Jardines

Farm garden With Sunflowers, Klimt

Existen periodos que nos inducen al retraimiento, épocas en las que la constatación del desajuste entre los valores que modulan el espíritu del tiempo, por un lado, y la senda por la que acostumbran a transitar nuestra sensibilidad y nuestras creencias, por otro, nos inflige una herida demasiado profunda como para que podamos ignorar de manera continuada sus efectos. Aunque se tienda a ver en ello el reflejo de una pose elitista, en realidad se trata de un mecanismo de defensa irrenunciable en quien ha resuelto que todavía queda algo por poner a salvo. Algo, por pequeño o limitado que sea; alguna fracción valiosa de nuestra intimidad que nos resistimos a exponer a la voraz estulticia del mundo.

Cuando la impresión de marchar a un compás distinto al de los sucesos que entretejen la realidad cristaliza en una certeza incontestable, es frecuente que al ardor con que nos aprestamos a la batalla le suceda, en el curso del tiempo, un agudo sentimiento de hastío. Incluso en aquellos espíritus animados por un elemento notable de combatividad no resulta inusual que la tentación del repliegue llegue a revestirse de un atractivo irresistible. En la imaginación empieza a configurarse entonces un entorno a resguardo de las perturbaciones que acechan en el camino. Alrededor de ese baluarte apuntalamos nuestra fe. Perseguimos, cada vez con mayor ahínco, la materialización de un ideal en el que nos negamos a reconocer un principio de claudicación: conseguir que lo más precioso de nuestro bagaje vital repose al fin en un emplazamiento seguro, al margen de la hostilidad manifiesta del mundo; colonizar un mínimo espacio de apaciguamiento y armonía en el que nos sea dado custodiar al menos una brizna de belleza, un humilde átomo de bien.

Esta intención de la voluntad que busca delimitar un perímetro detrás del cual el sujeto se reconozca inmune a las insidias de su entorno es probablemente la misma que se hace explícita en las últimas líneas del Cándido de Voltaire. Recordemos: “Lo que sé –dijo Cándido- es que debemos cultivar nuestra huerta”. Esa huerta remite al jardín del Edén, a la posibilidad de un retorno efectivo a un enclave de feracidad e inocencia que no se vea socavado por la perfidia inmisericorde de la Historia. Sin embargo, resulta imprescindible extremar en este punto el cuidado, porque, tal y como nos advertía Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto, el pensamiento utópico propagado por las ideologías de corte salvífico que emanan de la Modernidad responde precisamente a la representación del mundo entendido como un jardín irreprochable. Cuando el deseo de perfección se vuelve demasiado acuciante, el jardinero acaba obsesionándose con arrancar hasta el más ínfimo hierbajo que dañe el diseño de su composición. Impone a los demás, por todos los medios a su alcance, “su deseo vehemente de un orden mejor y necesariamente artificial”. La deriva psicótica de semejante visión de una realidad óptima y totalizadora, sustentada en un racionalismo extremo, culmina en el alumbramiento de los diversos proyectos de ingeniería social en los que continuamos inmersos hoy día.

¿Qué hacer? Reforzar los muros, levantar una empalizada y dejar abierto un resquicio a través del cual los frutos de nuestra labor diaria puedan germinar en algún otro jardín cercano

De manera que parece sensato detenerse a reflexionar un momento acerca de lo que pretendemos cuando asumimos la determinación de apartarnos de los otros y recluirnos en nuestro hermético feudo de afirmación personal. La propensión al acomodamiento se antoja bastante evidente. Resulta sencillo, a continuación, dejarse embriagar por la sugestión de estar contemplando los hechos desde una altura superior y, de ese modo, arrogarnos un excedente moral que nos preserve de toda autocrítica. Desde esa posición confortable, sin embargo, le ofrecemos a la amargura una oportunidad única para que deposite sus semillas en nuestro interior. Comenzamos a enjuiciar las cosas desde un prisma resentido y estrecho, a través del único ángulo al que parece capaz de abrirse una mirada crecientemente torva. El desenlace es que acabamos sumidos en un ensimismamiento pasivo, en una hosquedad asediada y sombría en la que no obstante nos complacemos porque, con cada nuevo agravio del que nos imaginamos ser víctimas, sentimos que nuestros prejuicios se consolidan.

Existe, además, un riesgo añadido en esta tendencia monomaniática al enclaustramiento. Valga para ilustrarlo una anécdota. Cuando el gran pensador político Julien Freund presentó su tesis doctoral ante el tribunal que debía calificarla, uno de sus miembros, Jean Hippolite, le manifestó que las categorías schmittianas de amigo y enemigo que Freund había utilizado para fundamentar su trabajo, de ser válidas, no le dejaban a él, un pacifista convencido, otra opción que encerrarse a cultivar su jardín. La respuesta de Freund fue taxativa y define, en su escueta exactitud, la esencia misma del realismo político: “Su razonamiento –le objetó Freund a Hippolite- es que si no queremos enemigos, no los tendremos. Pero es el enemigo quien le designa. Y si éste quiere que usted sea su enemigo de nada servirá la más hermosa profesión de amistad. Si él decide que usted sea su enemigo, lo será cuando él quiera. Y desde luego no le permitirá cultivar su jardín”.

Lo que Freund estaba tratando de remarcar con sus palabras era la insensatez última que supone, en su opinión, y dada la índole feroz de la época que nos ha tocado vivir, optar por una reclusión absoluta. Por pequeño o insignificante que resulte, antes o después nuestro jardín atraerá la atención de quienes sólo alcanzarán a interpretar como una afrenta intolerable la modesta luz que esa pequeña parcela bien cuidada llegue a irradiar sobre la superficie del mundo. Tarde o temprano, los bárbaros asaltarán sus muros. Bastarán las primeras embestidas de las hordas para que comprendamos –quizá demasiado tarde- lo ilusorio de nuestros esfuerzos por permanecer al margen.

Y aun así, el dilema persiste. Pues, en último término, resulta tan incontenible la marea de zafiedad, estupidez y encanallamiento que sentimos bullir y agitarse sin pausa a nuestro alrededor que, de manera inevitable, notamos cómo cada cierto tiempo se reaviva la tendencia íntima a permanecer en alguna posición a resguardo. Contamos además, para refrendar ese criterio, con el dictum evangélico que nos insta a abstenernos de arrojar las cosas sagradas a los cerdos. ¿Qué hacer, entonces? Entre ambos extremos, entre exponernos sin protección alguna al encono de unas fuerzas que acabarán por aplastarnos o perseverar en la cautela de pasar desapercibidos, se sitúa la opción de resistir creativamente. Reforzar los muros, levantar una empalizada, sí, porque otra cosa sería incurrir en una ingenuidad suicida, en un delirio temerario para con nosotros y los nuestros, pero, al mismo tiempo, dejar abierto un resquicio a través del cual los frutos de nuestra labor diaria puedan germinar en algún otro jardín cercano. De modo que, recíprocamente, también otros dones tengan la oportunidad de llegar alguna vez hasta nosotros, y así perfumen nuestras estancias y el esplendor de su luz preste un brillo renovado a nuestros días.

Guardar las distancias, pero abrirnos a la posibilidad de acoger al cercano. Defender nuestro reducto, pero dejar tendido un puente por el que, acaso el día más inesperado, veamos aproximarse una caravana repleta de prodigios.  


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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