización de un fenómeno asombroso. Aluden a un deseo que, en su intensidad máxima, es susceptible de producir el objeto que desea. Pero no lo describe en los términos propios de un éxtasis súbito, de un arrebato tan inesperado como a la postre gratuito. Lo hace como el fruto necesario de una persistencia sin fisuras. Como el culmen de una fe indesmayable en la contemplación y la espera.

Desde esa perspectiva, no debe sorprender que Weil proceda a establecer un vínculo natural entre el esfuerzo inherente al estudio y su repercusión en el devenir espiritual de la persona. “Es el papel que el deseo desempeña en el estudio –escribe- lo que permite hacer de él una preparación para la vida espiritual”.  A partir de esa concepción ascética, incluso cuando los resultados últimos disten de parecernos acordes a las energías invertidas en nuestro empeño de aprehensión intelectual, no puede esperarse de tal esfuerzo sino un enriquecimiento de las potencialidades del ser, una expansión de los horizontes vitales del sujeto, inmerso desde ese instante en un proceso en el que siente que sus facultades se dilatan a medida que su voluntad se disciplina. “Estudiar –afirma en esa misma línea de pensamiento Higinio Marín– es ejercitar trabajosa y disciplinadamente la propia capacidad, y es tan duro como la talla de piedras, pero tan delicado como la jardinería”.

No podemos desear sino aquello que hemos mirado atentamente. La atención nos fija a un punto, nos abre a la expectativa del arraigo.

Así es en rigor. Sin embargo, la mayor parte de las teorías pedagógicas de nuestro tiempo han procurado desterrar de su ámbito de prescripciones cualquier mención al esfuerzo. Comprometidas en la demolición de las tradicionales arquitecturas del saber, en el pertinaz apostolado de una supuesta modernización tan pretendidamente lúdica como en última instancia disolvente, han propagado el mito de unos aprendizajes fiados a la casi exclusiva intermediación de la técnica. ¿Qué ha surgido de ahí? Una atrofia de la voluntad. Una clamorosa merma de la densidad y la profundidad de los conocimientos. Un debilitamiento de las estructuras mentales necesarias para resistir con eficacia los intentos de manipulación ideológica que resultan constitutivos de esta sociedad de masas. En definitiva, han sumido a la persona en la misma atmósfera de dispersión incesante de la que un sistema educativo que hiciera honor a su auténtica razón de ser hubiera debido preservarla.

El resultado, al cabo de esta prolongada inmersión en la espasmódica bacanal de estímulos que define a nuestras sociedades, es un individuo paradójicamente apático. Un ser, las más de las veces, aplastado bajo el peso muerto de la saturación material que domina su entorno. “El hombre indiferente –dictamina Gilles Lipovetsky– no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende, y sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas”. En el polo opuesto al arquetipo descrito por Lipovetsky, se sitúa la figura de aquél que ha sido adiestrado en el cultivo de la atención. Su mirada trasciende las apariencias. Enfrentado al magma informe de la realidad, al anestesiante flujo de sucesos que abotargan la percepción, su entendimiento es capaz de establecer lúcidas analogías a partir de las cuales despunta siempre un principio de orden. Como además ha aprendido a valorar cada matiz, su sensibilidad permanece, en toda circunstancia, abierta a la posibilidad del deslumbramiento y el asombro. Es decir, a la materialización de un gozo perdurable.

Pero el encuentro con alguien adornado con tales atributos es cada vez un acontecimiento más raro. Nuestro mundo conspira contra la atención, acaso porque en ella reconoce una cualidad subversiva. La atención nos fija a un punto, nos abre a la expectativa del arraigo. Pertrechada con el complemento de una insomne perspicacia, identifica la mentira y hace viable de ese modo erigir un baluarte tras el cual la persona quede a resguardo de la ponzoña que difunden los grandes manipuladores. Y no sólo eso. En su estadio más perfecto, desdeña los oropeles que ciegan la voluntad de las masas y escoge su objeto de entre aquellos que, a los ojos del común de las gentes, aparecen desprovistos del brillo de la relevancia.

Nuestro mundo conspira contra la atención, acaso porque en ella reconoce una cualidad subversiva.

Es de ellos, de su paso casi inadvertido por los oscurecidos márgenes del mundo, de donde la atención extrae la sustancia que confiere su justo valor a lo que nos rodea. Se trata de esos “seres de desgracia” a los que con tanta frecuencia se refería Jiménez Lozano en sus escritos, ésos que, con su muda presencia entre nosotros, encarnan un desafío ineludible a los cánones estrepitosos del éxito y la aceptación. De nuevo es Weil quien acota el asunto con palabras imperecederas: “Los desdichados no tienen en este mundo mayor necesidad que la presencia de alguien que les preste atención. La capacidad de prestar atención a un desdichado es cosa muy rara, muy difícil; es casi –o sin casi- un milagro”.

Quien en el ámbito de la literatura quisiera ver ejemplificado este milagro de la atención que he intentado glosar en las líneas precedentes no tendría más que acercarse -se me ocurre- hasta la obra de Miguel Delibes. De sus personajes sólo en apariencia mínimos, del descolorido acontecer de esas existencias postergadas, hemos visto emerger para siempre una vindicación honda y definitiva de la dignidad inalienable de los débiles.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017) y ‘Contramundo’ (Homo Legens, 2020)

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