Ideología de género: rumbo a la distopía

«Técnica e ideológicamente —sostenía Aldous Huxley— todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados y los grupos de Bokanovsky de adultos con inteligencia infantil. Pero por los alrededores del año 600 de la Era Fordiana, ¿quién sabe qué puede ocurrir?». Aunque, en efecto, es mucho lo que aún nos separa de aquel distópico mundo feliz, un amplio sector de la sociedad ha terminado por asumir un discurso, tan atractivo como fanático, que disfraza de progresismo la ingeniería social y hace del relativismo un dogma de fe.

¿Somos, como afirman algunos, el resultado de una mera construcción social?, ¿pueden nuestros sentimientos influir en realidades objetivas?, ¿es capaz el entorno de arrinconar a la genética? Para dar una respuesta a estas preguntas es preciso aproximarse a las corrientes de pensamiento que han atraído a las generaciones del último siglo.

Sexo frente a género

Desde la década de 1950 se ha venido desarrollando un nuevo campo de investigación: los estudios de género. Estos, integrados por un conjunto de disciplinas, trataron de arrojar luz sobre cuestiones referentes al género y la sexualidad. Fueron las teorías de Simone de Beauvoir las que marcaron un antes y un después en la idea sexo como realidad biológica frente a género como construcción social. Para ella «no se nace mujer, se llega a serlo». Ortner y Whithead añadieron: «qué es el género, qué es un hombre y qué es una mujer […], estos interrogantes no sólo se plantean a partir de los hechos biológicos reconocidos, sino que son también, en gran parte, productos de procesos sociales y culturales».

Para Beauvoir y sus acólitos, la idea de género abarca el conjunto de roles social y culturalmente construidos sobre la idea de masculinidad y feminidad como puede ser, por ejemplo, la distribución tradicional de las tareas en el ámbito doméstico. Pero posteriormente el discurso devino en una crítica a la anatomía de origen en la que el género constituiría una categoría ontológica en sí mismo. Frente a un esencialismo que aseguraba la existencia de cualidades naturales e inmutables en ambos sexos, el género se erige por encima de cualquier realidad anatómica, genética o fisiológica, determinando el estatus mismo de hombre o mujer, que pasaría a depender de la percepción maleable y subjetiva que el individuo tiene de sí mismo. No obstante, también es posible que tal percepción —la identidad de género — vaya más allá del espectro tradicional hombre-mujer conformando una lista infinita e inconclusa de géneros llamados no binarios. Afirmar hoy que «los niños tienen pene y las niñas tienen vagina», como ya se ha visto, es un acto de transgresión sólo comparable al que en su día supuso proponer la teoría heliocéntrica.

Cada una de estas doctrinas se sostiene en toda una serie de teorías psicológicas herederas de Freud, central en la obra de Huxley, y que, como demostró el experimento de David Reimer, pueden llegar a ser peligrosas. En esta línea, Judith Butler afirmó que «varón y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino». Pero donde la pseudociencia sentencia categóricamente, la ciencia discrepa. Numerosos estudios (Sex Differences in Cognitive Abilities, Diane Halpern) han demostrado que, efectivamente, la biología determina las diferencias cognitivas, neuroanatómicas y de comportamiento basadas en el sexo. Niro Shah, neurobiólogo de la Universidad de Standford, se pregunta: «si la presencia o ausencia de un único par de bases de ADN conduce a un trastorno genético, ¿cómo despreciar el influjo de un cromosoma?»

[Ver más: Dos sexos, dos cerebros, Observatorio de Bioética UCV]

El Mono Desnudo, del zoólogo Desmond Morris, doctor por la Universidad de Oxford, es igualmente recomendable para comprender cómo los mecanismos biológicos que compartimos con el resto de especies han contribuido al éxito de la nuestra.

La herencia, el eterno enemigo

Desde la crítica a la monarquía por su carácter sucesorio hasta el vigente impuesto de sucesiones, la izquierda siempre ha visto en la herencia un obstáculo en el camino de la lucha de clases. Los predicadores de la igualdad («¡tarántulas sois para mí, —diría Nietzsche— y vengativos escondidos!») se rebelaron también, en su afán homogeneizador, contra la herencia biológica: la genética.

Para Marx, el hombre es el conjunto de sus relaciones sociales; un ser capaz de transformarse a sí mismo y de interpretar y transformar la realidad. El hombre nuevo, sujeto y objeto del desarrollo, deberá, en un proceso constante de interacción con el entorno, deshacerse de toda forma de alienación social. Esta teoría llevada al extremo planteó, durante la Unión Soviética, la maleabilidad absoluta de la naturaleza humana por encima de lo impuesto por la herencia genética. Trofim Lysenko, científico mediocre y director de la Academia de Ciencias Agrícolas, negó abiertamente la existencia de los genes aceptando las superadas teorías de Lamarck. Estas últimas se adaptaban mejor al ideario comunista, pues entendían que cuanto mejor fuese el entorno, tanto mejor sería el individuo. Para Lysenko, el ADN era una superstición de los medios occidentales y el hombre el resultado de una mera construcción social. De esta forma persiguió a decenas de científicos; a muchos de ellos, como a Nikolái Vavílov, hasta darles muerte.

El hombre, por tanto, no debía emanciparse sólo de las ataduras externas, sino también de las impuestas por su propia condición de ser humano, por lo que ‘hombre’ y ‘mujer’ pasaron a ser categorías obsoletas susceptibles de ser superadas en un proceso individual de construcción y deconstrucción. La dialéctica de la modernidad se materializó en la reafirmación constante de la individualidad; en un proceso de reivindicación del yo frente a toda suerte de identidad colectiva: desde la nación y la religión hasta la raza y el propio género.

A ello se refiere el cardenal Ratzinger en su libro La sal de la tierra:

«Actualmente se considera a la mujer como un ser oprimido; así que la liberación de la mujer sirve de centro nuclear para cualquier actividad de liberación tanto política como antropológica con el objetivo de liberar al ser humano de su biología. Se distingue entonces el fenómeno biológico de la sexualidad de sus formas históricas, a las que se denomina ‘gender’, pero la pretendida revolución contra las formas históricas de la sexualidad culmina en una revolución contra los presupuestos biológicos. Ya no se admite que la ‘naturaleza’ tenga algo que decir, es mejor que el hombre pueda modelarse a su gusto, tiene que liberarse de cualquier presupuesto de su ser: el ser humano tiene que hacerse a sí mismo según lo que él quiera, sólo de ese modo será ‘libre’ y liberado. Todo esto, en el fondo, disimula una insurrección del hombre contra los límites que lleva consigo como ser biológico. Se opone, en último extremo, a ser criatura. El ser humano tiene que ser su propio creador, versión moderna de aquél ‘seréis como dioses’: tiene que ser como Dios».

De Marx a la Revolución Sexual

Pero la defensa a ultranza por parte de la izquierda de las teorías de ‘emancipación sexual’ no ha sido una constante histórica. Ni Marx ni Engels, por ejemplo, toleraban formas de sexualidad heterodoxas. Para Engels, la homosexualidad era una práctica similar a la pederastia, «moralmente deteriorada», «abominable», «extremadamente contra natura», «despreciable» y «degradante». Marx, por su parte, trató de utilizar la homosexualidad del sindicalista socialdemócrata Jean Baptista von Schweitzer —a sus ojos un «estúpido maricón»— para desprestigiarlo. Años después, con Stalin a los mandos de la Unión Soviética, este repudio se materializó en cifras espeluznantes: durante el Termidoro Sexual, decenas de miles de homosexuales fueron sometidos a una despiadada represión que no se redujo hasta la década de 1990.

Pero Marx, de origen judío, y Engels, de padres calvinistas, manifestaban algo que, salvando el odio que revestía sus palabras, coincidía con el sentir mayoritario de una Europa de raíces judeocristianas y cimentada sobre el modelo familiar tradicional. El economista alemán había pronosticado erróneamente la caída del capitalismo por sus «contradicciones internas» y, reinterpretando la dialéctica hegeliana, supuso que los acontecimientos históricos venían determinados por factores económicos —lo que posteriormente se bautizó como materialismo histórico— y que la historia avanzaba inexorablemente hacia emancipación de los trabajadores. Antonio Gramsci, teórico comunista italiano e inspirador de la Escuela de Frankfurt, entendió entonces que si esto no ocurría, si los obreros no se levantaban, era porque la cultura occidental de raíces cristianas de la que estaban impregnados lo impedía. Defendió que la toma del poder cultural debía preceder a la toma del poder político, es decir, que para asegurar el triunfo de una revolución rechazada naturalmente por los europeos era preciso atacar las bases del sistema. Propuso así iniciar una batalla ideológica a través de las instituciones que terminase por derrocar la hegemonía cultural y acabar con los cimientos de la civilización occidental: la religión, la Ley Natural o la familia tradicional. Y, poco a poco, lo han ido consiguiendo.

Gramsci, como ya se ha dicho, fue uno de los inspiradores de la Escuela de Frankfurt, nacida hacia 1920 bajo la dirección de Horkheimer y Marcuse como una escuela crítica con una sociedad capitalista cada vez más industrializada. Sigmund Freud fue otro de sus referentes. Para el padre del psicoanálisis, el ser humano es un ser de pulsiones libidinosas, y la represión de tales pulsiones por cuestiones morales o religiosas no conduce sino hacia el desequilibrio psicológico. Para Freud, la religión no deja de ser una especie de neurosis colectiva y, dejando de lado todo estorbo moral, por encima de las ‘supersticiones’ religiosas se abrieron paso el hedonismo, el relativismo y las teorías emancipatorias que allanarían el camino de los movimientos de liberación sexual. Cuando Erich Fromm, adscrito inicialmente a la Escuela de Frankfurt, supuso que la masculinidad y la feminidad no se debían a diferencias biológicas, la guerra cultural de Gramsci disputaba sus primeras batallas.

[Ver más: Cómo el marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt inventó la persecución al disidente]

Con las bases firmes, entre 1950 y 1960 ocurrió lo inevitable: el movimiento hippie, el feminismo de segunda ola y —voilà!— los estudios de género a los que nos referimos inicialmente. Y en mayo de 1968 la olla a presión estalló en la revolución pacífica que este año cumple medio siglo. Todos los movimientos emancipadores a los que nos hemos referido son el resultado de la onda expansiva de aquellas movilizaciones en las que se lanzaron consignas a favor del ecologismo, la libertad sexual y el feminismo: había nacido la nueva izquierda.

Es por ello que, a día de hoy, resulta revelador observar cómo los intereses del capitalismo financiero —que ha prostituido la verdadera esencia del liberalismo— y los planteamientos morales de la izquierda, tradicionalmente anticapitalista, han venido a coincidir en un  mismo punto. Alain de Benoist, ideólogo de la Nueva Derecha, resume así las contradicciones de la izquierda:

«El gran error fue pensar que la mejor forma de luchar contra la lógica del capital era atacar los valores tradicionales. Ello equivalía a no ver que esos valores, así como lo que todavía quedaba en pie de las estructuras orgánicas, constituían el último obstáculo al despliegue planetario de esa lógica capitalista. El sociólogo Jacques Julliard hizo a este propósito una observación muy justa, al escribir que los militantes de mayo 68, al denunciar los valores tradicionales “no se dieron cuenta que esos valores (honor, solidaridad, heroísmo) eran, casi con las mismas etiquetas, los mismos que los del socialismo, y que suprimiéndolos abrían la vía al triunfo de los valores burgueses: individualismo, cálculo racional, eficacia”».

Las estructuras orgánicas (familia y nación), las instituciones religiosas y los valores morales tradicionales así como los principios de orden, jerarquía y autoridad, fueron sustituidos por un nihilismo emancipador que despegaba por completo al hombre de la verdadera raíz de su ser. El filósofo Zygmunt Bauman denominó a esta realidad modernidad  líquida: si las generaciones precedentes estaban sujetas a dogmas firmes y valores sólidos (sacrificio, responsabilidad, esfuerzo), el individuo actual, exento de compromisos, habita en un mundo flexible y eventual, donde nada es estable y definitivo sino inminente, efímero y novedoso.

Pronto la izquierda asumió que, contra las predicciones de Marx, el capitalismo no había caído y se afianzaba en mitad del orbe, por lo que la emancipación de la clase obrera a través de la lucha de clases se hacía cada vez más improbable. El esquema marxista opresor/oprimido cambió entonces de protagonistas y, con el feminismo de tercera ola, la lucha de sexos ha venido a sustituir a la lucha de clases. Si antaño el proletario luchaba por liberarse de la tiranía del burgués, ahora la mujer debe acabar con la opresión del hombre. De esta forma, una vez más, la izquierda ha encontrado en el imperativo «divide y vencerás» un aliado perfecto para arengar a las masas —lo que ellos llaman despertar la conciencia de clase, género o raza— y promover la agitación social: pobres contra ricos, negros contra blancos, homosexuales contra heterosexuales y, ahora, mujeres contra hombres. La eterna dialéctica. Y si de aquellos polvos estos lodos, ahí tienen el germen de la manifestación del 8 de marzo.

El porqué del éxito de la concentración —que no huelga— es evidente. Oswald Spengler diría de sus discípulos (y, sobre todo, discípulas) que «sólo en masa se sienten a gusto, porque en ella pueden amortiguar, multiplicándose, el oscuro sentimiento de su debilidad». Elvira Roca afinaba aún más en un magnífico artículo publicado en El Mundo bajo el título De Algeciras a Kabul: 8-M cuando sentenciaba: «Está el personal con las velas desplegadas esperando con desesperada necesidad el viento cálido de algún catecismo redentor que venga, por piedad, a poner norte en sus vidas, a ofrecerles una causa noble por la que vivir y luchar».

DIEGO MARTÍNEZ

Una versión reducida de este artículo fue publicada en Democresia.es el 26 marzo de 2018

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