La oportunidad yihadista en Libia

Milicianos libios aliados del Gobierno combaten posiciones de Daesh en Sirte, en agosto de 2016. Goran Tomasevic/Reuters

África, objetivo del Dáesh

La historia de África es particular y compleja. El continente, cúmulo de Estados fallidos, ejerce un poderoso atractivo para las milicias islamistas. La pobreza, la corrupción, la extensión geográfica de las regiones y la permeabilidad de las fronteras son, junto con la debilidad de los poderes públicos y el tribalismo, factores que han seducido a yihadistas de todo el mundo.

Pero sus aspiraciones van más allá de controlar las regiones más occidentales. Su creciente presencia en la zona se hizo evidente en octubre de 2016, cuando los milicianos de Daesh tomaron la ciudad de Qandala, en Somalia, sin apenas resistencia. El pasado 14 de octubre, en Mogadiscio, Al Shabab, filial de Al Qaeda, dejó más de 500 muertos en lo que fue el mayor atentado de la historia del país.

Son numerosos los grupos terroristas que ya actúan en el continente: AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico), MUYAO (Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental), Ansar ad-Din, Al Shabab o Boko Haram lo hacen en países como Argelia, Somalia, Nigeria, Camerún, Chad, Mali, Mauritania, Túnez, Libia y Níger. Ali Bakr, analista especializado en terrorismo en Future Advanced Research, cree que serán aún más: «El colapso del bastión del Estado Islámico en Raqqa (Siria) provocará una nueva coalición de combatientes en el continente, la mayoría de los cuales provienen de países del norte de África».

Si, como ya han alertado los analistas, el Magreb es hoy más vulnerable que antes, lo es gracias a la Primavera Árabe. Túnez o Egipto, cuyos regímenes cayeron en 2011, llevan años en el punto de mira de los islamistas. Pero de confirmarse la pretensión de Daesh de establecer su ‘califato’ en África, ningún país podría verse tan afectado como Libia.

Libia: un Estado fallido

Tras sacudir Túnez y Egipto, la Primavera Árabe puso el ojo del huracán sobre Libia, un país que sumaba más de 40 años bajo el régimen de Muamar el Gadafi. El 20 de octubre de 2011, al mediodía, milicianos del Consejo Nacional de Transición (CNT) acabaron con su vida en la ciudad costera de Sirte. Cerca de un mes antes, el 16 de septiembre, la ONU reconocía a los rebeldes del CNT como representantes de Libia con 114 votos a favor, 17 en contra y 15 abstenciones. Tras la jefatura provisional de al-Harati esta fue asumida por Mustafa Abdul Jalil, antiguo Ministro de Justicia de Gadafi, hasta que en agosto de 2012 el CNT fue disuelto y el poder transferido al Congreso General de la Nación (CGN).

Fue Alí Zeidan, suní moderado y defensor del liberalismo, quien ganó las elecciones convocadas por el CGN, ejerciendo como Primer Ministro desde el 14 de octubre de 2012 hasta el 11 de marzo de 2014. Sin embargo, el apoyo electoral que lograron los islamistas colocó a Nuri Abu Samhain  como Presidente del Gobierno. Este, comandante de las Fuerzas Armadas Libias y próximo a los Hermanos Musulmanes, fue incapaz de hacerse con el control del país y propició la creación de milicias islamistas como la Sala de Operaciones de los Revolucionarios Libios, que llegó a secuestrar al Primer Ministro Alí Zeidan, posteriormente destituido en una moción de censura. El gobierno pasó a Abdullah al Thani, también moderado. En febrero de 2014, el excoronel del ejército libio Jalifa Haftar ordenó la suspensión del Congreso General, en manos de los Hermanos Musulmanes, en lo que se llamó Operación Dignidad. Comenzaba una nueva guerra en Libia.

Por entonces, debido a la debilidad institucional y el fortalecimiento de las milicias locales, el país se dividió en dos gobiernos rivales en Trípoli y en Tobruk. En torno a un año después, la ONU hizo firmar el “Acuerdo Político Libio” entre los dos parlamentos que funcionaban simultáneamente creando un Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) dirigido por Fayez al-Sarraj, con poca autoridad y el apoyo de la comunidad internacional. También el Consejo Presidencial, que realiza las funciones de Jefatura del Estado, estaría presidido por al-Sarraj, que no cuenta con el apoyo de la Cámara de Representantes o “parlamento de Tobruk”, considerado otro centro de poder. Desde Tobruk se ha apoyado de forma incondicional al general anti-islamista Haftar, jefe del Ejército Nacional Libio (LNA), con cada vez más poder sobre el terreno.  El último centro de poder es el que ejerce el Congreso Nacional General (CGN) bajo el que descansa el Gobierno de Salvación Nacional encabezado por Jalifa al-Ghweil que, a pesar de estar en el exilio y no controlar ninguna institución importante,  tiene sede en Trípoli y cuenta con el apoyo de grupos armados y milicias islamistas. Las injerencias extranjeras y los constantes enfrentamientos entre Haftar y los radicales de Amanecer Libio del GNC no han hecho sino dificultar aún más una posible solución pacífica al conflicto.[1]

Entre el caos y el desgobierno se ha generado un caldo de cultivo idóneo para el fortalecimiento del islamismo, el tribalismo y el contrabandismo de armas, petróleo  y drogas. Mientras los mercados de esclavos vuelven a estar a la orden del día, ciudades como Zuwara, al norte del país, se han convertido en refugio y lugar de enriquecimiento de mafiosos y traficantes de personas. Pero lo más preocupante es que este vacío de poder pueda atraer a los milicianos de Daesh retornados tras su fracaso en Siria e Irak.

El origen de la yihad libia

En torno a 1980, a instancias de la CIA, Awatha al-Zuwawi crea en Libia una oficina destinada a reclutar combatientes que serían enviados a Afganistán para luchar contra los soviéticos.  Ya en 1986, en Pakistán, los mercenarios libios comienzan a obedecer órdenes de Osama bin Laden. Tras regresar de Sudán en 1994, los milicianos se instalan en Libia con objeto de asesinar a Gadafi y acabar con la Yamahiriya. En estas fechas Abu Laith Al Lib  crea el Grupo Islámico de Combatientes Libios (GICL), leal al CNT desde 2011 y rebautizado como Movimiento Islámico Libio, que llevó a cabo atentados a fin de desestabilizar el régimen. Su objetivo era deshacerse de la influencia occidental, restablecer una visión purista del Islam y derrocar a Gadafi, considerado un apóstata. Además, contaron con el apoyo regional de aquellos que apoyaron la monarquía Sanusí, que gobernó Libia entre 1951 y 1969. Años después, paradójicamente, el GICL será incluido en la lista de grupos terroristas del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Las relaciones entre la oposición de la Yamahiriya y el fundamentalismo islámico no nos son ajenas.  El pasado 22 de mayo el terrorista suicida Salman Abedi dejó 22 muertos y 59 heridos en el Manchester Arena. Su padre, Ramadan Abedi, había sido miembro del GICL y guardaba relación con traficantes de armas de la revolución siria. Por todo ello, meses antes de caer el régimen, Gadafi advertía en una televisión francesa: «En nuestro país, policías, soldados y rebeldes están luchando contra Al Qaeda que está conspirando para hacerse con el control de Libia y la comunidad internacional debería darse de cuenta de esta lucha y no de intentar transmitir al mundo una guerra civil que no existe en nuestro país».

No obstante, los grupos de carácter yihadista que se han ido extendiendo en Libia forman un grupo heterogéneo en el que, a veces, se producen choques de intereses. Por una parte se encuentra Ansar Al-Sharia, una milicia salafista cercana a Al Qaeda creada en 2011 a quien se culpa del asalto al consulado estadounidense en Bengasi que, en 2012, causó la muerte del embajador Christopher Stevens. Disuelta desde mayo del pasado año, algunos de sus miembros combaten junto al Consejo de la Shura de los Revolucionarios de Bengasi (BRSC), un conjunto de milicianos islamistas entre los que también se integran los fieles a EI y que, junto a las Brigadas de Defensa de Bengasi (BDB), luchan contra el general Haftar. Tanto el BRSC como el BDB apoyan a Sadiq al-Ghariani, líder de la Dar al-Islam de Libia. Su nombre también guarda relación con la familia al-Abedi de Manchester. En 2014 la ciudad de Derna cayó en manos de EI para ser posteriormente tomada por el Consejo de la Shura de los Muyahidines de Derna, vinculado a Al Qaeda, fundado por exmiembros del GICL y bautizado en sus inicios como Brigada de los Mártires de Abu Salim. Todo ello entre el norte y el centro del país.

Al oeste estaría Amanecer Libio, hoy dividido en diversos grupos en función del grado de lealtad a al-Sarraj, que llegó a controlar Trípoli y Misrata. Este grupo, apoyado por Turquía, Sudán y Catar, surge durante la guerra de 2014 en respuesta a la Operación Dignidad de Haftar en Trípoli. Amanecer Libio estaba formado sobre todo por ciudadanos de Misrata, muchos de ellos islamistas.

En total, según algunos informes, hasta 1700 grupos armados emergieron tras la caída de Gadafi y, según el presidente de la Academia Diplomática de Emiratos Árabes Unidos y exrepresentante del Secretario General de Naciones Unidas para Libia, Bernardino León Gross, el que fuera uno de los países más ricos del mundo se ha transformado en una «ventana abierta» del Sahel, «el espacio más conflictivo en el mundo».

Ahora la comunidad internacional teme que los combatientes que huyen de Irak y Siria puedan reagruparse en Libia y sumarse a los que ya se encuentran en la zona, algo de lo que ya han alertado las autoridades libias. Parece que tras la primavera de 2011 no ha llegado el verano sino un duro invierno. Y los que quedan.

DIEGO MARTÍNEZ

[1] http://www.ieee.es/contenido/noticias/2017/11/DIEEEA70-2017.html

Imagen destacada: Milicianos libios aliados del Gobierno combaten posiciones de Daesh en Sirte, en agosto de 2016. GORAN TOMASEVIC (Reuters)

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