Una educación

Niños comiendo uvas y melón, Murillo (1617 - 1682)

Me crie en un pueblo de unos 35.000 habitantes y jugaba en la calle. Hablo de un tiempo anterior a la climatización perpetua de los grandes espacios de ocio, a la saturación de metacrilato de la que suele estar hecha hoy la geografía prefabricada del consumo. Una época previa al amontonamiento de zonas comerciales que acontecería algunos años más tarde en los extrarradios de las grandes ciudades y de las poblaciones de tamaño medio. Aún éramos cándidos. Todavía éramos incapaces de imaginarnos a nosotros mismos caminando como sonámbulos a través de pasillos flanqueados de escaparates suntuosos y restallantes pantallas de plasma. Había esa ingenuidad aún: un punto inocente, un punto salvaje. Carecíamos de la mentalidad adquisitiva y el raudo instinto voraz con los que, nada más acceder a esta nueva geografía de colores espasmódicos y tranquilizadoras melodías de fondo, un adolescente de ahora calibra sus posibilidades de éxito.

La calle: los solares inmensos con la tierra calcinada por el sol; las pistas de futbito con el cemento resquebrajado a las que accedíamos furtivamente saltando por encima de una valla oxidada. Salir al mundo era abandonarse a la improvisación. Todo era inmediato, directo, de una tonalidad casi primaria. No mediaban artilugios en el curso de nuestras relaciones, nada de esa parafernalia tecnológica a la que ahora parece que hemos trasvasado el entero fluido de la existencia. Nos hablábamos a la cara, discutíamos de frente, nos insultábamos con un timbre de encrespamiento creciente en las voces. Y con la misma facilidad y la misma ausencia de premeditación y dobleces, nos reconciliábamos en la franca inmediatez de una proximidad que disolvía por completo los agravios.

Nos hablábamos, compartíamos vivencias a través del gesto y la palabra, nunca sobre la superficie gélida de una pantalla. Poco a poco, aprendíamos a controlar el alcance de nuestras emociones. Por nosotros mismos, imitando las pautas del sentido común que por aquella época prevalecía en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, nos instruíamos en la manera de lidiar con nuestras frustraciones y de acabar encauzando decorosamente el curso de nuestros estallidos de euforia.

Se ha institucionalizado un culto a la infancia entendido como una suerte de estadio ideal en el devenir de la vida susceptible de prolongarse durante el mayor espacio de tiempo posible

Las cosas eran concretas, tangibles, más escasas que ahora y precisamente por eso dotadas a nuestros ojos del sentido de un valor irremplazable que ya nos resulta casi imposible comunicar a nuestros hijos. Las personas, en especial las más ancianas, existían en la encarnación de una presencia rebosante de densidad y matices, lo que les confería un aura semisagrada. Era la forma de respeto que se nos había inculcado. El universo de lo virtual nos resultaba aún inimaginable. Palpábamos la realidad, la gozábamos, nos hería. Nadie vivía en ese ensimismamiento fanático en el que tantos de nuestros semejantes deambulan hoy día, conectados a unos auriculares o con la mirada absorta en la pantalla de un móvil, en plena huida de sí mismos, como si se trasladaran por el mundo en el interior de una campana de vacío.

La libertad era un sentimiento tan real que no necesitaba nombrarse. La inhalábamos con cada golpe de aire, nos llenábamos de ella, sin necesidad de mencionarla nunca, pero añorándola cuando, por una u otra razón, sobrevenían aquellos periodos de clausura que se nos hacían interminables, una soledad sin orillas en que las horas eran como limaduras de hierro que se precipitaran una tras otra en el vacío al compás de una cadencia desesperante. También debimos aprender a sobrellevar esa carga, esa sensación de monotonía y esterilidad agobiantes, conscientes de que no resultaba sensato importunar a los adultos haciéndoles partícipes de nuestro malestar. Porque los adultos habitaban una dimensión aparte, en buena medida impenetrable al clima de extravío y desánimo en que fermentaba la mayor parte de nuestros fracasos. Y a la postre uno diría que aquélla resultó una actitud sabia, porque nos obligó a enfrentarnos a las convulsiones de nuestra sentimentalidad en ciernes echando mano de nuestros propios recursos, sin protocolos psicológicos ni mediaciones condescendientes, mediante la única guía del ejemplo de nuestros mayores, y eso nos hizo más fuertes.

Desde luego, uno es consciente de lo extravangante que debe de resultar el contenido de estas líneas en unos tiempos que han institucionalizado hasta extremos patológicos el culto a la infancia. Pero a una infancia entendida no como etapa preparatoria para una paulatina maduración de la persona, sino como una suerte de estadio ideal en el devenir de la vida susceptible de prolongarse durante el mayor espacio de tiempo posible. Se han difuminado, para agravar esta tendencia, las líneas que separaban los distintos mundos. Es más: cunde la sensación de que se hayan invertido los rangos, de modo que cada vez resulta más habitual la estampa del pequeño déspota que exige de sus padres un estado ininterrumpido de fervor solícito, y no duda en chantajear a sus progenitores si no obtiene de ellos la instantánea sobredosis de estímulos con que saciar su apetito de distracciones constantes.

Se extiende, pese a la abundancia de bienes materiales y al festín perpetuo de experiencias excitantes y de amistades innúmeras diseminadas por todo el ancho del orbe virtual, una epidemia de insatisfacción generalizada

La consecuencia natural de esta concepción bulímica de la existencia es que el entretenimiento planificado se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del presente. Alrededor de los más jóvenes se despliega una industria insomne a la que los padres recurren en masa con tal de no ver languidecer a sus retoños bajo el peso de la verdadera pandemia que azota a Occidente: el aburrimiento. Hay que vivir en el vértigo incesante de las experiencias que otros nos proporcionan. Hay que introducir al niño en un carrusel de fantasías interminables, única manera, al parecer, de exorcizar su tedio y liberarlo de la apatía y la crónica sensación de descontento a las que tan prematuramente le condena la atrofia de su imaginación.

El resultado de semejante estado de cosas se halla bien a la vista: una saturación de estímulos que asfixia la capacidad de atención y dirige los intereses del niño sólo hacia aquello que le proporciona una gratificación inmediata. Apenas ningún fomento del gusto por el esfuerzo sostenido, la instrospección, la perseverancia, la necesaria aceptación del fracaso. Ningún cultivo del interés hacia el desvelamiento del encanto que se oculta tras la elementalidad de las cosas más cercanas y sencillas.

Pero uno se pregunta qué clase de felicidad puede encontrar nadie en esta situación de completa dependencia, de servidumbre ciega en realidad, que es el resultado de haber delegado en otros el cumplimiento de nuestras aspiraciones más íntimas. Se extiende, pese a la abundancia de bienes materiales y al festín perpetuo de experiencias excitantes y de amistades innúmeras diseminadas por todo el ancho del orbe virtual, una epidemia de insatisfacción generalizada. Cada vez con más frecuencia, en los rostros de chavales de 12 o 13 años es posible ver impreso un mohín indeleble de hastío, quién sabe si el signo incipiente de una futura caída en los abismos de las más dramáticas claudicaciones vitales. Entonces –no puedo evitarlo– me acuerdo de las calles que hace ya una eternidad acogieron nuestras explosiones de  generosidad y entusiasmo, y de los jardines de parterres desbaratados que contemplaron el luminoso prodigio de una fraternidad irrepetible. Y me pregunto si la única felicidad posible estuvo siempre allí, en la plenitud de aquellos rostros congestionados por el calor y por el ansia de exprimir las posibilidades de dicha contenidas en cada instante. Allí, en la verdad de aquellas emociones.  En los lugares a los que sé que no regresaré nunca.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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