Falacias lógicas

Si algún ámbito profesional hay en el que las falacias lógicas constituyan una herramienta de trabajo imprescindible, tan útil como pueda ser para un bombero la manguera o para un cirujano el bisturí, ese es la política. Un político sin un buen arsenal de falacias lógicas con las que confundir y manipular a la opinión pública sería un hombre inerme, desamparado, y sus declaraciones, con demasiada frecuencia, trasmitirían la lastimosa impresión de no ser más que el lloriqueo de un pedigüeño, cuando todos sabemos que un político pertrechado con sus falacias nunca pide, sencillamente reclama lo que corresponde –sea la sangre, el sudor o el esfuerzo ajeno, aunque la mayoría suele conformarse con el dinero-.

Es de notar que un partido político bregado -y por extensión los medios afines que inevitablemente se desarrollan en una relación simbiótica con él- debería estar especialmente avispado en señalar las falacias de sus contrincantes, aunque esto conduzca al habitual diálogo de sordos en que suele consistir la política. Tan grave como un uso deficiente de las falacias en su beneficio resulta la torpeza de caer en las emboscadas que, valiéndose de ellas, tiende el enemigo. Si el Gobierno, por ejemplo, recurriese en su defensa a una falacia post hoc, difícilmente podría entenderse que la oposición y la prensa afín no señalase que correlación no implica causalidad. Peor todavía sería, por poner otro ejemplo, que si unos recurriesen a la falacia del hombre de paja –que tantos partidarios tiene por permitir aunar la crítica más implacable con el escarnio más hiriente, para deleite de los adeptos y rabia de los rivales- sería imperdonable, casi un suicidio político, que los atacados no desmontasen la caricatura, sino que la aceptasen como una fina descripción de sus ideas.

De entre todas las falacias utilizadas por los políticos y sus adláteres, una de mis favoritas –entre otras cosas por el nombre- es esa conocida como “falacia del arenque ahumado” (red herring), que persigue desviar la atención del asunto que se trata a otro irrelevante o, al menos, mucho más favorable, más defendible, en el que poder luchar casi en igualdad de condiciones en el cuerpo a cuerpo –y en esto consiste, muchas veces, la habilidad fundamental de los gestores de cuarta que consiguen pasar por políticos de primera-. La clave, como es de suponer, está en la sutileza en el despiste, en ese dejar la impresión de que seguimos discutiendo lo mismo cuando realmente hemos pasado a discutir algo completamente distinto. Las maniobras de distracción magistrales lo son porque la mayoría no se dan cuenta ni siquiera a posteriori de que los distrajeron.

No es necesario remontarse en el tiempo hasta no sé cuándo para encontrar ejemplos notables de la falacia del arenque ahumado. Por doquier descubrimos maniobras discretísimas que, desviando la atención hacia lo anecdótico, han logrado que sus oponentes políticos y la opinión pública sigan la zanahoria que les han puesto como cebo, disolviendo el debate en unos nuevos términos más propicios.

No es lo mismo sostener que la manifestación fue un error porque mucha gente se contagió en ella que señalar que se obviaron todas las advertencias y no se tomó ninguna medida preventiva por el interés ideológico de celebrar la dichosa manifestación

Pensemos, sin ir más lejos, en cómo hace nada un creciente clamor reclamaba poner a remojo nuestras barbas ante el rasurado terrorífico que padecían los italianos. Recordemos cómo esas gentes columbraban como causa de la desidia del Gobierno, pese a las cada vez más alarmantes evidencias, la inminente celebración de cierta manifestación. Y cómo, finalmente, las sospechas ganaron considerable verosimilitud al transformarse por completo el discurso y formalizarse de urgencia medidas, ¡qué casualidad!, inmediatamente después de la manifestación. Por el contrario, miremos ahora. Busquemos en los discursos, en las declaraciones, en los artículos publicados en la prensa qué ecos subsisten de aquellos hechos. Lo que encontraremos sólo será un pálido reflejo de la culpa original: sólo queda la acusación de los innumerables casos de contagio que, sin duda, se produjeron en aquella manifestación. Subrepticiamente el centro del debate se ha visto desplazado. No es lo mismo sostener que la manifestación fue un error porque mucha gente se contagió en ella -como se contagiaron en innumerables espectáculos y acontecimientos multitudinarios-, que señalar que se obviaron todas las advertencias y evidencias y no se tomó ninguna medida preventiva por el interés ideológico de celebrar la dichosa manifestación. Es la diferencia que existe entre que la manifestación sea un caso más entre muchos o que la manifestación sea el caso.

Lo prudente, como siempre, es no dejarse engañar, no fijarse en el arenque ahumado, en el número de contagios que se produjeron allí, ni discutir si fueron más o menos que en otras celebraciones, manteniendo la atención en lo relevante, en que todo apunta a que fue porque bajo ningún concepto estaban dispuestos a suspenderla, por una cuestión electoral, por lo que ahora, en gran medida, nos vemos como nos vemos. Si creéis que esa es la verdad pelead por ella y defendedla con todo el vigor necesario, pero sin recurrir, a ser posible, a los atajos que las falacias pondrán a nuestro alcance.


CAYO CARIGA ELEIRÓ