Pequeño y rosa

Eric Zemmour en 2019 (Sameer Al-Doumy/AFP)

El Primer Sexo es un libro pequeño, rosa y desconcertante. Pese a que se publicó en Francia en 2006, en España no lo hemos podido tener entre las manos hasta que Homo Legens lo editó en 2019.

Su autor, Éric Zemmour, esboza en él las claves de lo que será su gran éxito editorial casi 10 años después: “El suicidio francés”. En el best seller de ensayo político el periodista (nacido en 1958 en Francia, de padres pied noirs) se lleva por delante cualquier declinación del liberalismo. Explica a los franceses la debacle de la dulce Francia tras los Treinta Años Gloriosos -ese período de prosperidad excepcional desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de 1973-. Denuncia a los culpables de asestar el golpe de gracia al país y pretende deconstruir a los deconstructores. Así pues, expone cómo la Ley Pleven de 1972 abre la puerta a que cualquier chiringuito comunitario se sienta ofendido por las declaraciones de un tercero, cómo la poco conocida ley Pompidou-Giscard-Rotschild de 1973 dispara los intereses de la Deuda Pública francesa y detecta los primeros intentos de vender la multiculturalidad en Francia con campañas como las de la asociación SOS Racisme y su lema “Touche pas à mon pote” (no toques a mi colega), bien engrasadas por el Partido Socialista de Miterrand. Además, rescata las ideas acerca de la culpabilización del hombre blanco heterosexual y la feminización de la sociedad que describe en El Primer Sexo y que, ahora lo sabemos, son una profecía cumplida.

Zemmour vuelve a la palestra en Francia tras su discurso en la Convención de la Derecha organizada por Marion Maréchal en septiembre de 2019 y es en esa diatriba incendiaria, agónica y apocalíptica en la que alerta –de nuevo, si algo tiene Zemmour es la inmutabilidad de su discurso- de los peligros del progresismo en su variante de liberalismo moral y de globalismo liberal.

Así pues, predispuesta por estos credenciales de ideología reaccionaria de corte identitario me adentro en la lectura de El Primer Sexo con ánimo de decirle “sí a todo”. Y la primera en la frente. El prólogo es de Emilia Landaluce y una también quiere decirle que sí a todo a Landaluce –conocedora de lo que se cuece en el Hexágono, por otra parte-, así que cortocircuito cuando la periodista valora el trabajo de Zemmour pero no lo suscribe. Y además dice que todas somos feministas. Entonces, para no entrar en conflicto de intereses decido imaginar que ella ha escrito el prólogo en la terraza del Richelieu –con lo que eso conlleva-, le alabo la ocurrencia de que ni siquiera Simone de Beauvoir podría haber titulado su libro “El segundo sexo”, sino que sería víctima de su propio fanatismo y severamente amonestada por hablar de dos sexos en lugar de de múltiples géneros y me dispongo a que Éric tenga toda la razón.

Tardo aproximadamente 2 capítulos en desear irme de copas con Emilia. La lectura de El Primer Sexo es intensa, abrumadora y obliga a una gran concentración. Porque Zemmour, con sus tesis provocadoras pero fruto de una reflexión documentada, requiere de una lectura crítica -atenta a cada requiebro- debido a que apoya análisis impecables con postulados extremistas.

En el artículo del escritor Carlos Marín-Blázquez, al que acompaño, podrán leer la explicación de por qué el feminismo ideológico actúa como elemento desintegrador de la sociedad. Por no resultar repetitiva (eufemismo de “al carecer de esa capacidad de análisis propia”) les señalaré las luces y sombras que he encontrado en la lectura del “panfleto” rosa (en francés la palabra panfleto tiene connotación de reivindicativo, no es un término despectivo).

El lenguaje

Obviamente. No hay que despreciar las guerras lingüísticas y las feministas lo saben, ganaron una con una sola palabra: “Machista”. Es el genial hallazgo de las feministas de los años 70 con el que transforman a los hombres. La virilidad y el eterno masculino se convierte ahora en insulto y acusación.

No nos debería sorprender, son métodos estalinistas al fin y al cabo. Funcionó cuando se llamaba fascismo a todo lo que se opusiera al comunismo.

El feminismo contemporáneo

Sólo han sido necesarios 35 años para la mutación antropológica. En una primera fase el discurso de las potencias dominantes empieza a hablar de valores universales, de grandes principios, de la humanidad. Ya no hay hombres y mujeres, solo seres humanos iguales, intercambiables e indiferenciables. Pero en un segundo tiempo se sugiere la superioridad de los valores femeninos. Así pues, la dulzura, el diálogo, la tolerancia, el consenso, la escucha y la prudencia se consideran cualidades supremas. “Los hombres hacen lo que pueden por cumplir con este ambicioso programa : Convertirse en una mujer como las demás” ironiza, Zemmour.

En esta deconstrucción del hombre interviene la moda, la publicidad, la prensa… en programas de televisión empezamos a ver realities en los que se produce la paradoja de que los homosexuales enseñan a hombres heterosexuales a amar a una mujer. Y ellas encantadas; los hombres se cuidan, van de compras sin protestar y preparan cenas saludables con velas y flores. Cada vez disminuye más la diferencia física, social e ideológica. En definitiva, desaparece la desigualdad, el nuevo pecado mortal de nuestra era.

Además, es importante que todos los hombres, homosexuales o no, adopten los hábitos de consumo lúdicos y festivos de los gays. El capitalismo que antes protegía tanto a la familia tradicional que compraba coches y lavadoras ya no funciona así. De la producción se ocupan ahora los chinos, los europeos sólo consumen productos ligeros y divertidos por los que pagan un precio que depende de su fuerza imaginaria. Ya no interesa el modelo de consumidor familiar, austero y aburrido.

Ya no hay hombres y mujeres, solo seres humanos iguales, intercambiables e indiferenciables. Pero en un segundo tiempo se sugiere la superioridad de los valores femeninos

Parejización

Zemmour se lamenta de que ahora la pareja lo es todo. Aunque sea efímera. Es lo único importante, verdadero. Sacralizado. Le da a una patada a la modernidad en el trasero de la Iglesia. Como lo oyen. La culpa es del catolicismo , que, aunque no quiere cambiar al hombre, canaliza sus apetitos. Si no se ven, si se disimulan es como si no existieran. La modernidad, sin embargo, y el feminismo en particular como buen totalitarismo del siglo XX no demoniza el sexo, lo asume y lo liberaliza pero tolera menos las desviaciones. El sexo sin amor, el sexo pagado, el sexo por el sexo son proscritos. El feminismo transita el camino balizado por el puritanismo. Cuando la sociedad se feminiza el objetivo es la pareja, no el matrimonio.

El amor cortés es un invento estratégico limitado geográficamente a Occidente. El autor deja caer de pasada este concepto por lo que me permito recomendarles el ensayo “El amor y Occidente”, del filósofo suizo Rougemont, en el que profundiza en ello a través del mito de Tristán e Isolda.

El hombre, por unos o por otros, resulta finalmente castrado. De nuevo el hombre convertido en mujer. Su instinto debería ser respetado, según Zemmour, y es aquí donde cae en una trampa filosófica de manera que una a veces no sabe si Zemmour está poseído por el espíritu de Fernando Savater (“Me acostaba con muchas pero amaba a mi mujer”) en algunos pasajes. Bromas aparte, el periodista critica lo que hay de constructivismo en el feminismo (“todo es construcción social, somos exactamente iguales”) para caer en su opuesto, el determinismo (somos pura materia y estamos 100% condicionados). En algunos momentos a Zemmour hay que leerle en clave tribal.

CONQUISTAS DE LOS AÑOS 70, INMIGRACIÓN y CAPITALISMO

El divorcio exprés y masivo: Las mujeres lo ven como una ganga, reharán su vida. El príncipe azul siempre es el otro. Mientras en la sociedad primaba la ideología masculina, el matrimonio funcionaba como un acuerdo comercial, con las características de tranquilidad , estabilidad y duración que eso conlleva. Con la feminización de la sociedad, la aspiración es la pareja. El acuerdo requiere ahora de amor y pasión y eso lo vuelve frágil. Los políticos de todos los signos, en lugar de contrarrestar sus efectos, cual Napoleón con el Código Civil, actúan como coadyuvantes.

Aborto

A partir de los años 70, los hijos pertenecen a las madres. “Tenemos derecho a que vivan o a que mueran”. Las mujeres ahora son los hombres de la Antigua Roma.

Simone Veil (no confundir con Simone Weil, que es la buena) quería regular el destino de las mujeres que abortan ilegalmente. Giscard finge un falso humanismo con finalidad táctica. El resultado: el índice de mortalidad infantil provocado por la legalización del aborto se retrotrae a las cifras del reinado de Luis XV. Las consecuencias demográficas son propicias para la desaparición programada de los pueblos europeos y la interesante teoría del reemplazo. La inmigración del trabajo se transforma en inmigración de repoblación.

Capitalismo

Probablemente el análisis más lúcido de Zemmour (desconozco si sobre él también pesan acusaciones de plagio por parte de Alain Soral y otros, como ocurre con el de la feminización de la sociedad).

A finales de los 60 el crecimiento económico ininterrumpido durante treinta años provoca que los salarios crezcan apenas afectados por la inflación y que los beneficios menguen. El capitalismo reacciona con su arma tradicional ( ya analizada por Marx): el ejército reservista ( parados, inmigrantes y población infracualificada) que empujan mecánicamente a la disminución del sueldo de los obreros al aceptar salarios más bajos. Pero no es suficiente. Ni siquiera la inmigración masiva consigue dar la vuelta a la evolución desfavorable de los beneficios por lo que se opta por tirar del segundo ejército de reservistas: Las mujeres.

Disfrazada de conquista progresista, las mujeres, que siempre habían trabajado, ahora –en la modernidad- lo hacen asalariadas. Creen estar descubriendo nuevas libertades ofrecidas por el mundo del trabajo, pero solo están cumpliendo los sueños húmedos de Marx: el capitalismo, auténtica fuerza revolucionaria de la Historia, destruye los vínculos tradicionales, aquellos en los que residía el último obstáculo para la mercantilización del mundo.

El capitalismo, auténtica fuerza revolucionaria de la Historia, destruye los vínculos tradicionales, aquellos en los que residía el último obstáculo para la mercantilización del mundo.

EPÍlOGO

Zemmour cree que América es una prefiguración de lo que nos espera en Europa en 20 años. Allí empezaron a cumplirse los sueños feministas; en EEUU nace el hombre feminizado, pero también allí nace la reacción promasculinidad. George Bush y su pinta de John Wayne, de hombre de campo de maneras rudas – cuando proviene de familia patricia y se educó en Yale- arrasó en 2004 entre las madres de familia, electorado negro e hispano y hombres jóvenes de clases populares. Los modos de vivir y pensar femeninos que vienen de la costa Este no son capaces de imponerse. Trump también lo tiene claro.

El autor, sin embargo, cree que la restauración del orden viril será difícil que se produzca por parte de mujeres europeas que, aunque han comprendido la trampa tendida por el capitalismo y el desconsuelo, la frustración y el daño que provoca a los hijos la feminización del hombre, siguen embriagadas por su nueva libertad y autoridad, rechazando una revancha reaccionaria.

Tal y como podemos leer en el artículo de Álvaro Chillarón de la Fuente “El problema del feminismo actual” publicado en el número 4 de la Revista Hispánica (págs. 33-38) sugiero a Zemmour que lea a Juan Pablo II en Evangelium Vitae. O, si le pilla más cerca, a Edith Stein, de origen judío. Quizá encuentre las claves – sí, también las del feminismo- donde siempre estuvieron. En la Verdad y no en el mecanicismo antropológico.


ESPERANZA RUIZ

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