Todo es un desastre, anímese

Detalle de 'El triunfo de la muerte' de Brueghel (1525 - 1569)

Cuando la crisis parece ya insuperable, se anuncian nuevos contagios. Se aproximan fechas iguales que las de marzo, con el añadido del calor y el buen tiempo. Pero no pasa nada, nihil novum sub sole, la decadencia es nuestro terreno de juego. Las crisis han existido, existen y seguirán existiendo. Por eso, apreciado lector, anímese, que todo va igual de mal que siempre. La entropía o el pecado, como prefiera, siguen haciendo su trabajo y, de no ser por el ímpetu de unos cuantos, podríamos estar peor todavía. Este 2020 está siendo malo, pero no será el único ni el último.

A mí me sorprende esa actitud manriqueña eternamente joven –no morirá jamás— en los ancianos de todas las épocas: el pesimismo con respecto al futuro y la tierna ingenuidad con respecto al pasado. Luego, esos mismos ancianos cuando rezan el credo en misa, confiesan la resurrección de la carne a pesar de su decrepitud evidente. En realidad, son unos optimistas. Como los católicos que hablan de un descuido de la moral sexual en estos tiempos como si nuestros padres no hubieran gozado ya del descuido desde el 68. Bien lo explicó Benedicto XVI cuando habló de los seminarios alemanes de aquella época. Y podría documentarlo antes, con Boccaccio o la cultura grecorromana, podría decir que estamos mal, como mínimo, desde Adán y Eva; y no sólo en cuestiones de moral sexual. Precisamente la gracia reside en reconocer una pizca de luz en un entorno completamente oscuro, y ese circunstancial de lugar nunca se ha de olvidar, como el Cristo crucificado de Velázquez.

“Estamos mal, pero es natural”, que reza una canción compuesta en el confinamiento por Stay Homas, grupo creado en un balcón de Barcelona que no es resistencia frente al nacionalismo, pero al menos han traído algo de humor a esta pandemia. Si es cierto que la situación puede ser angustiosa, no es menos cierto que podemos luchar porque ese es nuestro hábitat: el fango. El ser humano, y no ahora sino siempre, pasa por fases de comodidad absurda, se cree que todo ha de ser camino de rosas y la vida le debe algo, pero se equivoca y esa equivocación es otro obstáculo más, antes de la brega.

Y no digo que no tengamos derecho a quejarnos o a remediar el desastre, sino que, precisamente porque debemos quejarnos en verdad y remediar con verdaderos medios el desastre, hay que reconocer que nunca salimos de él. En el caso de esta pandemia esto se hace muy evidente y no hay que dejar de exigir responsabilidades por ello. Me mantengo firme en que el infierno le espera al gobernante irresponsable –infierno judicial, social o dantesco–, y lo usaré como un ceterum censeo si es necesario. Sin embargo, hay que emprender la lucha reconociendo que el terreno de juego está enfangado por naturaleza y que, por naturaleza también, nosotros debemos enfangarnos del todo y nadar o remar, dependiendo de la altura del cuello de cada uno respecto del barro.


JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

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