Por los buenos

Leía esta mañana un fragmento suelto y libre de «El último libro», de Marcos Eymar: «Me fascinan los rostros de los que leen: son muy distintos a cuando hablan por el móvil o escuchan música mientras van al trabajo; sus rasgos se distienden, se deshacen, se iluminan; olvidados de sí mismos, adquieren el aspecto cambiante del agua». Esta es mi percepción con ciertas personas, no cuando leen, mas cuando dedican su tiempo a quienes más lo necesitan.

Ayer, 10 de julio, celebrábamos con efusión, en la playa de El Prat de Llobregat, el cierre de San Pollín. Nos perdimos el pregón sin faltar al acto de clausura. Fue una noche de verano y de infinitos colores, no faltaron fuegos artificiales en la lejanía; tampoco el tenue fragor del mar. Una larga sobremesa y buenos amigos que bien valen una vida. Esta escueta introducción, la cual muchos considerarán la rutina de lo que conocemos como un vividor, no hace justicia a la realidad. Pues si ayer rondábamos eufóricos entre cervezas y copas, la verdad es que anteriormente anduvimos exhaustos. Creo recordar haber traído por aquí este grito de guerra que profesaba León Bloy, paladín de los pobres, contra los alegres: «¡Tú no tienes derecho a disfrutar cuando tu hermano sufre!». Y yo, como hombre alegre y agradecido, me violenté considerablemente.

Los amigos exhaustos nos abrimos paso durante la pandemia por calles apestosas, hombres de mal ver, mujeres solas y empobrecidas y, en la mayoría de ocasiones, hogares angostos y putrefactos como cuevas. Los viernes nos aventurábamos con plena dedicación bajo el nombre de La Resistencia, porque aparecimos como El Séptimo de Caballería –tal y como el cine hollywoodiense nos lo ha vendido; aunque yo hubiera preferido algo así como La Tabla Redonda del Rey Arturo– para ofrecer a personas necesitadas las necesidades básicas de las que carecían. No solo necesidades, ofrecían también sonrisas y modales y, tal vez, algo más valioso: su tiempo. Fuimos felices porque fuimos libres de hacerlo y hoy seguimos siendo felices porque volveremos a hacerlo libremente –considerando la libertad, en todo caso, como la capacidad para hacer lo que se debe, y lo que debemos no es otra cosa que devolver desinteresadamente lo que nos ha sido dado–. No pecaré, Dios me libre, si niego que fuimos unos temerarios, porque no hay nada más temerario hoy que ser un desconsiderado, un desagradecido y un egoísta; y sin vanidad ni hipocresía puedo confirmar que mis amigos carecían de todo eso de lo que siempre hay que prescindir. Apenas nos conocíamos cuando coincidimos en tal aventura y hoy podemos considerarnos grandes amigos, y lo que hacen los grandes amigos es celebrar la vida, siempre, con alegría y gratitud. –¡Bualson! ¿De dónde sale esta gente?–.

«Bebed porque sois felices, mas nunca porque seáis desgraciados» nos enseñó Gilbert K. Chesterton, amigo y maestro, y así lo hicimos. Ayer alzamos las copas al cielo para brindar, como antaño alzamos las lanzas en ristre para ajusticiar. Esta es una oda por la abnegación de mis amigos, un réquiem por los necesitados, una alabanza sin mayor propósito que dar gracias. Me fascinan sus rostros cuando reímos juntos: son muy distintos a cuando se encaraman al móvil o marchan de escarceo; sus rasgos se distienden, se deshacen, se iluminan; olvidados de sí mismos, adquieren el aspecto cambiante del agua. 


TONI GALLEMÍ

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