Zemmour: cuando pensar es un riesgo

Eric Zemmour en 2019 (Joel Saget/AFP)

Caminamos hacia una visión uniforme del mundo. La discrepancia, el matiz, la objeción son elementos cada vez más raros dentro de un espacio en el que la tendencia a la homogeneización empieza a resultar asfixiante. Nos están reeducando. Muy sutilmente, casi sin que nos demos cuenta, estamos siendo reprogramados para que aquello que no es más que una versión posible de las cosas deba ser acatada como un absoluto incuestionable. El propósito es claro: forzarnos a aceptar que vivíamos en el error o, de resistirnos a ello, correr la suerte que Tocqueville profetizara a quienes, en un entorno de aparente libertad, osaran apartarse de los dictados de la opinión mayoritaria: la muerte civil.

Por supuesto, la siniestra parafernalia de las tiranías al uso no tiene cabida aquí. No esperemos que la porra del guardia intervenga; no es necesario. Cada cual vive ya con un gendarme incrustado en su interior. Ésa es la gran novedad, el hallazgo verdaderamente revolucionario. El descubrimiento, por parte de las fuerzas comprometidas en la materialización del nuevo orden, de que mucho más efectivo que violentar los cuerpos es envilecer las conciencias. Y una conciencia se envilece cuando entiende la conveniencia de traicionar sus principios en aras de la consecución de unas mayores cotas de seguridad, de tranquilidad, de prosperidad incluso. En aras, en definitiva, de la aceptación y el brillo sociales.

De modo que una de las sutilezas en que se prodiga el genio de nuestra época consiste en que tras proceder a someternos mediante la renuncia voluntaria a lo que nos dictan la moral y el sentido común, permanezcamos ajenos a la degradación en la que hemos incurrido. Pero cuidado: no nos apresuremos a condenar al hombre que claudica. Pensemos un momento en el grado de heroica obstinación que se necesita para hacer frente a las sistemáticas herramientas de persuasión mediante las cuales este totalitarismo tan suave en las formas como recalcitrante en sus métodos acostumbra a alcanzar sus objetivos. Pensemos en la tenacidad y el coraje indispensables para vivir y pensar siempre a la contra, para sobreponerse al goteo incesante de la propaganda, para permanecer alerta ante las artimañas de los manipuladores del lenguaje y renunciar a la seductora expectativa de una vida envuelta en el aliento tibio y reconfortante de la unanimidad.

Una de las sutilezas en que se prodiga el genio de nuestra época consiste en que tras proceder a someternos mediante la renuncia voluntaria a lo que nos dictan la moral y el sentido común, permanezcamos ajenos a la degradación en la que hemos incurrido

Por eso extraña y maravilla encontrar a personas que se empecinan en resistir. Pero las hay, y quién sabe si su número crece. La lectura de “El primer sexo” de Eric Zemmour (Homo Legens, 2019) ha revivido en mí la estimulante sensación de hallarme ante uno de estos insólitos seres que consagran lo mejor de su talento a arremeter contra el muro de los dogmas triunfantes. Apunté al principio que nos hallamos en camino de la entronización de una visión excluyente y totalizadora de la realidad, pero todavía no hemos llegado ahí. Para que ese designio se cumpla, primero es necesario que se instale en la sociedad una dinámica de discordia permanente. Es imprescindible el envenenamiento del sustrato antropológico, prepolítico, que hasta fechas no tan lejanas hacía posible la vida en común. Y una vez alcanzado ese punto de fragmentación total, de ruptura irreversible en el que la convivencia ya no será más que un significante vacío –y al que se habrá llegado, por cierto, mediante el procedimiento de disfrazar las propuestas más delirantes bajo los vistosos ropajes de un progresismo intachable– ya no quedará una sola fibra de resistencia comunitaria con que contrarrestar el libre despliegue de un Poder arbitrario.

En su libro, Zemmour irrumpe en uno de los campos de batalla donde esta voluntad de enfrentamiento se ha manifestado con una intensidad extrema. Su punto de partida consiste en el refrendo de una constatación casi obvia: en los países del Occidente europeo viene produciéndose en las últimas dácadas, y de modo simultáneo, una feminización de los hombres y una masculinización de las mujeres. A partir de ahí, su manera de abordar la controversia es la propia de un polemista genuino. Su intención no es tanto persuadir al lector con el entramado de los argumentos que esgrime como sacudirle con la contundencia de su estilo, cáustico y en ocasiones procaz, irreverente y abiertamente desmitificador. La provocación, no obstante, quedaría en una mera exhibición de fuegos de artificio si, más allá de la intención de cargar las tintas y llevar al extremo la capacidad del lector para encajar los impactos dialécticos, el autor no nos hiciera partícipes de un demoledor encadenamiento de iluminaciones, de los aportes de lucidez de una mente que, casi con insolencia, proclama la convicción de haber desvelado lo que hay detrás de ese fragor cotidiano al que en última instancia no se le ve otro propósito que agotar nuestras fuerzas y distraernos de la realidad que se está gestando.   

La tesis de Zemmour es que nos encontramos ante una mutación antropológica. El hombre ha perdido sus referencias. Se ha desvirilizado. En la medida en que su nuevo papel le libera de responsabilidades, su antiguo empuje ahora le supone una carga. Además, las élites plutocráticas, a través de las terminales de propaganda estatales, han generalizado la creencia en el carácter artificial de las diferencias entre sexos. El feminismo, en el marco de este asalto a la naturaleza humana, ha acabado abrazando una ambición prometeica al fondo de la cual alentaría el propósito de desmantelar la herencia judeo-cristiana, quizá el último dique de contención frente a la actual reinvención de los sexos. Las consecuencias del fenómeno –convenientemente rentabilizado por determinadas opciones políticas y que, aunque Zemmour focaliza en Francia, es extrapolable a lo que se está experimentando en buena parte de Europa– son múltiples y, por tanto, permanecen ajenas a la posibilidad de desgranarlas en estas líneas. Pero una frase del libro condensa muy acertadamente la trascendencia del proceso en curso: “Las estructuras familiares de cada país son el sustrato decisivo de las estructuras económicas y políticas”.

Ahí está la clave. La modificación del orden familiar provoca efectos decisivos en todos los ámbitos sociales. Si alteras la familia, cambias el mundo. Si fomentas una realidad de seres indiferenciados e intercambiables, propensos al nomadismo y desgajados de su matriz natural, estás propiciando un universo de individuos sin raíces. ¿Y a quién le convendría algo así? Según Zemmour, a ese capitalismo de nuevo cuño, propagador de una visión economicista y especulativa de la existencia, que nos vende la fantasía de una mundialización feliz. No en vano, el autor nos recuerda que, como aventurara Marx, es el capitalismo la auténtica fuerza revolucionaria capaz de subvertir la totalidad de los valores que la tradición sanciona. De tal subversión –siguiendo siempre el razonamiento de Zemmour– se derivarían consecuencias fatales para el futuro de Occidente. Entre otras, su quiebra social, la disolución de los últimos vestigios de identidad comunitaria, el trágico declive demográfico y la consiguiente llegada de masivos contingentes de reemplazo dispuestos a hacer patente su malestar en un ámbito en el que buena parte de ellos se resiste a integrarse.

Si fomentas una realidad de seres indiferenciados e intercambiables, propensos al nomadismo y desgajados de su matriz natural, estás propiciando un universo de individuos sin raíces

Zemmour no elude el peligro de adentrarse en un terreno sembrado de minas. Su proceder puede gustar o no, sus diagnósticos nos pueden parecer más o menos acertados, pero no resultaría honesto negarle agudeza, capacidad de compromiso y grandes dosis de audacia. Si su libro se nos antoja polémico es porque va destinado a un mundo –el nuestro– que, intoxicado de ideología, ha optado por vivir de espaldas a la realidad y decretar la expulsión del espacio público de quienes se atreven a disentir de sus postulados biempensantes. Es ésa una postura cómoda que sin duda reporta a quienes la secundan una sensación de superioridad moral inmensamente gratificante. Pero, al mismo tiempo, nos lleva a evocar aquella anécdota del trasatlántico que se hallaba a punto de chocar contra un iceberg: el capitán busca el megáfono para alertar al pasaje, pero el megáfono lo tiene el cocinero, que en esos momentos está anunciando el menú.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)