Contra el arte

La Filosofía, desde sus inicios, se ha ocupado del arte —o de las artes— y es eso mismo,  la multiplicidad de sus disciplinas, la razón por la cual se establece una clasificación en seis: pintura, escultura, arquitectura, música, poesía y danza. A esa se le añade el famoso séptimo arte, que suele ser el cine, o, en su manifestación más tradicional, el teatro y la actuación en cualquiera de sus formas. A esta clasificación la acompañaron muchas jerarquizaciones que han variado mucho en la Historia: desde los griegos, que ponían a la poesía en primer puesto, hasta el barroco, que relegó a la música al último, pasando por el trivium y quadrivium medievales. Independientemente de estas clasificaciones —y de otras más modernas, que proponen tonterías como incluir los videojuegos en la categoría de arte— el tema de este artículo es la innegable y dura crisis que el arte, sea cual sea su manifestación, atraviesa hoy en día. Crisis que se puede advertir en tres ejes principales: la interpretación errónea de obras clásicas, la escasez de nuevas obras y la pésima calidad de gran parte de estas últimas.

Comencemos por el primero de todos, el más candente, sin duda. Resulta obvio que las obras de arte necesitan de, al menos, dos elementos. El creador y el re-creador. Dicho de otra manera, el reproductor o intérprete. Una producción artística tiene vida sobre el papel, pero la mayoría necesitan de alguien con las habilidades técnicas y humanas lo suficientemente cultivadas como para “sacar” esa obra de su vida latente y teórica y darle una dimensión colectiva, compartirla con el público. El intérprete es el paso final entre la teoría y la realidad, un mediador entre la idea —vulgarmente llamada inspiración—, el creador que la plasma y la realidad en que se manifiesta. Por ello, el trabajo del intérprete a veces es incluso más complicado que el del creador. En muchos casos, como en la danza o la música, hay un gran margen para la aportación personal. Es esto fuente de una riqueza inconmensurable, puesto que dos artistas, e incluso el mismo artista en diferentes momentos de su vida, nunca verán la obra de la misma manera. Ahora bien, que haya lugar a la manifestación de la personalidad del intérprete en su trabajo no le exime de mostrar un respeto mínimo al creador y a su obra, empezando por reproducirla tal y como ese creador la dejó plasmada. Muchos “artistas” modernos usan esta libertad como excusa bajo la que amparar sus perpetraciones —accidentales o deliberadas—a las obras originales. Pensemos en uno de los casos más recientes y sonados. En enero de 2018 tuvo lugar una representación de Carmen de Bizet en Florencia. En la ópera original, don José, despechado, mata a Carmen. Típico de las obras románticas. Pues bien, el director de esta representación, ni corto ni perezoso, cambió el final para que fuera Carmen la que, arrebatándole la pistola a don José, lo matara.

Lo hizo bajo la peregrina excusa de evitar que el público no aplaudiese la violencia machista. Al oír la noticia, a cualquier persona con dos dedos de frente, le asaltan dudas lógicas. ¿Cómo lograría adaptar la música a la acción? ¿Y qué hay del nuevo texto que requiere ese giro del guión? No me lo pregunten, yo tampoco lo sé. Pero si vamos un poco más allá, encontramos otros problemas más graves. El primero, la excusa en sí. Casi nunca en las óperas se aplaude la historia. De hecho, como espectador asiduo, me atrevo a decir que es lo que menos interesa. Se aplaude la actuación y la música, sobre todo. Segundo punto: ¿es la manera adecuada de luchar contra un problema tan serio como la violencia machista? Cambiar el final de una obra por esa razón, aparte de demostrar una arrogancia enorme, no blinda a la sociedad contra ese problema. Es imposible, y un error, analizar obras clásicas con los cánones actuales. Si no nos acercamos sin complejos a estas obras, nunca sabremos lo que tienen de bueno —que es mucho, y se puede aprender de ello— y nunca nos enfrentaremos a lo que tienen de malo. Está claro que matar a una mujer es un acto abominable (¿acaso es mejor matar a un hombre a sangre fría?). Hemos de saberlo al ver Carmen, pero no por ello creer que se está alabando ese acto. De hecho, se me hace difícil pensar que Bizet apoyase a don José, y que no usara ese desenlace más que para crear el dramatismo necesario para la obra. Por suerte, hubo gente que abucheó al director en Florencia. Pero un preocupante porcentaje de gentuza, entre la que se encuentra el mismo alcalde de Florencia, aplaudió la tergiversación de la historia. Debemos ser conscientes de los peligros que encierra este tipo de comportamientos ante el arte, porque es tan solo cuestión de tiempo que algún iluminado modifique obras como Las relaciones peligrosas por exceso de libertinaje —emulando así, sorpresa, la misma cerrazón mental de la sociedad francesa de entonces  o que se prohíban Los fusilamientos del tres de mayo por pintura demasiado belicista. Pero no demos más ideas.

Pasemos al segundo de estos puntos. Está claro que hoy en día hay menos producción artística que en otros tiempos. Producción artística senso stricto, ya que la interpretación se puede calificar como una reproducción, como ya dije. Hay dos teorías que pretenden explicar la causa de este problema: que hay menos artistas hoy en día o que gozan de menos fama, por lo que su producción sería para nosotros desconocida. Resulta evidente que la segunda teoría no es del todo cierta, ya que muchos de los artistas hoy conocidos no lo fueron en su tiempo. Pensemos en Schubert o Cervantes, prácticamente ignorados en vida, y tan reconocidos hoy. La teoría realmente preocupante es la primera. La flagrante escasez de artistas, que lleva a la escasez de la producción. Vivimos en un mundo en el que la industria en todas sus formas está desarrollada hasta el extremo. Esto es algo enormemente positivo, ya que, sin ir más lejos, aumenta nuestra esperanza y calidad de vida. Pero deja de ser algo tan bueno cuando ese crecimiento técnico y científico se produce en detrimento de las artes y las humanidades. Los estudiantes universitarios de ciencias están en abrumadora superioridad frente a los que hacen una carrera artística, y creciendo (sobre todo, en el sector de las ingenierías). Además, dentro de las carreras artísticas, son minoría los que se dedican a la producción, y no a la reproducción (por ejemplo, compositores o pintores). Esto no es más que el reflejo de nuestra sociedad actual, industrializada hasta la náusea y casi ajena a toda sensibilidad artística. Quizá la razón de esto sea que es muy difícil cuantificar (establecer unas horas de trabajo, un sueldo regular) profesiones como la de artista o la de filósofo, dedicadas a lo abstracto. En una sociedad tan materialista, ello desemboca en que los más capaces graduados en estas materias deben verse resignados a enseñarlas, actividad noble y necesaria, pero de seguro que no deseada por el 100% de los profesionales. En definitiva, formar gente con sensibilidad, competencia y conocimientos en estas materias no resulta rentable.

Por último, el tercer punto. La evidente falta de calidad en las pocas obras nuevas que se producen. Es un problema que va parejo al segundo: crear obras sin calidad no invita a hacer nuevas, creyendo —los artistas— que no merece la pena luchar contra esa tendencia antiestética. Se crea así un círculo vicioso del que es complicado salir. Este problema es una crisis en sí mismo. La natural inclinación del arte a la belleza, a la armonía, a la proporción, que ya establecieron los antiguos griegos, está siendo aniquilada. Muchas veces bajo el pretexto de la denuncia. Obras musicales inaudibles, o pinturas a todas luces faltas del más mínimo sentido pictórico se nos intentan presentar como una denuncia de cualquier problema social. Por supuesto que esto último es necesario, pero ¿acaso no será más efectivo hacerlo de manera bella? ¿No conseguirá mejor el autor su propósito -hacer llegar su denuncia al mayor número posible de personas- haciendo la forma atractiva para presentar el fondo? Por otra parte, las técnicas artísticas tradicionales presentan mucha mayor riqueza de recursos para este propósito que las actuales. ¿No son éstas razones suficientes para volver a la belleza? Se me ocurre el Treno a las víctimas de Hiroshima. ¿Acaso no hubiera conseguido mejor su propósito el autor haciendo la obra audible?

Como conclusión a esta crítica, me gustaría exponer la solución a los tres problemas. No hace falta ser un genio para dar con ella, pero tal y como están las cosas, hace falta decirlo todo. La solución es la misma para los tres  (puesto que son manifestaciones de un mismo mal): educar a las personas en el arte. Solo invirtiendo en él y fomentando su desarrollo conseguiremos poner fin a esta crisis. Pero la solución no solo depende de las autoridades; todos y cada uno de nosotros debemos poner de nuestra parte para llevar a cabo este progreso. Es tarea nuestra escapar de la inercia de la existencia cotidiana gracias al arte. Debemos elevarnos hacia él, comprenderlo y apreciarlo. Crear ciudadanos críticos que no acepten las manifestaciones pseudoartísticas que se han citado antes, y tantas otras. Sólo así podremos salvar lo que nos hace humanos, lo que nos pone en contacto con lo sublime y con lo eterno. Como dijo Richard Wagner: «Creo que los discípulos fieles del gran arte serán glorificados y que, envueltos en un celeste tisú de rayos, de perfumes, de acordes melodiosos, volverán a través de la eternidad al seno de la divina madre de toda armonía».

JAVIER TIESTOS

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