Contramundo

'Contramundo' es la útima obra de Carlos Marín-Blázquez

La rosa que debemos cultivar es la que resiste a todos los inviernos. Así cerraba Carlos Marín-Blázquez su obra primeriza «Fragmentos», que si bien ya comprendía tintes de esperanza, es con su nuevo libro aforístico «Contramundo» donde abraza con mayor fervor esta idea, sin haber renunciado a la noble tarea de denunciar los pecados del mundo con una crítica voraz.

Carlos Marín-Blázquez, profesor —de Lengua Castellana y Literatura (Las humanidades nos conducen fuera de los sótanos de la vida, «Fragmentos»)— y escritor –En todo escritor verdadero hay algo de proscrito–, nos recuerda que del mundo devastado solo nos queda recolectar sus fragmentos. Fragmentos que –cometo la osadía de afirmar– son también recibidos de una herencia ancestral que nos mantiene en pie en tiempos de grávida estolidez y de los que el autor no desiste en recordarnos con modestia. «Contramundo» es el hermano menor de «Fragmentos» en tanto que comparte una misma filosofía —lo cual nos habla bien del autor, quien no busca nuevos públicos que agasajen— y confirma su aforismo: hay escritores que, sin brillar, iluminan, aunque renuncie a identificarse como tal. Con su título, la nueva obra aforística nos sugiere una empresa mayor: ir contra el mundo. Seguido de una inmediata aclaración, porque Marín-Blázquez no percibe su obra como un manual de destrucción del mundo, sino como la modesta sugerencia de cómo salvarlo de sus enemigos. Fernando Muñoz nos lo confirma en el prólogo: se trata de «la negación de la negación del mundo».

El poema es invitación al hallazgo. En «Contramundo», al lector se le ofrece la posibilidad de saborear cada una de sus piezas, en principio independientes unas de otras, pues no siguen un orden de correlación lógica. Sin embargo, basta observar la obra en su totalidad para reparar la clarividente coherencia entre todos y cada uno de los aforismos que la conforman. En tanto que hallazgo, el libro es un acontecimiento con el asombro, pues cada aforismo nos asalta por sorpresa en un ámbito distinto al anterior. Y aunque «Contramundo» no es un libro de poesía, es sin duda poético en todos sus aspectos porque cada aforismo nos descubre una verdad –en la que denuncia un mal o nos recuerda el bien– con la bella y cuidada prosa que la caracteriza. El espíritu subsiste en el asombro.

Marín-Blázquez nos guía a lo largo de toda su aparente laberíntica obra con pleno discernimiento hasta el final. Pero el autor ya nos advierte al inicio cómo será ese recorrido. El descubrimiento revelado por los epígrafes nos desvelan el acontecer al que se enfrenta el lector. Son tres los epígrafes y tres los capítulos que, hermanados, actúan con plena armonía en el conjunto de la obra.

En el primer epígrafe Simone Weil nos descubre que «No podrías haber nacido en una época mejor que ésta, en la que todo se ha perdido». Esta pérdida que nos revela Weil nos remite al primer capítulo, Despojos en el tiempo, como símbolo de una previa destrucción en la que ahora todo está por construir. Este no-ser nos conduce ineluctablemente a plantearnos sobre el lugar devastado en el que habitamos, que es el segundo epígrafe de Romano Guardini: «¿Podemos vivir en medio de esta desolación?». Guardini nos impele a descubrir si hay o no un desequilibrio temporal que nos lleve a confirmar si ya no queda Nada sólido (segundo capítulo y corolario de los despojos), lugar en el que todo se tambalearía. En la incertidumbre sale al paso esa luz cegadora y resolutiva que es la esperanza, Romanos 12:2, para señalarnos el camino: Nolite conformari huic saeculo («No os amoldéis a este mundo»). De ahí que el tercer capítulo sea Iluminaciones, que nos imbuye en esa graciosa belleza —donde la hermosura destella hay un dios que renace— para alejarnos de esa perniciosa inclinación al acomodamiento, con el fin de acercarnos a la Verdad revelada y reconstruir el mundo arruinado. Porque no puede comprenderse la obra de Marín-Blázquez sin esa luz redentora que supone la presencia del Buen Pastor.

Así, el lector perspicaz no se deja arrastrar por la desesperación que observa, el vacío que siente (El impulso vital del hombre de hoy radica en no mirar de frente a la nada) y tampoco se amilana ante el poder despótico de las masas cretinizadas; el capitalismo salvaje y el aterrador y creciente consumismo que nos subyuga (El ideal económico vigente se limita a propiciar un mundo de cosas abundantes. Sean o no necesarias); la estulticia característica de la modernidad o la educación en ruinas que hemos recibido como legado (La educación actual no forja caracteres. Pule engranajes). Todo lo contrario.

El autor nos exhorta a que vayamos en pos de las cosas bellas y sin fruto, porque nadie más libre que el que no pretende nada; y que para que el signo de una vida cambie, basta que una brizna de belleza se pose sobre un corazón en letargo. Marín-Blázquez nos recuerda que vivimos de la luz que ciertos momentos irradian, de ahí la importancia de saber que contemplar es aprender a que la mirada hiberne en el latido de las cosas.

«Contramundo» es, en definitiva, el estímulo inteligente que nos invita a conocer nuestro mundo tal y como es; nos muestra sus grietas y señala con delicadeza y humildad el camino de vuelta: la verdad no es advenimiento inédito, sino huésped que regresa después de un largo extravío. Carlos Marín-Blázquez nos guía de la mano, sin pretensiones vanidosas, y nos muestra ese regreso a casa con el amor del que se sabe amigo, pues es plenamente conocedor de que no es con prescripciones éticas como se sale de la miseria moral, sino transformando la mirada. Y «Contramundo» es, sin duda alguna, el instrumento que nos procura una mirada limpia y trascendental de nuestro pequeño y amado mundo contrariado.

Las palabras nos mueven, pero sólo el amor transfigura.

Carlos Marín-Blázquez ha publicado los dos libros mencionados: «Fragmentos» (2017, Editorial Sindéresis) y «Contramundo» (2020, Bibliotheca Homo Legens). Escribe periódicamente en La Controversia y en El Debate de Hoy.


TONI GALLEMÍ

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