Sobre la corrección política

Saturno devorando a su hijo, Goya (1746 - 1828)

A Letter on Justice and Open Debate. Así se titulaba una Carta apoyada por más de ciento cincuenta destacados intelectuales y artistas autodefinidos como progresistas (liberales e izquierdistas) en la revista Harper’s, que ha generado enorme controversia en los medios y en las redes, al poner sobre la mesa, y a contracorriente, las polémicas asociadas a la denominada como “corrección política”.

Firmada por personas del prestigio de J.K. Rowling, Francis Fukuyama, o Steven Pinker, entre muchos otros, la Carta subrayaba, a modo de manifiesto, la amenaza a las libertades fundamentales de expresión y creación que podían suponer ciertos postulados y movilizaciones de la llamada Nueva Izquierda occidental (y especialmente la norteamericana) urbana, burguesa y globalista.

Un mensaje muy claro: sin libertad no hay investigación y no hay ciencia, sin libertad no hay justicia social y no hay progreso que sea equitativo y sostenible, y por ello sin libertad no hay debate y no auténtica hay democracia. Libertad real (y siempre imperfecta) que suponía, en el plano político, respetar las opiniones contrarias, buscar puntos de encuentro, comprender las diferencias, moderar las posiciones, y abrir la competencia a opciones políticas alternativas o distintas. Pero principio básico de toda sociedad occidental que, para estos signatarios, parecía en peligro por una serie de tendencias que en nombre de la tolerancia y la diversidad marcaban un discurso uniformizador y excluyente.

 

Lo ‘políticamente correcto’

Para muchos pensadores, estas tendencias constituían simple y llanamente el intento de ese sector de la izquierda radical de conquistar la hegemonía política (cultural y socialmente, en términos gramscianos) perdida ante la crisis y caída del paradigma marxista a la que muchos se refieren como “dictadura de la corrección política”. Un debate ya popularizado desde los primeros libros The Closing of the American Min de Allan Bloom, Tenured Radicals de Roger Kimball e Illiberal Education de Dinesh D’Souza; y posteriormente actualizado con la crítica al “McCarthysmo cultural de izquierdas” de la denunciada “izquierda-caviar de Hollywood” (Oriana Fallaci, Paul R. Pillar, Ralph Brandt, Leo McKinstry).

Somos conscientes de que hay temas de los que no se puede hablar, películas que deben desaparecer, símbolos que no se pueden utilizar, cuotas grupales que han de ser obligatorias, leyes inamovibles, opciones diversas que no pueden ser cuestionadas, hechos del pasado que no se deben recordar, avances que no se pueden desechar, chistes prohibidos.

Lo estaban consiguiendo; para sus críticos, la Nueva Izquierda lograba imponer esta ‘hegemonía’ en los sistemas partitocráticos occidentales. Su moderna y particular moral liberal-progresista se convertía en oficial, bajo un supuesto pacto con las grandes corporaciones económicas y las élites políticas dominantes; los primeros reconocían, aparentemente, su incapacidad manifiesta en modificar sustancialmente el modelo liberal-capitalista (tras el derrumbe de las ideologías colectivistas y los beneficios de las formas de ocio mercantilistas), y los segundos se beneficiaban de las formas de producción y consumo de la superación de toda forma tradicional de pensar y de vivir que las limitase.

Un acuerdo aparentemente perfecto. El consenso entre antiguos enemigos ideológicos daba lugar a eso que puede ser definido como globalismo: un movimiento liberal-progresista internacional que definía en exclusiva y de manera selectiva el contenido y la práctica de los derechos humanos contemporáneos (Paul James), que llegaba a anteponer intereses ideológicos o económicos a demandas comunitarias (Gideon Rachman) y que usaba la gobernanza mundial como medio de legitimación de sus propias decisiones e intereses. Una sociedad mundial diversa y multicultural que desterraba la primacía de las identidades nacionales, las creencias religiosas y las herencias históricas, debiendo ser gobernantes y gobernados “politically correct”.

Así lo criticó, por ejemplo, Fallaci. Y para lograr sus objetivos, este movimiento penetraba profundamente en los partidos de siempre o los creaba en tiempo récord (de Macron en Francia a Zelensky en Ucrania), obtenía subvenciones para los adeptos y sanciones para los “incorrectos”, sus premisas ideológicas se convertían en el discurso oficial de muchos gobiernos, lograba la absoluta adhesión de numerosos intelectuales o directamente su silencio (en muchos casos desde la censura directa o desde la autocensura inevitable), y manejaba con maestría muchas conciencias ciudadanas desde la presión sin compasión en las redes, el boicot público en los medios o la demonización ideológica en la propaganda. Las Open Society Foundations, con sus influyentes organizaciones y sus amplias redes, eran consideradas, por los críticos de dicho movimiento, como uno de los máximos exponentes y responsables del mismo.

Para unos era la realidad actual, para otros era una simple teoría de la conspiración. Pero esta Carta, considerada sospechosa por algunos representantes destacados de la Nueva Izquierda pero firmada por personas poco sospechosas de posiciones conservadoras, aumentaba aún más el debate. Porque pese a manifestar desde el principio que la reivindicación era necesaria y que el “iliberalismo” nacionalista debía ser enfrentado, había límites que no se podían pasar. Los firmantes se sumaban al necesario “ajuste de cuentas” de los “guerreros de la justicia”, por el pasado y presente de racismo y desigualdad, especialmente tras el odioso asesinato de George Floyd y las protestas en los EE.UU, y atribuyendo dicha horrible situación al gobierno Trump (aunque sin hablar de las dos legislaturas previas de Obama, donde nació precisamente el fenómeno del Black Lives Matter).

Por ello, alertaban que “el libre intercambio de información e ideas, que son el sustento vital de una sociedad liberal, está cada día volviéndose más estrecho”, creciendo paralelamente “la intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver asuntos complejos de política en una certitud moral cegadora”. Es decir; venían a decir que “el sueño de la razón engendra monstruos” (como pintó con maestría nuestro Goya siglos antes).

 

La censura democrática

Se les había ido de las manos, quizás. Lo habían apoyado desde el principio (siendo el mismo Chomsky uno de sus referentes destacados), pero se había radicalizado en exceso; superaban injustificadamente el legítimo rechazo a la violencia policial o la imprescindible búsqueda de la reparación moral, cuestionando el sueño de la “inclusión democrática”, al imponer represalias públicas y censuras sistemáticas a diestro y siniestro: “los editores son despedidos por publicar piezas controvertidas, los libros son retirados por supuesta falta de autenticidad, se prohíbe a los periodistas escribir de ciertos temas, los profesores son investigados por citar trabajos de literatura en clase, un investigador es despedido por divulgar estudios académicos revisados…”. Y además le hacían el juego, paralelamente, a la derecha radical a la que decían combatir: legitimaban sus reacciones y victimizaban a sus líderes.

La considerada como verdadera democracia podía imponer una verdadera censura poco considerada. Los firmantes comenzaban a sentir en sus carnes, y denunciar públicamente, esta realidad: el desprecio abierto y la censura no tan encubierta antes reservada a aquellos defensores de visiones conservadores o tradicionales de la vida y de la política. Ahora les tocaba a ellos: la caricatura por sus ideas “antiguas”, el boicot por dejar hablar al contrario, el desprecio por no ser lo suficientemente moderno, las etiquetas por pertenecer a grupos no minoritarios, o serlo pero no participar de su definición excluyente, las dudas sobre su honestidad al cuestionar algunos dogmas oficiales. Cada noche se encontraban en sus bandejas de correo y en los comentarios a sus mensajes ese control nada sutil, que el periodista demócrata Stephen Colbert definía, satíricamente, como la “policía de la corrección política”.

Policía que, para este y otros autores, vigilaba y denunciaba a aquellos que no siguiesen esos principios liberal-progresistas dominantes: el radical lenguaje inclusivo, que no se usaba, como es lógico, en la vida real (de la primera “arroba”, al actual género neutro terminado en “e”); la discriminación positiva, para unos y no para otros (como sucede, polémicamente, en ciertas universidades norteamericanas con la poblacíón asiáticoamericana); la ideología de género, proclamada antiheteropatriarcal pero demostrándose anticientífica (como denunciaba Ben Shapiro), llegando a prohibir en registros oficiales realidades propias de nuestra biología, como los términos padre y madre, o posiciones alternativas sobre sus máximas en la sexualidad o la familia (como le sucedió a la firmante J. K. Rowling, autora británica de Harry Potter); la verdad política sin discusión, siendo apropiado el boicot masivo e instantáneo a empresas que no siguieran las consignas oficiales o no usaran sus símbolos (como a la empresa latinoamericana Goya Foods por apoyar a Trump o a la norteamericana Chick-fil.A por defender el matrimonio natural); la estricta ideoneidad política, con la denuncia de todo político de pasado y presente ligado a posiciones socialconservadoras (como el ministro francés Gérald Darmanin); el ataque a cada creador o artista que se saliera de la norma no escrita de militancia inevitable (como pareció sucederle al actor español Santiago Segura); el anticapitalismo simbólico, eso si, no tan paradójicamente ultracapitalista, reclamando la intervención pública pero financiándose en las grandes corporaciones (con Michael Bloomberg como representante) o publicitándose en las nuevas plataformas televisivas privadas (con Netflix como representación); y la revisión selectiva del pasado colectivo, eliminando estatuas de un pasado colonial controvertido pero sin revisar sus propias experiencias históricas a las que remitían como legado o el presente neocolonial profundamente injusto en el que participaban.

Sobre estas críticas diversas y polémicas crecientes sobre el fenómeno de la “corrección política” ya había advertido el propio Noam Chomsky años antes: “si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto”.

 

La libertad de ser incorrectos

El derecho a tener razón y a ser considerado equivocado por la mayoría, a errar y no pedir perdón, a perdonar al contrario e incluso a cambiar de bando, a ser miembro del bando impopular y a poder proclamar con orgullo estar en del lado errado de la historia. Un creciente número de intelectuales lo reclamaba abiertamente, o lo exigía entre líneas con cierto miedo. Como los firmantes de esta Carta tan viral y tan denostada, que cuestionaban, como es lógico, la erradicación del insulto, la superación de la discriminación, o la lucha contra las injusticias.

Pero lo que si cuestionaban era algo de lo que hacían bandera los movimientos soberanistas, nacionalistas e identitarios: esa legítima posibilidad de ser incorrecto. Tal y como proponía el periodista británico y libertario Toby Young con su Free Speech Union (FSU), en defensa del derecho que todo ser humano posee a expresar opiniones diferentes, controvertidas, excéntricas, heréticas, provocativas o simplemente inoportunas (siempre alejadas de incitaciones a la violencia, de ataques personales o comportamientos incívicos); o tal como manifestaba, entre el humor y la noticia, Bill Maher en su programa Politically Incorrect.

No eran viejos quintacoluministas ni herederos del lumpenproletariado, y no querían ser nuevos y y desleales traidores a la causa liberal-progresista. Lo subrayaban continuamente; nuestros signatarios se presentaban como demócratas que apelaban al sentido común, sin abandonar sus legitimas convicciones más o menos izquierdistas. Querían esa libertad para comprender el pasado y no destruirlo, negociar con el adversario y no perseguirlo, moderar el discurso para que diera más fruto, hablar sin ser insultados, convencer al otro sin despreciar sus ideas, respetar las normas comunes para sumar a la mayoría, construir sin destruir. “No puede existir Justicia sin Libertad”, defendían los intelectuales citados; y añadían por ello que “la manera de vencer a las malas ideas es exponiendo, argumentando y convenciendo, no intentando silenciar o apartando. Rechazamos cualquier falsa elección entre Justicia y Libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para experimentar, tomar riesgos e incluso cometer errores”.

Pero los poderes fácticos globalistas no lo ponen fácil, parece, tampoco a ellos; las todopoderosas redes sociales (los gigantes de Silicon Valley como Instagram, Facebook o Twitter), que determinan que es “contenido inadecuado” o directamente hate speech (bloqueando sin sentencia o indicación judicial alguna opiniones conservadoras sobre temas sensibles), permitieron esta vez su denigración pública; y las tolerantes instituciones políticas occidentales no se sumaron a sus demandas ni respaldaron su llamada, mientras que si lo hacían con las banderas y las manifestaciones consideradas diversas e integradoras y que en muchos casos hicieron causa contra ellos y ellas. Causa desde la que, como la propia Rowling denunciaba (tras una inmisericorde e injustificada persecución), se tiraban “piedras” digitales (desde la inmediatez y la rapidez, por ejemplo, de un tuit) y se realizaban “lapidaciones” virtuales (desde la distancia y el anonimato, de mensajes imposibles de borrar); por ello dos de las firmantes tuvieron que retractarse (como Kerri K. Greenidge y Jennifer Finney Boylan), mientras otra de ellas, Wendy Kaminer, tuvo que salir públicamente a justificar su firma (“Why I signed the Harper’s cancel culture letter”, en Spiked), recordando algo similar a la gran enseñanza evangélica: “Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8: 7).

Pero esta posición intelectual crítica, pese al ataque o al silencio, no estaba sola. Podemos citar además la carta firmada, a principios del 2020, por profesores universitarios británicos (“We cannot allow censorship and silencing of individuals”, en The Guardian) ante la censura del espectáculo cómico de Kate Smurthwaite’s en el Goldsmith’s College de Londres, y la intimidación de grupos izquierdistas para prohibir las visiones alternativas sobre sexualidad o feminismo de Germaine Greer, Rupert Read o Julie Bindel; el manifiesto por la libertad de expresión en la Universidad de 2019, suscrito por doscientos profesores de Filosofía del Derecho de toda España, tras el boicot sufrido por Pablo de Lora en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona en su conferencia sobre transexualidad; o emergentes iniciativas en el mundo anglosajón, como las de Heterodox Academy (HA), The Foundation for Individual Rights in Education (FIRE), Academics For Academic Freedom (AFAF) Campaign for Common Sense (CCS), o la publicación Journal of Controversial Ideas (promovida por Robert P. George, Peter Singer o Francesca Minerva).

 

La guerra cultural

Unos pueden decir lo que quieran, otros no; unos tienen espacios en los medios, otros no; unos pueden estar en política, otros no. Más claro que el agua. La polarización debe conducir a eso: o conmigo o contra mi; y unos legislan sobre la corrección política y otros alzan la bandera de la incorrección política. La Guerra cultural (Culture war) en estado puro.

Y esta Carta intentaba consolidar un principio, pese a recordar que Trump era el responsable de todos los problemas. La “democratic inclusion” debía ser salvada de esta gran batalla cultural, evitando que el debate ideológico derivase en conflicto civil, en agresiones físicas o destrozos materiales. Era urgente la lucha contra el racismo (y la injusta desigualdad) y necesario una verdadera igualdad de oportunidades (entre clases, entre sexos, entre generaciones), pero nunca podían alcanzarse estos fines cuestionando la libertad de expresión de los contrarios o de los críticos, ni justificando la violencia antisistema. Extremas izquierdas contra extremas derechas no podía ser el debate para estos firmantes; debía haber algo más.

Pero “lo políticamente correcto” parecía marcar una gran trinchera entre dos bandos que superaban la recurrente distinción ideológica entre supuestas derechas y supuestas izquierdas. Antiguos conservadores y antiguos obreristas devenían en nuevos “soberanistas” (como demostraba el análisis del fenómeno del “trumpismo” respecto al Partido republicano), y pretéritos enemigos liberales y socialistas se daban la mano como modernos “globalistas” (como sucedía en numerosas elecciones, de Francia a Polonia). Y en plena guerra cultural, este grupo de intelectuales pretendía advertir de los excesos de los suyos, aunque sin olvidar las responsabilidades de los otros.

Una guerra donde se ponían de manifiesto las diferentes y opuestas posiciones sobre el sentido y el significado posmoderno, ni más ni menos, del Estado de derecho (en sentido formal) y el Estado del bienestar (en sentido material). Pero posiciones que solo desde la libertad podían competir democráticamente o debían colaborar desde el superior interés de los ciudadanos, respondiendo a las auténticas demandas transversales del tiempo presente: la imprescindible igualdad entre hombres y mujeres, las crecientes amenazas medioambientales, la desigualdad socioeconómica en aumento, la pérdida de tradiciones muy valiosas, y sobre todo el impacto de nuevas pandemias que ponen en cuestión nuestro propio modo de vida.

“La Revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”, parecían advertir los firmantes de las Cartas contra la “corrección política” y aquellos que los apoyaban pese a ataques varios. Una frase mítica, atribuida a Robespierre camino del cadalso en 1794 (aunque fue, posiblemente, obra de Pierre Victurnien Vergniaud), que retrataba a un revolucionario jacobino que luchó por la Liberté, contra el Antiguo régimen, eliminando y censurando a sus enemigos (y a todo disidente), y que al final fue ajusticiado y negado por sus antiguos compañeros en defensa de su propia libertad (y supervivencia). Lección exagerada o lección muy real, ahora y siempre, dirán sus lectores.

Pero lectores que, para estos y otros escritores, periodistas o profesores, debían tener el derecho de leer lo correcto o lo incorrecto, a escuchar los considerados como referentes adecuados o a los personajes denunciados como inadecuados, a poner el canal que desearan y votar por el personaje que estimaran oportuno, y sobre todo a tener su razón y poder defenderla. Porque la verdadera libertad no es correcta ni incorrecta; se tiene y se usa, con respeto y responsabilidad, solo bajo la ley y desde la conciencia.


SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME es profesor titular de la Universidad de Murcia y Director de la revista La Razón Histórica. Historiador y Doctor en Sociología y Política social. Escritor presente en los medios de comunicación, y experto en Identidades sociales e Historia de las Ideas.

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