Guillermo del Valle y Javier Maurín: “si somos republicanos, seámoslo en serio”

Guillermo del Valle, El Jacobino

Guillermo del Valle nació en Madrid en noviembre de 1989. Licenciado en Derecho y Máster en Práctica Jurídica, es abogado especializado en derecho procesal penal, civil y laboral.

El 14 de julio, aniversario de la Toma de la Bastilla, presentó junto a Javier Maurín EL JACOBINO, un proyecto audiovisual que nace porque “urge una renovación de referencias en la izquierda”.

 


 

PREGUNTA: ¿A qué cree que se debe la simpatía tradicional de la izquierda española por los nacionalismos?

RESPUESTA: Bueno, creo que habría que matizar esa simpatía, puesto que más bien se trata de una suerte de desnortamiento ideológico, que no está claro que sea tan tradicional, sino tal vez más reciente de lo que podemos pensar. Ahí están los posicionamientos políticos del PCE durante la Guerra Civil Española, los planteamientos del dirigente Vicente Uribe sobre la cuestión nacional por ejemplo. Nada complacientes, ni entregados a regalar la idea nacional a “la derecha” o al franquismo. Pero no solo vemos eso en el comunismo, hoy desmantelado en la centrifugadora populista, sino también a nivel de diseño institucional. La propia II República, que no fue un sistema socialista sino más bien una democracia bastante avanzada para su época con interesantes avances sociales, tuvo en frente al separatismo catalán, con un intento de golpe de Estado reprendido por el militar leal republicano Domingo Batet, luego asesinado por Franco por cierto, en otro ejercicio de traición a España del militar golpista y dictador. La propia organización territorial de la República escapó deliberadamente del federalismo: prohibía la federación de las regiones autónomas, y abogó por un Estado integral o regional.

La posición política de Azaña respecto a los nacionalismos fragmentarios fue cada vez más crítica y a cada paso más jacobina, y ahí están las célebres declaraciones de Negrín igualmente devastadoras con los separatistas. El nacionalismo vasco, de matriz etnicista, terminó a su vez traicionando a la República en Santoña con un infame pacto con el fascismo italiano. ¿Qué era ERC? Un partido que integraba en su seno organizaciones como el Estat Català, partido filofascista. El golpista Dencàs escapó por las alcantarillas a la Italia mussoliniana después del golpe del 34, y los hermanos Badía eran dos pistoleros represores de obreros. Ni la izquierda ha estado siempre fascinada por el nacionalismo, ni el nacionalismo ha tenido siempre una suerte de falsa patina progresista que camuflara sus convicciones reaccionarias, que en ocasiones se presentaba abruptamente, sin maquillaje.

Estos hitos de la Historia de España nos permiten hacer una muy genérica aproximación al fenómeno. Tal vez menos tradicional de lo que se cree pero igualmente absurdo. La asimilación Franco-España habla por sí misma. Es grotesca e injusta: como si los represaliados, los asesinados, los exiliados, los comunistas que llevaron con honor la bandera del antifranquismo y luego de la reconciliación nacional, no fueran españoles.

Regalarle la idea nacional a la derecha (incluso a la actual, tan thatcheriana a veces) tejiendo alianzas,  no ya estratégicas – lo cual sería per se un enorme dislate –, sino directamente una suerte de identidad de proyectos con el nacionalismo fragmentario y etnicista constituye la gran manifestación de desmantelamiento de la izquierda en España.

 

Nuestra propuesta jacobina pasa por el blindaje de competencias como sanidad, educación y fiscalidad por el Estado central

 

P: Los proyectos políticos que aspiran a ser hegemónicos tienden a reivindicar sus propios mitos. ¿Cuáles son los mitos, si los hubiera, que deberían servir a una izquierda no nacionalista?

R: Podemos hablar de una revolución española en torno a las Cortes de Cádiz, precisamente el liberalismo doceañista como movimiento revolucionario contra los privilegios del trono y el altar, propios del Antiguo Régimen. A partir de ahí, pasando por la Vicalvarada, el propio Marx identificó esos hitos revolucionarios en sus escritos sobre España, hasta llegar al Sexenio Democrático. Somos más partidarios de recuperar la idea de España Integral segundorepublicana, que el federalismo de la primera, que terminó descarrilando por un fenómeno político aún hoy vigente, el cantonalismo.

Necesitamos esgrimir la idea patriótica nacida en la revolución francesa, la que alumbra la tumba de Marat: unidad e indivisibilidad de la República, libertad, igualdad y fraternidad. La alternativa, acuérdense, era drástica. Frente a los privilegios, frente al oscurantismo de las identidad fragmentarias. La lengua común no como capricho, como no fue el francés frente a los patois un capricho en la Revolución francesa. En francés se escribías las leyes, era un elemento vertebrador del Estado. Todos iguales, sin trato de favor.

Y entender que en la propia revolución francesa está el germen del comunismo. Primero fue la igualdad jurídico-formal, que arrumbó con los vestigios del Antiguo Régimen, a los que algunos se agarran con sus derechos históricos de los territorios forales. Detritus reaccionario.

Luego, la igualdad económica, material. Las señas de identidad de un proyecto político de igualdad radical, de igualdad económica, de emancipación de todos los seres humanos. El instrumento revolucionario no fue nunca para la izquierda la nación esencialista, la tribu étnica y pura, sino la nación política de iguales, el Estado-nación en su integridad.

 

P: ¿Cuáles son los referentes políticos que inspiran línea editorial de El Jacobino?

R: En el fondo de nuestras redes sociales, aparecen algunos, también citados a lo largo de esta entrevista. No se trata de conformar una secta dogmática, con idolatrías exacerbadas, pero sí debemos tener algunas ideas claras. La herencia de la Ilustración, de la razón, del laicismo, no la seducción por el irracionalismo, por el relativismo posmoderno, por la identidad como filtro de entrada de la desigualdad y el privilegio. Por eso la identificación con los jacobinos, con Marat, con Saint-Just. Acordémonos de Babeuf, la Conspiración de los Iguales, precursores del comunismo.

Pero también de símbolos políticos de lo mejor de la izquierda: Salvador Allende, un marxismo honrado y consecuente, depuesto y asesinado en una infame golpe de Estado que nos demuestra que al neoliberalismo muchas veces a lo largo de la Historia la democracia le ha importado un pimiento; Rosa Luxemburgo, una de las pensadoras marxistas más brillantes, feroz detractora del nacionalismo; Olof Palme, el símbolo de una socialdemocracia que significa algo más y muy distinto que la desregulación neoliberal avalada por la Tercera Vía: derechos sociales y protección laboral, y una posición independiente en política exterior, incómoda para EEUU.

 

Necesitamos esgrimir la idea patriótica nacida en la revolución francesa: unidad e indivisibilidad de la República, libertad, igualdad y fraternidad

 

P: Ustedes dicen querer “recuperar los valores del jacobinismo para crear una izquierda nacional”. ¿En qué cuestiones concretas se traduce esto en el paisaje político actual?

R: Debemos plantear con toda claridad la reforma del modelo territorial en España. La eliminación de cualquier resquicio neofeudal. Es inadmisible. La reforma constitucional que elimine los derechos históricos. Si somos republicanos, y lo somos, seámoslo en serio. No sólo para denunciar las infames corruptelas del emérito, sino para algo mucho más importante. Para impugnar el privilegio de origen. No vale ese republicanismo que sanciona como aceptables y progresistas cosas tan reaccionarias como los territorios forales o históricos – ¡cómo si el resto de partes de España fueran creaciones artificiosas, y las supuestas regiones históricas entidad eternas e inmutables!

Nuestra propuesta jacobina pasa por el blindaje de competencias como sanidad, educación, fiscalidad por el Estado central. Para fijar políticas comunes e intocables: una sanidad pública que no pueda privatizar nadie, una fiscalidad verdaderamente progresiva y común ajena al zoco de la rebajas fiscales y el dumping insolidario entre territorios, o una educación pública, laica y común que sea un verdadero instrumento de transformación social y no un embudo para adoctrinar en religión o identidad alguna, o algo devastado por leyes demagógicas y precarias que termine sirviendo para la perpetuación de las posiciones y estructuras de clase de siempre.

Necesitamos acabar con la competencia fiscal entre autonomías, con la diferente prestación sanitaria, con privilegios infames como el concierto económico vasco y el convenio navarro, con cualquier asimetría o desigualdad explícita o soterrada. El territorio político es propiedad colectiva, comunismo en esencia: sobre lo que es de todos, ninguna elite u oligarquía regional o local puede decidir a espaldas de los demás. Porque en ese territorio político, todos somos unos cualquiera como diría el maestro Pedro Insua. No hay apellido, linaje o procedencia que valga. En palabras del gran Félix Ovejero: todo es de todos, y nada es privativo de nadie.

Pero hay que hacer mucho más: de extrema y urgente necesidad, meter mano a la situación de los falsos autónomos. Que se dejen de medias tintas, de FP para preparar a quién está siendo explotado. Relación laboral, ajenidad y dependencia, derechos laborales, negociación colectiva y cotizaciones. El fraude laboral es vergonzoso, deshumaniza a los trabajadores, los precariza hasta la náusea, y además supone un colosal fraude en cotizaciones que pone en jaque nuestro sistema público de pensiones.

 

P: El Jacobino promoverá “la defensa de la cuestión social y la cuestión nacional, conjugadas desde la defensa de la unidad de España”. ¿En qué sentido ambas cuestiones están vinculadas?

R: Son dos caras de una misma moneda, indisociables. Inseparables. Sin Estado, no hay Estado del Bienestar, y este último además lleva años en retroceso. Al capitalismo financiero transnacional, le interesan los poderes políticos debilitados, fragmentarios… excepto en el caso de aquellos estados que hegemonizan la geopolítica, claro. En nuestro ámbito europeo, Alemania; en el mundo, EEUU, aunque ahora esa hegemonía está cada vez menos clara. En cambio, España, fuera de esas posiciones hegemónicas, sufre un proceso de fragmentación territorial, una amenaza que es real, que nos debilita enormemente.

Nuestra posición actual es la de un país desindustrializado. Ahí hay que poner el foco. Cambiar el modelo productivo. No es fácil, claro, pero desde luego si nos quedamos en el abstencionismo que prescribe el neoliberalismo, en la política contemplativa de los órdenes espontáneos y los mercados autorregulados no avanzaremos. Hace falta planificación, un proyecto serio de reindustrialización, pero también de i+d+i, y esto no se hace con héroes particulares en sus garajes, sino con un Estado fuerte capaz de invertir, innovar, e investigar. El mercado no flota en la estratosfera, está determinado por la política, por el Estado.

Sabemos que la economía es política, aunque algunos se empeñen en presentarla como una ciencia infusa, rebosante de metafísica, con el libre mercado siempre a cuestas. Es una idea falaz, pero sirve para el propósito que persiguen: impugnar el Estado, acortar sus posibilidades de intervención y redistribución, estigmatizar todo lo público. Es la deriva indudable desde Thatcher y Reagan, que ha aceptado acríticamente la socialdemocracia con el desastre de la Tercera vía socioliberal y su naufragio de las identidades fragmentarias. Mientras ella se entrega a esos menesteres, el capitalismo financiero respira tranquilo y avanza sin frenos ni contrapesos.

Hay que hablar de vivienda pública, frente a las políticas especulativas de liberalización del suelo y de estigmatización generalizada del Estado en todos los ámbitos, y sin duda de unas políticas laborales que devuelvan la protección y los derechos a su sitio, frente a un modelo de uberización generalizada que se expande y es demencial. Falsos autónomos, riders, kellys, explotados múltiples, contratos mercantiles, contratos por obra en fraude, degradación de la negociación colectiva, abaratamiento constante del despido.

El mercado laboral no puede ser el paraíso del fraude o una especie de templo de los pactos privados y mercantiles, porque el derecho laboral tiene un carácter de protección inexorable, y retroceder décadas o siglos en cuestión derechos con la excusa de que quien no lo acepte es una anacrónico ludita, es una canallada. Sí, no estamos en el fordismo ni en las fábricas de miles de obreros, pero el trabajo no ha desaparecido, la precariedad está más vigente que nunca, y la clase trabajadora por supuesto que existe. Lo verdaderamente anacrónico es intentar colar una involución neoliberal tan cruda con la excusa de un burdo maquillaje tecnológico.  

 

En el territorio político todos somos unos cualquiera porque todo es de todos y nada es privativo de nadie

 

P: Finalmente ¿son ustedes optimistas respecto a la posibilidad de articular hoy una alternativa de izquierdas que combata frontalmente los nacionalismos?

R: Somos realistas, no es fácil, porque tenemos limitaciones mediáticas y de financiación. No en vano, somos un proyecto modesto, cuyo objetivo es terminar consolidándose como medio de comunicación por internet. Un canal de YouTube en el que organizar debates, coloquios, entrevistas y posicionamientos. Siempre observamos una anomalía que se da por sentada pero que es ciertamente extravagante: si se defiende la lucha contra la explotación laboral, por la vivienda pública, por la planificación de sectores estratégicos, o por un Estado social blindado frente a las políticas de desregulación neoliberal, tal vez uno pueda tener alguna entrada en los medios de comunicación de izquierda oficial.

Aun así, esta presencia es absolutamente limitada porque nuestros posicionamientos en materia territorial bloquean dicha presencia. Hay una especie de imperativo al respecto: si eres de izquierdas, mejor que defiendas la descentralización aunque la misma lleve a que el mercado laboral esté vedado en algunas autonomías a trabajadores que no hablen una lengua que no es la común, o a que el rompecabezas fiscal del Estado de las autonomías y su dantesca competencia autonómica haya triturado el Impuesto de Sucesiones y el Impuesto de Patrimonio, dos instrumentos de igualdad esenciales. Es decir, la descentralización obstruye de forma clara valores como la solidaridad, la igualdad y la redistribución, pero sin embargo es una vaca sagrada, intocable. Si eres centralista, eres facha. Así de pueril, maniqueo y disparatado. Da igual que los grandes teóricos neoliberales fueran entusiastas del federalismo o de la secesión; da igual que grandes pensadores del marxismo como la propia Rosa Luxemburgo destriparan el carácter reaccionario del nacionalismo como nadie.

Aspiramos a que en un canal de comunicación la línea editorial sea nítida en ambas cuestiones: la explotación de los riders de Glovo y de las kellys es lo que parece, una explotación grosera producto del desmantelamiento del sistema de protección laboral y de la generalización de las condiciones de miseria y para combatir eso, necesitamos un Estado fuerte, no uno centrifugado que esté preocupado en sacralizar las taifas de la identidad, porque eso no da ni medio derecho a la clase trabajadora, al revés, disgrega y enfrenta, y a veces conduce por la vía del supremacismo y del privilegio. Para la cuestión social, necesitamos la unidad del Estado, y la unidad del Estado es para utilizarlo como instrumento de transformación social, no como estandarte de banderas vacías de contenido, mientras se venden o desmantelan los derechos sociales y laborales.

Ni patriotismo del Estado mínimo – esa aberración que con tantos bríos y devoción conjuga la derecha española, entusiasmada  por ejemplo con las bravuconadas supremacistas y neoliberales de Rutte  –  ni supuesto progresismo de los derechos a decidir, ese confederalismo o federalismo asimétrico que defiende la presunta izquierda en España, y que admite la posibilidad de privatizar el territorio político. Ambas son caras de una misma amenaza reaccionaria.


LA CONTROVERSIA

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